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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Comunidad, carismas y ministerios

La bienvenida a un obispo
Mensaje de bienvenida en la toma de posesión de monseñor Roberto Rodríguez, sexto obispo de La Rioja (23 de julio de 2006)
Autor: Roberto Queirolo

Puede escribirse un artículo sobre "el ministerio episcopal hoy" o pude mostrarse cómo una diócesis le da la bienvenida a su nuevo pastor. Hoy hacemos lo segundo.

Queridos hermanos y amigos:

Esta noche nos toca, como Iglesia, vivir un momento importante de nuestra experiencia histórica: un nuevo sucesor de los apóstoles viene, en nombre de Jesús, a ser nuestro maestro, santificador y pastor. Viene con una rica experiencia, abonando su natural inteligencia y sensatez. Viene, sobretodo, con la humildad propia de los discípulos de Jesús: "no para ser servido sino para servir". El tiempo transcurrido y la asunción desde la fe de todo lo vivido, acompañan a quien ha de conducir por más de un lustro nuestra Iglesia local. Le damos la bienvenida sin condiciones, con la mejor disponibilidad y la mayor apertura.

Viene de una provincia rica a una empobrecida, de una pampa húmeda y gringa a nuestra tierra ardiente y criolla, de una iglesia con clero numeroso a otra necesitada de pastores. Tiene el amargo sabor de la partida y el fascinante desafío de una nueva aventura. Es un quemar las naves para lanzarse a lo nuevo: no ya con la ingenuidad del aprendiz sino con la madurez del sabio. Es un gran cambio y queremos acompañarlo. Fraternalmente, simplemente, sin expectativas desmedidas, pero sí con grandes deseos de trabajar por el Reino.

Y¿cuáles serán los desafíos a enfrentar? Algunos usted los conoce bien y ya los ha señalado: los índices de pobreza, no casual sino fruto de la injusticia parida por la mezquindad del hombre; la desigualdad de oportunidades en todos los aspectos de los derechos de las personas; la mezquina cultura de la muerte manifestada en la negación de la concepción, en la eliminación de criaturas inocentes en el seno materno y la manipulación de seres humanos en estado embrionario. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que asesina impunemente a los hijos que ella misma engendra o que no tiene reparos en poner fin a la vida de enfermos terminales o ancianos? ¿Cuando el juego, la droga, la trata de blancas –todas lacras que no pueden darse sin la consabida connivencia– es una realidad en permanente aumento? ¿Cuando se premia el apoyo partidario más que la responsabilidad y capacidad para gestionar la cosa pública? ¿Cuando la facción política está por encima del bien común y el personal sobre el comunitario?

En nuestro medio, se nos adoctrinó persistentemente que, para que nuestras necesidades fueran atendidas, debíamos someternos a los requerimientos del signo gobernante en el ámbito nacional. Había que borrar de la escena política al incómodo referente local. El favor de lo alto se concretaría en generosas dádivas y el bienestar podría finalmente llegar hasta nosotros. Sino: no. De hecho, cuando se obtuvo el objetivo perseguido, se pudo comprobar la magnanimidad de quien premiaba a los que habían cumplido.

Entonces nos preguntamos: ¿qué somos, qué valemos como riojanos, como argentinos como ciudadanos? ¿Somos sólo una cifra de sufragio? ¿Sólo se nos tiene en cuenta si aportamos a los propósitos de algunos gobernantes y si no nuestras necesidades no son atendidas, no somos sujetos de derechos? ¿Somos, pretendemos ser, un pueblo con ideales, con ansias de grandeza, protagonista de una gesta en nuestra Patria o sólo esperamos los favores graciosamente concedidos por algún benefactor? ¿Quien o quienes creen tener el derecho de humillarnos de tal forma?

¡Que perdido en el tiempo y la memoria queda aquel "naides es más que naides" que animaba a la montonera y un proyecto de nación federal, orgullosa de sus luchas, donde podría perderse todo menos la honra, despojarse de todo menos de la dignidad! ¿Expresaría, quizá, también el hastío y sin razón de una vida sin respeto propio ni ajeno, sin metas ni ideales, sin valores ni esperanza? ¿Seremos capaces alguna vez de resistir a la tentación del poder, del placer, del dinero, y comenzar a gustar el austero sabor de la lucha, de la conquista, de la cima alcanzada no por algunos sino por todos, con todos, para todos?

"La Iglesia para seguir siendo fiel debe seguir siendo Pueblo" nos alertó hace tiempo el padre Angelelli, como un eco de aquel mensaje magistral de Pablo VI al cerrar la magna asamblea: "El Concilio no se ha desviado sino que se ha vuelto hacia el Hombre", porque el Hombre es el camino hacia Cristo, como Cristo es el camino hacia el Hombre. Nuestra Iglesia riojana quiere, necesita, le urge hacer suyas aquellas sabias palabras tantas veces repetidas y no siempre bien comprendidas ni aplicadas. "Soy cristiano y nada humano me es ajeno", porque "la gloria de Dios es que el hombre viva".

Padre obispo: usted viene a insertarse en una comunidad viva, pero que adolece de graves carencias en lo que hace a la participación responsable y orgánica de los distintos sectores del pueblo de Dios en la vida diocesana, en la pastoral de conjunto, en la pasión por el Reino. Quizá hayamos perdido, junto con el ejercicio, la capacidad o el gusto de comprometernos en una acción común. Quizá nos hayamos habituado al seductor "cortarse solo" o desinteresarnos de lo que va más allá de nuestras tareas cotidianas. Hasta puede ser que un escepticismo generalizado, fruto de la desconfianza en la acción conjunta, también nos haya retraído. Sentimos, además, que no somos inmunes a la pereza, al cansancio, al paso de los años, al desaliento.

Sin embargo nada de eso nos arredra. Estamos vivos y con ganas. Para ello, padre obispo, es necesario encontrarnos, escucharnos, buscar juntos, en sinceridad y verdad, sin prejuicios, con apertura, sin compromisos, en libertad. Es necesaria una verdadera conversión para vencer al real adversario: nuestro ego. Hace falta un despojo, una renuncia, un dejarnos cuestionar, vencer el temor ante lo nuevo, abandonar nuestras seguridades, confiar solo y todo en el Señor. Él trabaja incesantemente en el corazón de los hombres. Como un activo conspirador va minando las estructuras de opresión que hemos sabido construir y desbarata la soberbia de los poderosos. Como María, a él nos acogemos, en él confiamos.

Quizá nunca más oportunas las palabras del recordado Juan Pablo II sobre la acción pastoral: debe ser fruto del amor, de la comunión, de la voluntad de unirnos, de buscar caminos, de ser fraternos, sinceros, amigos. Entonces compartiremos no lo de alguno sino lo de todos. Y "el mundo se convertirá cuando vea el amor que nos tenemos unos a otros". Esta a es la clave de la acción pastoral, su corazón, su alma, por que es fruto de la presencia del Amor. Esta es la insustituible raíz de la misión, de la solidaridad, del compromiso. No seremos una Iglesia comunión, misionera, samaritana, pascual, libre y liberadora si no ahondamos en el amor.

Pero nuestra riqueza es el Pueblo cristiano, es un verdadero sacramento del amor de Dios. También en su vida abnegada, sufrida y esperanzada encontrará usted, padre obispo, como nosotros, los obreros de la mies, la fuerza para no aflojar, para seguir tirando: ellos nos necesitan y no les podemos fallar. Nuestro Pueblo, padre obispo, necesita de la Palabra. El silencio es ambiguo y confunde: ¿es aprobación, es indiferencia? En cambio la Palabra descubre, rescata, interpreta, aclara, orienta, denuncia, proclama, convoca.

Padre obispo: nuestro pueblo necesita que le ayuden a desentrañar lo que llevan dentro: ¿bronca, frustración, esperanza? Le hace falta que alguien refleje sus sentimientos y los encauce. Así como en el Tinkunaco cada uno se espeja en el otro, lo descubre y se descubre y nos sentimos comunidad, iguales, hermanados en una misma pasión, bajo la cálida mirada del Niño Dios Alcalde y de nuestro Santo moreno.

Necesitamos, también de su sacerdocio: para que nos perdone y purifique, para que nos unja y nos envíe, para que nos contagie una mirada contemplativa del hombre, de la tierra, de la cultura, de la historia. Que sea un buen rastreador del Reino, un baqueano para discernir los signos de los tiempos. Que descubra los rastros del Nazareno entremezclados y ocultos entre otras huellas que no son las suyas.

Y también necesitamos de quien nos guíe. Que use su bastón no para golpear sus ovejas sino para defender al rebaño. Que sea un bordón en el que se apoye para no ceder ni un tranco cuando vienen degollando. Esa firmeza que se renueva cada año cuando unimos nuestras débiles cruces de caña a la Roca, a la Peña salvadora, en el barrial de Arauco.

Padre obispo: estamos vivos, tenemos fuerzas, podemos, cuente con nosotros, con cada uno, con todos. Juntos podemos. Tenemos que animarnos. Los santos caminan con nosotros codo a codo: con el Niño Alcalde y nuestra madre del Valle, con San Nicolás y San Francisco Solano, con San Blas y Santa Rita y la Mamá Virgen de tantas advocaciones, con Carlos y Gabriel, con Wence, con Enrique. No son meras tradiciones, estampas del pasado, sino fuerza renovada creadora de compromiso y de comunidades que nos impulsan hacia adelante.

Y ya para terminar: al cesar en este efímero servicio pastoral me siento obligado a dedicar un breve párrafo a mis hermanos de camino: sólo para agradecer y pedir perdón. Agradecer: Por el decidido apoyo recibido de los señores obispos, especialmente de nuestra región Cuyo, con calidez fraterna y respetuosa confianza. Por el solícito acompañamiento del señor Nuncio apostólico. Por la compartida responsabilidad con nuestro padre obispo Roberto. Por la fuerza y generosa colaboración recibida de los hermanos sacerdotes. Por el aliento y oración de nuestras religiosas. Por la auspiciosa esperanza que encarnan nuestros seminaristas y nuestros jóvenes. Por la sorpresiva y halagadora acogida de los laicos. Por la efectiva colaboración del personal de curia. Por el enorme y acertado esfuerzo de quienes prepararon estas celebraciones. Y pedir perdón por los errores cometidos, por falta de comprensión o por soberbia.

Padre obispo, hermano obispo, amigo y compañero obispo: gracias por venir, no se arrepentirá, vivirá los más ricos y felices años de su vida de pastor, no lo dude. No está solo. Anímese. Anímenos. Vamos: todos juntos. Padre obispo: sea usted muy bienvenido.

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