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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Comentario bíblico

El relato de Lucas sobre la “desobediencia” de Jesús a los 12 años
Autor: Ariel Álvarez Valdes


San Lucas relata un extraño episodio que le sucedió a Jesús cuando apenas tenía 12 años. Dice así: “Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió los 12 años subieron ellos a la fiesta, como era costumbre. Al terminar los días de la fiesta ellos regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, caminaron todo un día. Pero al buscarlo entre los parientes y conocidos, no lo encontraron. Entonces se volvieron a Jerusalén para buscarlo. Después de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando sus padres lo vieron, se sorprendieron. Y su madre le dijo: ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te hemos estado buscando’. Él les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que es necesario que yo esté en la Casa de mi Padre?’ Pero ellos no comprendieron estas palabras. Entonces regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió obedeciéndoles en todo. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,41-52).

¿Entre el descuido y la soledad?

Este relato, que es el único recuerdo que se ha conservado de la adolescencia de Jesús, tiene una gran importancia en el evangelio de Lucas, por dos razones. Primero, porque contiene las primeras palabras pronunciadas por Jesús, según ese escrito. Y segundo, porque esas palabras de Jesús no son sobre ningún tema, sino que se refieren a su propia persona; y afirman que él es el Hijo de Dios, obediente a la voluntad de su Padre que está en el cielo. Sin embargo, si analizamos detenidamente el episodio, descubrimos que contiene una serie de incoherencias y detalles sorprendentes: 1) Resulta increíble que el niño Jesús haya decidido quedarse solo en Jerusalén, sin decir nada a sus padres, sabiendo que les ocasionaba una gran angustia. ¿Por qué no se los advirtió? ¿De puro desobediente, nomás? ¿Es posible un comportamiento tan irresponsable en un niño tan inteligente? 2) ¿Cómo pudieron José y María emprender el viaje de regreso de Jerusalén a Nazaret sin asegurarse de que su hijo, de apenas 12 años, estuviera en la caravana? Algunos, para justificar el hecho, piensan que, como en aquel tiempo los hombres y las mujeres viajaban en grupos separados, María creyó que el niño estaba con José, y José pensó que estaba con María. Pero si el pequeño se había quedado en el Templo antes de que partiera la caravana, ¿cómo no lo notaron sus padres? 3) ¿Es posible que sus padres caminaran un día entero sin darse cuenta de que faltaba Jesús? La distancia entre Jerusalén y Nazaret es de 140 kilómetros, y los peregrinos solían recorrer unos 30 kilómetros por día, deteniéndose a mitad de la jornada unas dos horas para comer todos juntos. ¿Es imaginable que José y María hiciesen esta parada y esta comida sin darse cuenta de que Jesús no estaba con ellos? 4) Dice Lucas que sus padres se volvieron a Jerusalén a buscarlo, y después de tres días lo encontraron en el Templo. ¿Cómo demoraron tanto en hallarlo, si lo más natural era que lo buscaran en el Templo, a donde habían ido de peregrinación? 5) ¿Dónde y con quién pasó Jesús las dos noches que estuvo solo y perdido en Jerusalén, hasta que lo hallaron sus padres? 6) Al hallarlo, su madre le dirige unas palabras de reproche al niño, por el dolor que les había provocado. ¿Cómo María se atreve a reprender a quien ella sabe que es el Hijo del Altísimo, concebido virginalmente, y que, según ella también sabe, tenía que estar sometido a las cosas de Dios? 7) Cuando el niño responde que su obligación era estar en la Casa de su Padre, dice el evangelio que José y María “no comprendieron” lo que les quería decir. ¿Es posible que María, a quien el ángel Gabriel ya le había contado que su hijo “será Santo, y será Hijo de Dios” (Lc 1,35), no comprendiera estas simples palabras? 8) Después de la solemne respuesta de Jesús, de que su obligación era estar en la Casa de su Padre, esperaríamos que el niño se quedara en el Templo cumpliendo con su deber. Sin embargo vemos que inmediatamente se vuelve a Nazaret, y se queda allí a vivir con José y María, obedeciéndolos a ellos en todo. ¿Para qué les dijo, entonces, que él tenía que estar en el Templo?   Adoptado bajo el agua

Todas estas incoherencias del relato se aclaran cuando nos enteramos cómo surgió el episodio y por qué san Lucas lo incluyó en su obra.

Para ello, hay que tener en cuenta que en los primeros tiempos el Evangelio se transmitía oralmente. Es decir, que más o menos entre el año 30 (en que murió Jesús) y el 70 (en que se redactó el primer evangelio), los cristianos anunciaron la Buena Noticia de Jesucristo de boca en boca. Y aquellos predicadores, cuando comunicaban el Evangelio, comenzaban siempre a contar la vida de Jesús a partir de su bautismo en el río Jordán (como si éste fuera el primer episodio importante de su vida), y terminaban con su muerte y resurrección en Jerusalén. Así lo vemos, por ejemplo, en el libro de Los Hechos. Cuando los apóstoles tuvieron que elegir un reemplazante de Judas Iscariote, que se había suicidado, pusieron como condición que el sucesor conociera bien la vida de Jesús “desde su bautismo hasta el día en que fue llevado al cielo” (Hch 1,21-22). Es decir, que la vida completa del Señor abarcaba estos dos períodos.

Pero en aquellas primeras comunidades surgió pronto un problema. Como la prédica de la vida de Jesús comenzaba con su bautismo, algunos cristianos pensaron que Jesús había “comenzado” a ser Hijo de Dios a partir del bautismo. Es decir, creían que Jesús había sido un hombre común y corriente, que en determinado momento de su vida fue “adoptado” por Dios como hijo suyo. Por eso, luego de bautizarse, una voz del cielo le decía por primera vez: “Tú eres mi Hijo”.   Predicar con la infancia

Esta peligrosa creencia (que años más tarde dio lugar a una herejía llamada “adopcionismo”, porque sostenía que Jesús no fue Hijo de Dios desde siempre, sino por una “adopción” posterior), se empezó a extender poco a poco en algunas comunidades.

Pero otras comunidades cristianas reaccionaron en contra de esta postura. Éstas estaban convencidas de que Jesús no había “empezado” a ser Hijo de Dios en el bautismo sino que lo era ya desde su nacimiento. Y estas comunidades, para enseñar tal idea, hicieron circular algunos relatos referidos a la infancia de Jesús (es decir, a su concepción, su nacimiento, sus primeros años de vida), en los que se afirmaba, de manera explícita, que Jesús era Hijo de Dios desde su mismo nacimiento. Por ejemplo, se contaba que a poco de nacer el niño su familia debió huir a Egipto, para que se cumpliera la profecía en la que Dios anunciaba: “De Egipto llamé a mi Hijo” (Mt 2,15). O también, que el ángel Gabriel ya le había avisado a María que el niño concebido en su vientre era Hijo de Dios (Lc 1,32.35).   El niño que creció dos veces

Cuando años más tarde se componen los evangelios, san Marcos (el primero en escribir) comenzó su relato de manera tradicional, es decir, con el bautismo de Jesús (Mc 1). Pero Lucas (y Mateo), para evitar la posible interpretación de que Jesús había “comenzado” a ser Hijo de Dios a partir del bautismo, decidió añadir antes algunos de estos “relatos de la infancia” de Jesús, que mostraban su filiación divina desde la niñez.

Y cuando Lucas ya había terminado de escribir la infancia de Jesús (la anunciación del ángel, la visita de María a Isabel, la presentación del niño recién nacido en el Templo), y había escrito la conclusión (“Y el niño crecía, y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él”, Lc 2,40), llegó a sus manos un relato que él no conocía: el de Jesús adolescente perdido en el Templo a los 12 años. Procedía de otra comunidad distinta a la suya.

A Lucas le pareció interesante. Y, con algunos retoques propios, resolvió agregarlo a continuación de la infancia que había escrito. Pero al añadirlo, la frase que había puesto como “final” quedaba ahora desubicada. Entonces volvió a ponerla otra vez más adelante, en Lc 2,52 (“Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia, ante Dios y ante los hombres”). Ésta es la explicación de por qué en Lucas aparece dos veces esta misma frase.

¿Lo sabe o no lo sabe?

Esto explica también la reacción incoherente que demuestra María en el relato del niño perdido en el Templo. En efecto, en la primera parte de la infancia Lucas había dicho que María, desde el momento de la anunciación, ya sabía claramente que Jesús era Hijo de Dios. Y da a entender que san José también lo sabía, porque no parece haber habido ningún problema entre ellos cuando nació el niño. Pero cuando más tarde Jesús se pierde a los 12 años, Lucas dice que “ellos no comprendieron” a Jesús. Se ve, pues, que Lucas mezcló dos tradiciones distintas sobre María, procedentes de dos comunidades diversas. En una, ella sabe todo porque el ángel Gabriel se lo explicó en la anunciación. En la otra, María no sabe nada, y reacciona como una madre normal ante las palabras o acciones desconcertantes de su hijo.   Asuntos dolorosos que atender

Falta aclarar una última cuestión: ¿por qué Jesús se quedó aquel día en el Templo, solo, en una ciudad extraña, sin permiso de sus padres, y éstos no pudieron encontrarlo hasta el tercer día? Porque, como dijimos antes, el relato no pretende contar un hecho estrictamente histórico ocurrido durante la adolescencia de Jesús, sino simplemente enseñar, a partir de algún recuerdo familiar (quizás el hecho de que cuando Jesús era niño se quedó escuchando a los sabios del Templo), que él era Hijo de Dios desde su mismo nacimiento, y no a partir de su bautismo.

Por eso, la clave para entender todo el episodio está en el versículo 49, en la respuesta que el niño les da a José y María, diciéndoles que Dios es su Padre, y que por tanto él debe encargarse de sus asuntos. Ahora bien, como más adelante Jesús se encargará de los asuntos de su Padre “perdiendo” la vida en Jerusalén, el relato lo muestra ahora “perdiéndose” en Jerusalén, como un adelanto de lo que le sucederá después en su pasión y muerte. En efecto, si analizamos la narración veremos que contiene todos los detalles de su futura “pérdida”: a) El niño Jesús se pierde en Jerusalén. Y Jesús morirá en Jerusalén. b) El niño Jesús se pierde en una fiesta de Pascua. Y Jesús morirá en una fiesta de Pascua. c) El niño Jesús se pierde tres días hasta que lo vuelven a encontrar. Jesús al morir desaparecerá tres días hasta que lo vuelvan a encontrar. d) Para perderse en Jerusalén, el niño Jesús tuvo que “subir” desde Galilea. Para morir en Jerusalén, Jesús tuvo que “subir” desde Galilea (Lc 18,31). e) Al perderse el niño Jesús, les reprocha a sus padres: “¿Por qué me buscaban?” Cuando muere Jesús, les reprochan a las mujeres: “¿Por qué lo buscaban?” (Lc 24,5). f) Ante la angustia de sus padres, el niño Jesús les dice que su pérdida “es necesaria”. Ante la angustia de sus discípulos, Jesús les dice que su muerte “es necesaria” (Lc 9,22; 13,33). g) El niño dice que se pierde para estar con su Padre. Jesús dirá que muere para estar con su Padre (Lc 23,46). h) Cuando Jesús explica el porqué de su pérdida, sus padres “no comprendieron estas palabras”. Cuando Jesús explica el porqué de su pasión, sus discípulos “no comprendieron estas palabras” (Lc 9,45).   Un niño muy obediente

El relato del niño perdido y hallado en el Templo de Jerusalén no es, pues, un relato estrictamente histórico, ni fue escrito simplemente para contar un disgusto doméstico sufrido por María durante la adolescencia de Jesús. Es mucho más que eso. A partir de un recuerdo de familia, San Lucas compuso un relato “cristológico”, es decir, un relato sobre Cristo. Con él intenta enseñar, mediante imágenes y escenas, quién era Jesucristo, qué escondía su persona, qué relación tenía con su Padre Dios, y cuál era su misión aquí en la tierra.
El episodio de Jesús extraviado en el Templo no es la crónica de un niño desobediente. Al contrario. Nos muestra que Jesús era un hijo tan obediente, que a los 12 años quiso anticipar lo que más tarde tendrá que hacer: “perder” su vida en Jerusalén para estar en la casa de su Padre.   No dejarlo para mañana

Según san Lucas, cuando Jesús tenía 12 años se quedó tres días en Jerusalén sin avisar. Cuando al fin lo hallaron sus padres, le preguntaron por qué había hecho eso. Y él, con la ingenuidad y la lógica de los niños, les quiso decir: “¿Y por qué me buscaban? Sólo se busca lo que está perdido, y yo no estaba perdido. Estaba donde tenía que estar: en la casa de mi padre. Son ustedes los que se habían perdido, porque ustedes se habían ido, no yo”. María no entendió lo que su Hijo decía. Después lo entenderá. Pero nosotros sí lo entendemos bien. Jesús quiso decirle que tenía que ocuparse de las cosas de su padre ya. Tenía sólo 12 años, y ya se encargaba de ello. No podía esperar hasta más tarde, o a cuando fuera mayor, o a que fuera predicador. No. Se ocupó en la primera oportunidad que tuvo.
Nosotros tenemos el mismo Padre, y por lo tanto los mismos asuntos y urgencias que Jesús, y que no siempre pueden esperar hasta mañana. Sin embargo, qué poco nos ocupamos de las cosas de Dios: del amor, del respeto, de la caridad a los más necesitados, de la solidaridad, del perdón. Todo lo dejamos para mañana. Hay demasiados mañanas en nuestra vida. Demasiadas postergaciones, para cuando tengamos tiempo. Un tiempo que quizás no llegue nunca.

Para que la salvación sea efectiva debemos empezar a ocuparnos ya de las cosas de Dios. Fue la gran enseñanza que nos dejó Jesús, cuando apenas tenía 12 años.

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