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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Comentario bblico

Por qu Dios le orden a Abraham matar a su hijo?
Autor: Ariel lvarez Valdes

Desde la fe en el Dios que ama la vida de todos, especialmente la de los pequeos, el autor nos comparte su reflexin sobre el clsico y controvertido pasaje del sacrificio de Abraham.

Una orden sangrienta

Uno de los relatos más desgarradores de la Biblia es aquél en el que Dios le pide a Abraham que mate a su hijo Isaac y se lo ofrezca como sacrificio. Según el Génesis (22,1-19), una noche se le presentó Dios a Abraham y para ponerlo a prueba le dijo: “Toma a tu hijo, a tu único hijo, al hijo que tanto amas, y llévalo a la región de Moria para ofrecérmelo en holocausto (=sacrificarlo despedazándolo y quemándolo totalmente)” (Gn 22,2).

Sin decir una palabra se levantó Abraham de madrugada, preparó su asno, tomó consigo a dos sirvientes y a su hijo Isaac, cortó la leña para el fuego del holocausto y se dirigió a la región que Dios le había indicado. Cuando llegaron cerca del lugar, Abraham ordenó a sus dos sirvientes que se quedaran allí con el asno, mientras él y su hijo Isaac se alejaban un poco para ofrecer el sacrificio a Dios. Cargó entonces Abraham la leña sobre los hombros de Isaac (que ignoraba las intenciones de su padre de sacrificarlo), tomó el fuego y el cuchillo, y partieron. Mientras iban por el camino, Isaac preguntó: “Papá, llevamos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?” Abraham, con la voz acongojada, respondió: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío” (Gn 22,7-8). Arribados al lugar indicado, Abraham levantó un altar. Luego preparó la leña y ató y colocó sobre el altar a su hijo Isaac, que a esta altura había ya comprendido, en silencio, que él debía ser la víctima. Pero cuando alzó su mano con el cuchillo para sacrificarlo un ángel desde el cielo le gritó: “Abraham, Abraham, no le hagas daño al niño. Ahora sé que eres respetuoso de Dios y que no me has negado tu único hijo” (Gn 22,11-12). Al alzar los ojos, Abraham vio un carnero enganchado por los cuernos en un matorral. Lo tomó y lo sacrificó en lugar de su hijo, y ambos regresaron a casa.

El Terror de Isaac

Muchos cristianos, al leer este capítulo de la Biblia, no pueden menos que sentirse escandalizados. Algunos llegan incluso a rebelarse contra Dios. ¿Cómo pudo exigirle a Abraham, un pobre anciano con una esposa estéril, que matara al único hijo que había logrado engendrar? ¿Sólo para probar su fidelidad? ¿Acaso un crimen puede convertirse en un deber sagrado para Dios?

Quienes lo justifican, contestan que el relato no debe perturbarnos porque desde el comienzo sabemos que se trata sólo de una prueba que tendrá un final feliz. Sí, pero el problema es que Abraham no lo sabía. Por eso esta orden de Dios siempre ha provocado un horror difícil de ocultar.

Así lo sintió la tradición judía que, impresionada por la magnitud del hecho, cuenta que Sara, esposa de Abraham, al enterarse tiempo después de que su hijo estuvo a punto de ser sacrificado, lanzó siete gritos y murió. La misma Biblia conserva con desagrado el recuerdo de aquel episodio, pues siglos más tarde los israelitas en vez de llamar a Yahvé “El Dios de Abraham y el Dios de Isaac”, le daban el título de “El Dios de Abraham y el Terror de Isaac” (Gn 31,42.53). Para el pobre Isaac, Dios había sido tan sólo un Dios de espanto.

La tentación del vecino

Por eso los estudiosos de la Biblia se preguntan: ¿probó Dios realmente a Abraham pidiéndole que matara a su hijo? ¿Puede mandarnos pruebas a nosotros también, aunque nos hagan sufrir o nos resulten crueles? Un Dios así, ¿no destruiría la confianza religiosa de cualquier hombre?

Hoy todos los biblistas enseñan que la prueba de Abraham no es un hecho histórico sino un episodio legendario. Pero aun en el supuesto caso de que hubiera existido, lo importante es averiguar qué enseñanza quiere dejarnos, es decir, con qué finalidad fue incluido en la Biblia.

Y aquí viene lo lamentable: los lectores siempre han creído que la enseñanza del relato está en los primeros versículos (donde se dice que Dios quiso poner a prueba a Abraham), cuando en realidad está en los últimos versículos (es decir, en la orden de no matar al niño). En efecto, quien compuso la narración buscaba simplemente enseñarnos que a Dios no le agradan los sacrificios humanos.

Qué pretendía el autor

Para entender mejor el relato, debemos tener presente que los sacrificios humanos eran una costumbre muy extendida en casi todos los pueblos de la antigüedad. Y, por supuesto, también en los pueblos limítrofes con Israel (como los cananeos, amonitas, moabitas y edomitas) se solía matar a los niños, degollándolos o quemándolos vivos, para luego presentarlos como ofrenda a sus dioses.

Los motivos de los sacrificios eran muy diversos: para pedir el fin de una sequía, de una esterilidad, del hambre, o el éxito de una guerra. Cualquier necesidad o angustia por la que alguien atravesaba, era motivo para ofrecer a la divinidad lo más valioso que tenía: sus propios hijos. Lo que justificaba semejante crueldad era la idea de que la voluntad de los dioses estaba por encima de cualquier otra cosa, aun de la misma felicidad humana.

Cuando los israelitas se establecieron en Canaán, hacia el año 1200 a.C., entraron en contacto con sus vecinos y pudieron conocer los ritos macabros que éstos practicaban. Y la tentación de imitarlos fue enorme. Pensaban que al ofrecerle a Dios mucho (¡nada menos que un hijo!), recibirían de él mucho. Era una enorme muestra de fe en Dios.

Un cordero por un niño

Al principio los israelitas se dejaron seducir por estas costumbres sangrientas. Pero con el correr de los años, reflexionando, ellos comprendieron que su Dios, Yahvé, era distinto a los demás dioses. Que no le agradaban los sacrificios humanos. Que amaba la vida y no la muerte de los niños, y que por lo tanto no toleraba que se los matara ni se los quemara.

¿Entonces Dios no aceptaba a los niños hebreos? ¿No los quería? Sí que los quería. Especialmente al hijo mayor varón de toda familia, que era lo más valioso que se tenía. Pero entendieron que Dios prefería el sacrificio de un animal, en lugar de la muerte de un niño. De este modo, poco a poco, modificaron la costumbre de matar a los niños y crearon en su lugar la del “rescate”, que consistía en sacrificar, en reemplazo de ellos, un corderito como ofrenda (Ex 13,12-15).

Y para erradicar definitivamente esta práctica sanguinaria, incluyeron en la Ley la prohibición del sacrificio de niños: “No sacrificarás ningún hijo tuyo a Molok (=dios de los amonitas)” (Lv 18,21). Para quienes no la observaran se estableció la pena de muerte: “Si un israelita o un extranjero sacrifica uno de sus hijos a Molok, lo matarás. Todo el pueblo lo lapidará. Y si el pueblo no lo mata, yo mismo lo exterminaré a él de en medio del pueblo” (Lv 20,2-5).

El Monte del Escándalo

La convicción de que Yahvé no aceptaba sacrificios humanos constituyó una idea revolucionaria para aquella época, y significó un avance religioso y cultural sin precedentes. Pero a pesar de ello, los israelitas nunca la asumieron del todo. Una y otra vez, a lo largo de su historia, se dejaron llevar por sus vecinos y cayeron en la tentación de practicar tales ritos.

Así, sabemos que Jefté, uno de los jueces de Israel, al volver cierto día de una batalla, le prometió a Dios imprudentemente, en agradecimiento por la reciente victoria, que le iba a ofrecer como holocausto al primero que le saliera a recibirlo en la puerta de su casa. Desgraciadamente la primera en aparecer fue su única hija, a quien el pobre Jefté hondamente entristecido tuvo que matar y quemar (Jc 11,29-40).

También la Biblia nos cuenta que Salomón, influido por sus esposas extranjeras, construyó sobre un monte, al sudeste de Jerusalén, un templo al dios moabita Kemosh, en donde se hacían sacrificios humanos (1 Re 11,7). Por esto, el lugar fue llamado posteriormente “el Monte del Escándalo”.

Para Abraham, lo que era de todos

Pero hubo más. Los israelitas, siguiendo los pasos de Salomón, levantaron en el valle de Hinnom, al sur de Jerusalén, un lugar llamado Tófet en donde sacrificaban niños en hornos ardientes. También el rey Ajaz, de Judá, cayó en la misma tentación e incineró a su propio hijo como ofrenda al dios Molok. Otro monarca, llamado Manasés, siguió el mismo camino. Y un tal Jiel, en esta misma época, quiso reconstruir la ciudad de Jericó, y para tener buena suerte mató a dos de sus hijos: al mayor cuando edificó los cimientos, y al menor cuando edificó las murallas.

De nada sirvieron las amenazas y reprensiones de los profetas (Mi 6,7; Jer 7,31; Ez 20,31). El pueblo no perdía oportunidad de reincidir en estas prácticas aberrantes.

Es entonces cuando un escritor judío –a quien los estudiosos llaman el “Elohísta”–, a fin de dar mayor autoridad a esta prohibición, compuso la historia del sacrificio de Isaac para remontar y atribuir a Abraham lo que había sido un descubrimiento posterior del pueblo de Israel a lo largo de varios siglos. Así, el autor relata que ya Abraham, cuando vivía en Canaán en el 1800 a.C., también se vio tentado de ofrecer a Dios lo más valioso que tenía: su único hijo; pero Dios se lo impidió y en su lugar hizo que sacrificara un carnero. Lo cual en realidad era lo que había vivido el pueblo de Israel: en Canaán se encontró con la práctica de los sacrificios humanos y sintió la tentación de asumirla, pero inspirado por Dios la desechó y en su lugar se acostumbró a ofrecer un animal.

Querer mejorar la Biblia

Esta narración, pues, quería mostrar que el Dios de Israel no era despiadado y brutal, como los demás dioses. Afirmaba el respeto total a la vida y a la dignidad humana, que no se pueden violar ni siquiera en nombre de Dios. Y con ello pretendía desterrar la cruel costumbre de los sacrificios humanos.

Pero desgraciadamente muchos lectores desconocían esto. Y, fijándose únicamente en la primera parte del relato, han deducido que Dios puede someter a los hombres a pruebas monstruosas y arbitrarias. Y, por supuesto, han extraído de allí la imagen de un Dios inhumano, terrible, cruel.

Un filósofo danés del siglo XIX, llamado Sören Kierkegaard, impresionado por la crudeza del episodio, pensó que para salvar la figura de Dios hubiera sido mejor contarlo de esta manera: mientras ataba a su hijo para sacrificarlo, Abraham empezó a gritar fuera de sí: “Isaac, ¿crees que lo que estoy por hacer es voluntad de Dios? No, lo hago porque se me da la gana, y porque matarte me llena de placer”. Entonces Isaac se estremeció hasta la médula de los huesos, y en medio de su angustia exclamó: “Dios del cielo, ten misericordia de mí. Dios de Abraham, ten piedad de mí. Sé tú mi padre, ya que no tengo padre en este mundo”. Entonces Abraham suspiró en paz y dijo interiormente: “Señor Dios, te doy gracias, porque es mil veces mejor que mi hijo me crea un monstruo a mí, y no que pierda la fe en ti”.

Fe que hace daño

Pero en realidad no hacía falta modificarlo porque la narración del sacrificio de Isaac nunca quiso enseñar que Dios somete a prueba a los hombres, sino sólo que rechazaba los sacrificios humanos. Por desgracia los lectores de la Biblia, al centrarse exclusivamente en los primeros versículos, han deducido la idea de las famosas “pruebas de Dios”. En realidad Dios no puede probar a los hombres. Porque tales pruebas no tendrían ningún sentido. En efecto, si Él ya sabe que uno saldrá mal parado de ella, ¿para qué la manda? Y si sabe que saldrá bien, ¿por qué la manda? En ambos casos serían absurdas.

Dios no puede probar jamás al hombre. No existen las pruebas de Dios. Quien nos pone a prueba constantemente es la vida, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, las circunstancias que nos rodean, las pasiones personales, las debilidades. Dios, al contrario, busca sacarnos de esas pruebas, no ponernos en ellas. Demasiado difícil resulta de por sí la vida, para que Dios la haga aún más difícil mandando pruebas. Él ama inmensamente al hombre, y lo que quiere es ayudarlo a salir airoso de todas las pruebas a las que se ve constantemente sometido por culpa de los pecados humanos.

La palabra autorizada

Esto es afirmado claramente en el Nuevo Testamento. La carta de Santiago dice: “Nadie, cuando se vea probado, diga: es Dios quien me prueba. Porque Dios ni es probado por el mal, ni prueba a nadie. Cada uno es probado por sus propias pasiones, que lo atraen y seducen. Después éstas lo llevan al pecado, y el pecado lo conduce a la muerte” (St 1,13-15).

También el Apocalipsis afirma que Dios no prueba, sino que busca liberar al hombre de las pruebas: “Ya que has seguido mi consejo de ser paciente en el sufrimiento, yo te cuidaré en la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero” (Ap 3,10).

La segunda carta de Pedro afirma igualmente: “El Señor sabe librar de las pruebas a los que confían en él” (2 Pe 2,9).

Y la primera carta a los Corintios: “Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean probados por encima de sus fuerzas. Al contrario, cuando lleguen las pruebas, Dios les dará la fuerza para resistirlas con éxito” (1 Cor 10,13).

Una idea para eliminar

Es cierto que el Antiguo Testamento a veces dice que Dios nos pone a prueba (como en Sab 3,5; Tob 12,13; Sal 66,10). Porque estos libros reflejan una mentalidad más antigua, en la que se creía que todo lo que le sucedía al hombre, incluso las tentaciones, las provocaba Dios. Pero en el Nuevo Testamento ya se afirma que las pruebas que uno sufre no vienen de Dios. Éstas son tan sólo parte inevitable de la vida humana.

Por lo tanto, los cristianos debemos eliminar de nuestra mente la idea de un Dios que pone a prueba a los hombres, que tienta y manda pruebas, que pone tropiezos angustiosos, que provoca dificultades en la vida para ver qué hacemos, que tiene exigencias arbitrarias que nos provocan sufrimiento, que le gusta afirmar su grandeza a costa de nuestra felicidad.

Debemos eliminar de nuestra fe la imagen del Dios tremendo, el “Terror de Isaac”, y convencernos de que únicamente existe el Dios “Abbá” (=papá) que predicó Jesús; que sufre con nosotros cuando la vida nos pone alguna prueba, y que busca únicamente nuestro bien, nuestra realización, nuestra felicidad.

Mucha gente tiene miedo de pedir a Dios: “Hágase tu voluntad”. Porque piensa que en esa “voluntad” pueden entrar pruebas, y algunas muy dolorosas, como la pérdida de un hijo o de otro ser querido. Y todo por culpa de una mala interpretación del texto de Abraham. Eso es erróneo. Pedir a Dios que “se haga su voluntad” es pedir, justamente, que nunca tengamos problemas, ni contratiempos, ni sufrimientos. Porque jamás puede entrar en la voluntad de Dios algo que pueda hacer sufrir al hombre. Por eso nunca es una desgracia “encontrarse” con la voluntad de Dios.

 

Leer el texto del sacrificio de Isaac desde esta perspectiva, aparte de una gran muestra de respeto por la Biblia, sería haber descubierto al Dios amor, al Dios que quiere a los niños, al Dios de la vida. En una palabra, al Dios de Jesucristo.

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