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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Experiencias

Comunidades en la Iglesia... ¿por qué?

Reflexiones en los 50 años de las
Comunidades cristianas comprometidas EAS

Autor: Carlos Saporiti


Las comunidades en la Iglesia, en particular las comunidades pequeñas son un tema recurrente en mi pensamiento (ver Etiam, Revista agustiniana de pensamiento, 3/3 2008). Hoy, con motivo de los 50 años de la fundación de las “Comunidades cristianas comprometidas EAS” por el padre Antonio Hortelano CSsR, he querido reflexionar desde una experiencia personal que me ha marcado durante los últimos 40 años.

Nací en una familia signada por el anticlericalismo de mis antepasados. Mi maestra en la fe fue mi madre. Católica de la “cristiandad” que había recibido de la fe de su madre, la encarnó a lo largo de su vida y de eso daba testimonio. A los 10 años entré al colegio de los marianistas y comencé una carrera de activismo que ha durado más de medio siglo. Una historia como la de muchos que fuimos los jóvenes de los movimientos de Iglesia de los ’60 y hoy somos la población estable de nuestras parroquias, cada vez más despobladas.

En un momento, quizás a principios de los ’70, algo cambió en mi vida. Hubo un “click” particular, se movió la aguja y me desvió hacia otra vía que en muchos puntos corre paralela a la que venía siguiendo y en otros se aleja bastante. En ese período viví experiencias religiosas fuertes: el descubrir la imprevisible e incontrolable realidad de la muerte, el valor del testimonio personal como forma de evangelización... Finalmente, como si una mano invisible me guiara, mis lecturas, mis búsquedas de razones, los encuentros con otras personas, me condujeron a un cambio lento y sin pausa.

En 1971, me uní a un grupo de cursillistas jóvenes que inició la búsqueda de un modelo que reprodujera en el siglo XX el espíritu de las primeras comunidades cristianas. Durante siete años hicimos retiros y dinámicas grupales y, en 1978, conocimos al padre Hortelano y sus Comunidades Cristianas Comprometidas EAS que eran la respuesta a nuestra inquietud. En 1979 mi esposa y yo dejamos ese grupo para intentar formar nuestra primera comunidad EAS. La evolución del pensamiento sobre la comunidad en la Iglesia se desarrolló a lo largo de ese camino en el que ha transcurrido la mitad de mi vida.
 
¿Por qué formar comunidades en la Iglesia? El sentido de una
búsqueda


El relato de cómo vivían los primeros cristianos lo hemos tenido ante los ojos durante casi dos mil años: “Se reunían frecuentemente para escuchar la enseñanza de los apóstoles, y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones (...) La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común. Con gran energía daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y eran muy estimados. No había entre ellos ningún necesitado...” (Hech 2,42; 4,32-34). Y sin embargo, desde hace más de un milenio, suponemos que ese modelo de vida es sólo para los consagrados, quienes profesan en una orden religiosa. A los laicos nos quedan los movimientos y la vida parroquial.

Al preguntarme por qué quería, hace 39 años, formar una comunidad como las de los primeros años del cristianismo, siento que un germen de rebelión, tan pequeño como un grano de mostaza, habitaba en mí y consistía en responder positivamente a la pregunta: ¿Por qué los católicos que hemos optado por formar una familia no podemos tener un compromiso, en pleno siglo XX, como el de los cristianos del siglo I?

La vida conyugal y la monástica, son mutuamente excluyentes. Así que me encontré con la dificultad de tratar de hallar un modelo comunitario laico, no clerical, apto para casados que quisieran vivir plenamente su vida insertos en el mundo. Yo quería vivir mi vida matrimonial, con su entrega, los proyectos comunes, la generación de nueva vida, la responsabilidad social, la sexualidad; conservando mi vida profesional, como empresario o asalariado que todos los días se levanta para ir a trabajar y percibe una remuneración por la tarea que le permite vivir decentemente o mejor. Y también ser capaz de proclamar la Resurrección del Señor, de anunciar su Buena Nueva haciendo discípulos de todas las gentes, de reunirme con mis amigos para escuchar sus enseñanzas, para participar juntos de la Eucaristía, para compartir mis bienes con ellos para que ninguno pase necesidad, para orar unidos para que el Señor se haga presente en medio. El tiempo me mostró que ése era un camino sin retorno, que formar una comunidad con esas características exigía un compromiso exclusivo y excluyente para toda la vida.

Hace 25 años, junto con la primera comunidad EAS de Buenos Aires, mi esposa y yo nos comprometimos públicamente a “compartir todo y para siempre” con la comunidad y la comunidad de comunidades. Nunca nos hemos arrepentido.
 
La experiencia de una vida

He oído muchos argumentos a favor de formar una comunidad que podría clasificar en dos grupos: 1) De tipo sociológico. Es un lugar donde hacer amigos, compartir la vida, hacer proyectos sociales fuertes, combatir la soledad y la masa, “envejecer juntos”... 2) De tipo religioso. Compartir la fe, orar junto con otros, orar con la Escritura (lectio divina), trabajar en lo que la Iglesia nos pida, estudiar la doctrina... Ninguno me convence y no haría una comunidad comprometida por ninguno de ellos.

Ambos responden a estereotipos válidos hace 50 años pero no ahora. Podemos hacer círculos de amigos, ong’s, geriátricos; la soledad y la masa han tomado otras formas. La televisión, la telefonía celular e Internet han cambiado o convertido en obsoletos estos conceptos. Los argumentos religiosos pueden ser satisfechos por los movimientos de Iglesia o las comunidades institucionales de tipo clerical, que surgen de la iniciativa de la jerarquía o con su visto bueno, y que responden a la moda de llamar comunidad a cualquier grupo dentro de la Iglesia.

La comunidad comprometida es una consecuencia directa de la conversión y en esto creo que partimos del error de pensar que todos los bautizados que tienen alguna actividad en la Iglesia son convertidos. La mayoría han sido catequizados, pero convertidos, lo que se dice convertidos... La Conversión (sí, con mayúscula) no se traduce necesariamente en actividad; es más, el exceso de actividad es contraproducente ya que puede llevar a una “autocomplacencia cristiana”, una satisfacción con lo que somos que nos aleja de un verdadero encuentro con Cristo.

Cuando alguien me dice “yo he recibido la Gracia de ser puesto a cargo de tal actividad porque Dios me ha elegido para ello” siento pánico y comienzo a preocuparme por la gente que me rodea. No es que no crea que Dios puede elegir a quien quiera sino que me aterra esa seguridad de ser un interlocutor de la divinidad. Pienso en el diálogo: “–¿Cómo se llama al hecho que un hombre le hable a Dios? –Orar. –¿Y al hecho que Dios le hable a un hombre? –Neurosis.”

Mi experiencia es la de un converso que un día descubrió –en una serie de hechos que le estaban pasando– un llamado subyacente: “¡Sígueme!”. Y que se preguntó cien veces: “¿A dónde?, ¿Por qué?, ¿Cómo?”. Y que cien veces escuchó: “¡Vamos!”. La conversión es eso, como decía Søren Kierkegaard: “Es estar al borde de un abismo oscuro y oír una voz que grita: ‘Salta, que te recogeré entre mis brazos’”. Y saltar, a pesar de preguntarse si en lugar de unos brazos acogedores hay piedras lacerantes o detrás de la oscuridad hay una oscuridad más oscura (ver Conferencia Episcopal Italiana, Lettera ai cercatori di Dio, 2009).

La conversión se inicia en un instante pero se desarrolla a lo largo de toda la vida y reclama dedicación total y entrega exclusiva. Convertirse es poner la mano en el arado y no mirar atrás, dar todo lo que se es y se tiene para adquirir la perla preciosa o el terreno donde está el tesoro escondido, sentir que por el encuentro con el Señor el corazón se incendia y cruzar la noche atravesando peligros, rechazos sociales y adversidades para tratar de ser testigo de su presencia.

Conversión es también cuestionar a Dios, luchar con Él como Jacob, resistir a la adversidad como Job, sentir la propia fragilidad y seguir adelante movidos por la esperanza de la felicidad. Convertirse no es adquirir la fe sino la esperanza de la felicidad del encuentro total, exclusivo, excluyente y perpetuo con el Señor. Convertirse, para un cristiano de hoy, exige tener fe, creer en un Dios inasible e incomprensible, al que conocemos a través de su revelación y entonces, un día, descubrir que ese Dios no es un ser lejano, ni un sádico que nos pide comportamientos masoquistas, sino un Padre que quiere nuestra felicidad y camina a nuestro lado y que podemos tener esperanza de lograr esa felicidad, aquí y ahora, aunque muchas veces nos parece imposible, porque Él lo ha prometido.

Pero ese pasar de ser receptores de la Palabra de Dios a ser sus anunciadores comprometidos, requiere del otro. Dios les ocultó su rostro a los Profetas, a Moisés y a Elías, sin embargo nos lo mostró en Jesucristo. Desde entonces, hijos de un mismo Padre, Dios nos muestra su rostro sólo a través del otro.

La comunidad tiene sentido porque sólo en el encuentro con el otro puedo tener el encuentro con Dios. Porque sólo el otro puede comprender mi fragilidad, al haberme lanzado al vacío sin paracaídas ni “cuerda de Bungee”, sólo confiando en que habrá unos brazos amorosos que me recibirán en mi caída y que ese otro es quien provee esos brazos.

En la catequesis nos enseñaron que debemos ser como el buen samaritano o como el hijo pródigo, sin embargo convertirse es tomar el lugar del hombre que fue asaltado, ser el hijo que recibe el amor del padre que lo acoge cuando se queja de la injusticia de la fiesta por el hermano que dilapidó su fortuna...

En la comunidad puedo ser humano, plenamente humano, con mis más y mis menos y compartirlos sin temor ni vergüenza porque a mi lado hay otro humano en iguales condiciones. En ella puedo probar la fraternidad que tiene sus raíces en un Padre común y un Hermano que se encarno, murió y resucitó por nosotros y aprender a hacer una auténtica opción por el pobre, no como algo a lo que estoy dogmáticamente obligado sino porque lo he descubierto como mi hermano y su pobreza me interpela desde la sangre.

En este tipo de comunidad, la amistad es fundamental, y naturalmente surgen la oración, la lectura de la Escritura y el compartir la Eucaristía como consecuencia, como alimento y celebración. Y es tal la intensidad del vínculo entre los miembros que sólo puede concebirse para todo y para siempre, pase lo que pase. Por esta comunidad de fe que se forma en torno a la esperanza como terreno para practicar en concreto el mandato del Amor entre unos y otros como Él nos amó, vale la pena jugarse el pellejo.
 
Una Iglesia renovada

Nuestra Iglesia está basada en los sacramentos y en el clero y éste es cada vez más escaso y de peor calidad. Ya no se transmite la fe por herencia familiar y, por primera vez en siglos, la nave de Pedro está perdiendo a sus pasajeros en cantidades notables. ¿Qué ocurre? ¿Acaso la Buena Noticia es algo que servía hace dos mil años pero ahora no tiene lugar en nuestra vida? En mi opinión son varios los hechos que concurren a reforzarse mutuamente.

El primero es que la Iglesia perdió el tren de la historia y no ha podido reponerse de golpes tremendos como el Renacimiento, el Iluminismo o la Modernidad. No entiende a la ciencia y a la tecnología. La Iglesia de hoy no sabe comunicarse con el hombre moderno.

El segundo es que hemos perdido el entusiasmo y desdibujado la imagen de Dios. Estamos habituados a que la fe se transmite de padres a hijos y que se “practica” de modos establecidos. Si escucháramos con atención a los que se dicen ateos, agnósticos, anticlericales o católicos desilusionados, observaríamos que un poco de razón tienen. La gran mayoría han dejado a la Iglesia o la critican porque se han encontrado con tal o cual clérigo o tal o cual laico que les han dicho... una barbaridad.

En tercer lugar, es que nos hemos olvidado que la única tarea que nos dejó el Señor fue: “Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad... “ (Mc 16,15). Hace tiempo que hemos perdido la capacidad de “anunciar”, de ser testigos del Cristo muerto y resucitado y, lo que es peor, no sabemos cómo hacerlo. Este fenómeno ya lo expresaba claramente Paulo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Benedicto XVI nos dice: “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (ver Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres...”

Necesitamos volver a dar testimonio del Cristo vivo, pero no como hecho aislado, sino del que es la culminación de una historia de salvación que comienza en Ur de Caldea con el llamado de Abrahám, llega hasta el Gólgota y la Resurrección y sigue en el testimonio de tantos que han abierto su corazón como una copa para que el Espíritu de Dios la llene y desborde.

¿Cómo darle nueva vida a esta Iglesia que es presencia viva del Señor para que muestre verdaderamente su rostro? Yo he encontrado mi modo en mi vocación de laico, actuando en el mundo sin ser un apéndice del clero, trabajando conjuntamente con el sacerdote que tiene un ministerio que sólo él puede ejercer y en el que es irremplazable, pero sin llamarlo para todo. Formándome para poder dar respuesta a las inquietudes de los otros en teología y Escritura y ser, a la vez, un católico maduro y con criterio que proclama la Buena Noticia de Jesús y da testimonio de su pobre conversión. En esto la comunidad comprometida es “piedra angular”. Allí he podido descubrir, compartiendo con mis hermanos, las inquietudes del hombre moderno, aprender su lenguaje y a mostrarle una Iglesia viva que hace presente al Señor. Como los discípulos reunidos en el Cenáculo, convocamos al Espíritu Santo.

La comunidad comprometida –parte de una comunidad de comunidades–, es hoy un lugar privilegiado para renovar a la Iglesia y aprender, nuevamente, a evangelizar.
 
Los próximos 50 años

Mi experiencia comunitaria, de más de treinta años, es la de ser parte de las Comunidades EAS. En abril de 2009, los EAS cumplieron 50 años y al encontrarnos en Aparecida (Brasil) a fines de julio de 2009 (VIIIº Encuentro internacional), frente al camino recorrido y a la inminencia de la muerte de nuestro fundador, no pudimos evitar preguntarnos acerca de los próximos 50 años.

Nadie puede predecir el futuro, pero estoy convencido que los EAS estaremos en el próximo medio siglo, algunos nos reuniremos en la Casa del Padre junto con los que nos precedieron, pero otros ocuparán nuestro lugar en este mundo con igual espíritu e igual (o mejor) compromiso.

Quizá nunca lleguemos a ser muchos, el compromiso es fuerte y asusta, pero estaremos allí donde la Iglesia nos necesite, haciendo presente al Cristo vivo y anunciando su Buena Noticia, ayudando a los pobres y marginados, transmitiéndoles esperanza a los jóvenes para que construyan un mundo mejor. Creo que tenemos una tarea muy grande en la misión continental propuesta por la Vª Conferencia de la Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe de Aparecida y que seremos eficaces evangelizadores en otras partes del mundo en un momento en que es imperioso anunciar el Evangelio a todas las naciones.

No van a ser años libres de problemas, deberemos sortear dificultades: la desconfianza de cierto clero que no comprende que unos laicos casados puedan hacer un compromiso para toda la vida, la de convertirnos en un movimiento más de la Iglesia o clericalizarnos demasiado y perder nuestra vitalidad y compromiso. Sin embargo, creo que podremos hacerlo. En nuestra historia he visto las huellas dactilares de Dios que nos dio una oportunidad única, sin alternativas, como a Moisés o a Jonás. Por Él hemos saltado al abismo oscuro y seguiremos saltando porque siempre, siempre, nos recogió en sus brazos.
 
A modo de conclusión

Nuestra Comunidad EAS se deshizo abruptamente en 1984, no viene a cuento analizar las causas, pero fue en un momento de nuestra vida, de mi esposa y mía, en el que la necesitábamos casi desesperadamente. En ese momento preciso... nos quedamos solos, salvo por el apoyo de un matrimonio nuevo y de la otra Comunidad EAS de Buenos Aires. Con el tiempo la amistad se restauró pero no la comunidad.

Hoy con la perspectiva del tiempo y una obstinación casi como la de Job, hemos revalorizado esa experiencia como una forma brutal de pedagogía, pero que tal vez era la única posible.

Nos sentíamos tocados por la mano de Dios, trabajábamos en la Iglesia y nos apreciaban por eso y habíamos iniciado la primera Comunidad EAS de la Argentina. Pero algo no andaba bien y hoy creo que fue el haber puesto nuestro ombligo como centro del mundo. Lo que hacíamos lo habíamos logrado nosotros, la comunidad era “nuestra comunidad”... Aprendimos, duramente, que la única forma de trabajar para Dios es despojándonos de nosotros mismos y sirviéndole sólo de medio, ni siquiera de instrumentos. Con el tiempo descubrimos que Él no pone sus palabras en nuestra boca, que no es lo que digamos lo que actúa en el otro sino lo que Él quiere que el otro oiga; apenas somos la música de fondo. Uno de los factores más importantes que nos sostuvieron en ese tiempo de aprendizaje fue el seguir comprometidos con los EAS, desde todas partes nos llegó el apoyo y el cariño de aquellos que habíamos conocido y de otros de los que no teníamos ni idea quienes eran.

Por fin, el título plantea una pregunta: comunidades en la Iglesia, ¿por qué? Porque vale la pena, porque es una experiencia de compartir en el Señor por la que uno puede jugarse el pellejo.

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