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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Comentario bíblico

¿Quiénes estuvieron presentes el día de Pentecostés?
Autor: Ariel Álvarez Valdes

Desde una presentación del texto de Lucas, el autor nos invita a reflexionar sobre la Iglesia, de ayer y de hoy, y sobre las condiciones para que el don del Espíritu se manifieste con eficacia.

Pinturas equivocadas   Todos los cuadros, pinturas y estampas de Pentecostés suelen mostrar al Espíritu Santo bajando en forma de lenguas de fuego sobre la Virgen María y los Doce Apóstoles. Estas imágenes han hecho creer a la gente que sólo esas trece personas estuvieron presentes el día de Pentecostés. Incluso cuando rezamos el rosario, en el Quinto misterio glorioso, solemos meditar “la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Virgen María”.

Pero ¿sólo María y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés? Claro que no. Se trata de un lamentable error. Basta leer el capítulo 2 de Los Hechos de los Apóstoles, donde aparece este relato, para darnos cuenta de ello. Allí se dice: “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que estaban. Y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les permitía que hablaran” (Hech 2,1-4).

Diversas reuniones

La narración empieza diciendo que el día de Pentecostés estaban “todos” reunidos en la casa. Pero ¿quiénes eran esos “todos”? El texto no lo dice. Pero podemos averiguarlo si retrocedemos al capítulo 1, en donde sí aparecen mencionados “todos” los que estaban reunidos aquel día.

Sin embargo aquí encontramos un problema: el capítulo 1 nos presenta dos reuniones distintas, con dos grupos diferentes de asistentes. La primera es una reunión habitual y ordinaria de algunos cristianos de Jerusalén, que se habían juntado para rezar. El texto dice así: “En la habitación superior de la casa donde se alojaban, estaban Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el Zelota, y Judas, hijo de Santiago; todos ellos perseveraban unidos en la oración, junto con algunas mujeres, con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hech 1,13-14).

Luego el libro de Los Hechos relata una segunda reunión, esta vez extraordinaria, en la que un grupo más amplio de cristianos se junta para elegir al reemplazante de Judas, que había muerto. El párrafo dice: “Por aquellos días se reunieron los hermanos, unas 120 personas, y Pedro les dijo: ‘Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura... sobre Judas. Éste hombre, que guió a los que arrestaron a Jesús, era uno de los nuestros, y trabajaba con nosotros. Pero fue, y compró un terreno con el dinero que le pagaron por su pecado. Luego se cayó de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Esto lo supieron todos los habitantes de Jerusalén, y a ese campo lo llamaron Acéldama, que en su lengua significa Campo de Sangre. Debemos, pues, elegir a un hombre... para que, con nosotros, atestigüe la resurrección de Jesús’. Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, apodado Justo, y a Matías. Y oraron así: ‘Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para ocupar este cargo’. Eligieron por sorteo entre ellos y le tocó a Matías, que fue agregado a los once apóstoles” (Hech 1, 15-26). Y a continuación viene el famoso relato de Pentecostés, en donde estaban “todos” reunidos.

¿Los Once o los Doce?

Nos preguntamos entonces: ¿cuál de estos dos grupos estaba presente en Pentecostés? Hay dos posibilidades. Una, es que aquellos “todos”, mencionados en Hechos, sean los de la primera reunión, es decir, los de la reunión ordinaria. De ser así, los presentes en Pentecostés serían: a) los “Once” Apóstoles nombrados (sin Judas, que ya había muerto); b) algunas mujeres (que por el evangelio de Lucas sabemos que habían seguido a Jesús desde Galilea. Entre ellas: María Magdalena, Susana, Juana la esposa de Cusa, María la esposa de Santiago); y c) la familia de Jesús (es decir, su madre María, con sus hermanos). La segunda posibilidad, es que “todos” los presentes en Pentecostés sean los participantes de la reunión extraordinaria que eligió al sucesor de Judas. Entonces la lista de los presentes sería aún mayor: los “Doce”, acompañados de unas 120 personas.

¿Cuál de estas dos opciones debemos elegir? Del libro de Los Hechos deducimos que la segunda. Porque esta reunión es la que figura inmediatamente antes de la escena de Pentecostés; en cambio la reunión de los Once está más lejana en el texto. O sea que, según Los Hechos, quienes recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés fueron los Doce Apóstoles más los 120 hermanos, y no los Apóstoles solos, como erróneamente decimos siempre.

Un famoso campo de sangre

Sin embargo, resulta difícil aceptar que ese grupo de los Doce más los 120 hermanos sea el que participó de Pentecostés. ¿Por qué? En primer lugar porque, según el libro, en esa reunión Pedro les dice a los 120 hermanos que Judas compró un campo en Jerusalén, que tuvo un accidente y se mató, que todos se enteraron de la noticia, y que con el tiempo el lugar fue llamado “Campo de Sangre”. Ahora bien, para que todo esto hubiera sucedido hacía falta mucho tiempo. No pudo haber sucedido antes de Pentecostés (apenas a los 50 días de Pascua). Además, el hecho de que hubiera 120 personas presentes en la reunión da a entender que la comunidad había crecido. Es decir, supone que los apóstoles ya habían salido a predicar y habían conseguido nuevos adeptos. En tercer lugar, porque Pedro llama a los presentes “hermanos”. Y el término “hermano” entre los cristianos se empezó a usar mucho después de Pentecostés, cuando ya estaba constituida y formada la comunidad cristiana. Por lo tanto, este relato supone los recuerdos de un episodio sucedido más tarde. En cuarto lugar porque en Pentecostés, cuando los discípulos salen a predicar, la gente exclama: “¿No son todos estos galileos?” (Hech 2, 7-8). Ahora bien, si aquel día todos los discípulos eran galileos, es más fácil suponer que se trata de la primera reunión (los Once apóstoles, las mujeres, y la familia de Jesús, que efectivamente eran todos galileos). Finalmente, resulta extraño que la reunión de los 120 para elegir al sucesor de Judas se haga... ¡justamente cuando Jesús acaba de ascender al cielo y el Espíritu Santo todavía no bajó! ¿En esos diez días de intervalo que hubo entre la subida de Jesús y la bajada del Espíritu, cuando están sin Jesús y sin el Espíritu, se van a reunir los apóstoles para elegir un reemplazante? Es más factible que esa reunión haya sido después de Pentecostés, y no antes como dice el libro de Los Hechos.

Para mostrar que Dios no olvida

¿Por qué entonces san Lucas, autor del libro de Los Hechos, colocó esta reunión de los 120 antes de Pentecostés? ¿Por qué la adelantó, a pesar de todas las incoherencias que se seguían?

Por la siguiente razón: Jesús, durante su vida pública siempre estuvo acompañado por su grupo de Doce discípulos, para mostrar que, así como el antiguo pueblo de Israel había estado formado por doce tribus, él ahora venía a formar un nuevo Israel, también con doce integrantes. Dios no se había olvidado de las doce tribus, ni las había dejado perderse, sino que había enviado ahora a Jesús para restaurarlas y devolverlas a la vida, con estos doce hombres. La presencia de los Doce, siempre al lado del Maestro, era como la garantía de que Jesús continuaba las viejas promesas de Dios. Era la certeza de que la comunidad cristiana constituía la “recreación” del antiguo pueblo de Israel.

Al morir Jesús, traicionado por Judas, los Once que quedaban pensaron que el movimiento fundado por el Nazareno había fracasado. Pero un día, mientras los Once estaban rezando junto a algunas mujeres y familiares de Jesús (es decir, los integrantes de la primera reunión), sucedió Pentecostés. O sea, se sintieron invadidos por una fuerza grandiosa y potente, que los llenaba de ímpetu y energía. Y animados por ella, salieron por todas partes a predicar la Buena Noticia. Después de Pentecostés, los Once, al ver crecer la comunidad, y con la intención de organizarse mejor, decidieron restaurar el antiguo grupo de los Doce. Así, en medio de una asamblea de 120 hermanos invocaron al Espíritu Santo y eligieron como nuevo integrante del grupo a Matías. Por lo tanto, primero debió haber ocurrido Pentecostés, y después la reunión de los apóstoles y los 120 para reconstruir el grupo de los Doce.

Más tarde, cuando Lucas escribió el libro de Los Hechos, pensó que si contaba así las cosas sólo aparecerían Once Apóstoles recibiendo el Espíritu Santo. Y para él resultaba inadmisible que en un acontecimiento fundamental como ése no estuvieran presentes los Doce. Por eso decidió tomar la elección de Matías (sucedida después de Pentecostés) y contarla antes, a fin de que el grupo de los Doce ya estuviera completo cuando bajara el Espíritu Santo.
La intención de Lucas, pues, en el libro de Los Hechos, no es la de relatar aquel suceso histórico, sino decir a los lectores que la Iglesia toda, simbolizada en el grupo de los Doce, estuvo íntegra y completa el día en que recibió la luz y la fuerza del Espíritu fundador.

Los Doce otra vez incompletos

Podemos concluir lo siguiente: luego de la muerte y resurrección de Jesús, un pequeño grupo de sus seguidores se mantuvo unido, perseverando firmemente en la oración comunitaria. Es el grupo que llamamos “de la reunión ordinaria” (de Hech 1, 13-14), formado por los Once Apóstoles, algunas mujeres que habían venido desde Galilea, y la familia de Jesús, con su madre y sus hermanos. Este grupo fue el que vivió la experiencia que llamamos Pentecostés (contada en Hech 2, 1-4). Pero el genio teológico de Lucas decidió colocar antes la “reunión extraordinaria” de los Doce con los 120 hermanos (Hech 1, 15-26). De esta manera, el suceso de Pentecostés quedaba como ocurrido en presencia de los Doce.
La presencia, pues, de los Doce en Pentecostés no es una presencia “histórica” sino una presencia “teológica”, es decir, encierra un mensaje religioso. Lucas quiso decirnos que la Iglesia cristiana, nacida en Pentecostés, es el nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del antiguo pueblo de Israel, y que toda ella goza de la garantía del Espíritu Santo. Por eso vemos en el libro de Los Hechos que, cuando más tarde vuelve a quedar incompleto el grupo de los Doce por la muerte de otros apóstoles, ya no se eligen reemplazantes. Porque el grupo hacía falta completo sólo para Pentecostés, para el inicio de la Iglesia, nada más.

No sólo la jerarquía

Está bien que en los cuadros, imágenes y pinturas de Pentecostés coloquemos a los Doce Apóstoles recibiendo el Espíritu Santo (y no a los Once, como probablemente sucedió), porque lo que importa es que el arte cristiano sea fiel a la teología, al mensaje religioso. Pero si ponemos a los Doce, no debemos olvidar que Lucas también puso, en su libro, a otros 120 hermanos recibiendo el Espíritu Santo ese día. Y éstos lamentablemente jamás han aparecido en las representaciones artísticas. Si según Lucas en Pentecostés estaban “todos reunidos”, ¿cómo ignorar que para él estaban también los 120 hermanos? Si insertamos a los Doce en el escenario pentecostal, ¿cómo dejar afuera a los 120?

Éste ha sido un grave error de la tradición iconográfica de la Iglesia. Porque estos 120 hermanos, que aparecen compartiendo junto a los Doce la vivencia de Pentecostés, representan a los miembros de a pie de la comunidad, es decir, a lo que llamamos la “base”, el pueblo simple y sencillo. De modo que, así como en Pentecostés la jerarquía estuvo representada por los Doce, la base de la comunidad estuvo representada por los 120 hermanos. El haber excluido a éstos de aquella experiencia pentecostal ha llevado a muchos a pensar erróneamente que “la Iglesia” es solamente la jerarquía. Para Lucas, el mismo día que nacía la Iglesia ya estaban germinalmente presentes los dos estamentos: la jerarquía y la base de la comunidad.

Que vuelvan a estar todos reunidos

En Pentecostés, porque estaban “todos” reunidos, el poder del Espíritu Santo invadió con tal fuerza a la comunidad que ésta tuvo valor para lanzarse a predicar el Evangelio, a conquistar el mundo, y hasta a dar la vida por Jesucristo. Hoy vemos con tristeza cómo muchas de nuestras comunidades languidecen, llevando una vida mortecina, apagada, disminuida, con fuerzas apenas para subsistir, en medio de la indiferencia general del mundo que las rodea.

¿Qué ha pasado? ¿Qué les sucede a nuestras comunidades? La respuesta es sencilla: no estamos “todos” reunidos. En muchos lugares la jerarquía y el laicado se ignoran, los grupos y movimientos están enfrentados por rencillas insignificantes, las instituciones y los agentes de pastoral ven fagocitadas sus fuerzas y consumidas sus energías en peleas por cuestiones triviales. Quizá por eso el Espíritu Santo, presente sin duda en ellas, no puede actuar de manera eficaz. Choca contra la indolencia y la cerrazón de la comunidad.

Para que el Espíritu vuelva a actuar con el ímpetu pentecostal es necesario que estemos otra vez “todos” reunidos, sin divisiones ni discriminaciones, deponiendo las actitudes exclusivistas y autoritarias, abiertos al Espíritu de Cristo, para que Él nos muestre qué debemos hacer. Lucas sólo introdujo el Espíritu de Pentecostés cuando toda la comunidad estuvo reunida, sin que faltara ninguno. Hay que trabajar cuanto antes para lograr esta unión. Así el Espíritu dinamizará otra vez nuestras comunidades. Y podremos salir, como en aquel antiguo Pentecostés, a dar la vida en serio como testigos de Jesucristo.

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