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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Pastoral sacramental

La pastoral de los difuntos
y sus cenizas

Autor: Eduardo A. González

Levantada la prohibición canónica que pesaba sobre la cremación de los difuntos, la nota avanza en propuestas pastorales que permitan repensar las exequias desde nuevas modalidades.

Según los antropólogos, la cremación del cuerpo de los muertos se practicaba ya al final del período neolítico y también encontramos algunas señales arqueológicas de este ritual en la zona habitada por los cananeos alrededor del 3000 a.C. Los poemas de Homero hablan de ella como un rito de homenaje a los héroes griegos durante la guerra de Troya y sabemos que en Roma se extendió en los últimos tiempos de la República. Pero es en las tradiciones del hinduismo donde se da mayoritariamente esta práctica que incluye la quema de la pequeña nave que transporta los restos de quien ha fallecido. También cremaban a sus muertos los vikingos hasta su desaparición hacia el final del primer milenio.

Los pueblos semitas preferían la "inhumación" y la costumbre fue continuada por los israelitas y por las primeras comunidades cristianas hasta nuestros días. Al "entierro", esto es, depositar en la tierra, se agregó el conservar el cadáver en un féretro colocado en nichos o bóvedas.

En la modernidad, algunos grupos del Occidente ilustrado solicitaban la quema de sus cuerpos para negar "la resurrección de la carne", ya que imaginaban que la dispersión de los restos impediría lo proclamado por la fe; por tal motivo la Iglesia Católica prohibió la cremación (salvo casos de peste o situaciones de fuerza mayor) privando de sepultura eclesiástica a quienes la hubieren solicitado.

Para comprender la intensidad de esta "disputa" en su contexto histórico, basta saber que en 1891, Annie Bessant, suprema directora de la Sección Europea de la Asociación Teosófica se consideraba una entusiasta defensora del "ateísmo, la República y el entierro civil".

En ese mismo clima, el comentario al canon 1203 del antiguo Código de Derecho Canónico de 1917 realizado por los responsables de la edición de la Bac de España dice, con el estilo apologético propio de la época, que la práctica de la cremación está reprobada, entre otros motivos, "por las perversas ideas de que están imbuidos y los fines depravados que persiguen sus más entusiastas defensores entre los cuales se cuentan los afiliados a la masonería, como puede verse en la Instrucción del Santo Oficio del 19 de mayo de 1886...".

Pero esa prohibición fue radicalmente modificada por el Santo Oficio (que luego se convertirá en la Congregación para la Doctrina de la Fe) durante la celebración del Concilio Vaticano II en 1964 y, consecuentemente, en el canon 1176 del Código de Derecho Canónico de 1983. En el Ritual de las Exequias, promulgado el 15 de agosto de 1969, se puede leer:

"Se puede conceder las exequias cristianas a quienes han elegido la cremación de su propio cadáver, a no ser que conste que fue elegida por motivos contrarios al sentido cristiano de la vida".

La supresión de la antigua prohibición, la concentración urbana, la exhumación de los cadáveres en los cementerios en razón del breve tiempo de permanencia en la tierra, y ciertas modificaciones culturales en torno al tema de la muerte han hecho que en muchos lugares, sobre todo en las grandes ciudades, muchas personas creyentes pidan la cremación.

El Ritual de las Exequias prevé que "en este caso, los ritos que se hacen en la capilla del cementerio o junto al sepulcro pueden tener lugar en el edificio del crematorio, evitando todo peligro de escándalo o indiferentismo" (Notas preliminares, 15).

Pero después de haber pasado el primer impacto del duelo, se presenta ante los familiares un problema delicado, sobre todo si el difunto no dejó ninguna disposición especial sobre el destino final de las cenizas.

Algunos guardan la pequeña urna en sus casas, otros la entierran en el jardín o arrojan las cenizas al mar. En algunos casos aparecen discretamente depositadas en algún rincón oscuro de un templo o capilla. En casos más conflictivos, suele ser ocasión de dolorosas discusiones en la que afloran sentimientos contrapuestos entre quienes se encontraban unidos por distintos vínculos.

El tema es retomado en el Directorio sobre Liturgia y Pastoral Popular del 2001, señalando que "en nuestros días, por el cambio en la condiciones del entorno y de la vida, está en vigor la praxis de quemar el cuerpo del difunto... Respecto a esta opción, se debe exhortar a los fieles a no conservar en su casa las cenizas de los familiares, sino darles la sepultura acostumbrada, hasta que Dios haga resurgir de la tierra a aquellos que reposan allí y el mar restituya a los muertos (ver Apoc 20, 13)" (254).

La cita que remite al Apocalipsis dice: "El mar devolvió a los muertos que guardaba; la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo y cada uno fue juzgado según sus obras". Según los comentaristas, "el mar" era antiguamente considerado como el símbolo del caos y del mal, por eso el vidente anuncia: "Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más" (Apoc 21, 1).

¿Qué es la "sepultura acostumbrada" donde colocar las cenizas, según la sugerencia del Directorio?. Responder a la pregunta supone un extenso recorrido histórico por diversos pueblos y épocas que muestra la abundante variedad de "sepulturas acostumbradas". Sin pretender ser exhaustivo, menciono la veneración de las reliquias de los primeros mártires, la colocación del difunto en los nichos de las catacumbas romanas, los mausoleos de los papas en la Basílica de San Pedro o del General San Martín en la Catedral de Buenos Aires, las tumbas diseminadas al frente de las iglesias de Alemania, o en los "campos santos" de los cerros de la Quebrada de Humahuaca, la conservación del cajón herméticamente cerrado en las bóvedas de la Recoleta, el osario común de los cementerios municipales o la fosa conjunta bajo los altares que, como en Nápoles, guarda los restos de san Cayetano y otros sacerdotes de la familia de los Teatinos.

El cinerario, símbolo de la esperanza

Teniendo en cuenta éstas últimas prácticas y la propuesta del mencionado Directorio, el capellán del Cementerio de la Chacarita de la ciudad de Buenos Aires con el equipo de Pastoral de los Difuntos formado por varios Capellanes de Cementerios Públicos y Privados del conurbano bonaerense, formula una sugerencia: "dada la complejidad de las grandes urbes, sería provechoso que en determinados templos, ya sean parroquias, iglesias o santuarios, se diera un espacio físico a las cenizas de los cuerpos de los hermanos difuntos, con la mesura y decoro que la Iglesia siempre ha mostrado en ese aspecto".

Ese espacio se puede denominar "cinerario" y un rito adecuado contribuirá al acompañamiento de ese momento tan especial con el que culmina la despedida visible del ser querido.

El cinerario reto-ma la tradición de unir el cementerio con el templo, y consiste en una fosa de dos o tres metros de profundidad y de uno por cada lado o diámetro. Se lo puede ubicar en el atrio, en algún altar o arcada lateral del templo o en el jardín anexo y cubrir con una loza.

Su ornamentación ha de ser discreta, ni tan disimulada que pase desapercibida, ni tan pomposa que pierda la sobriedad necesaria para un sosegado recuerdo. Una imagen de Cristo, un texto bíblico y una frase adecuada transmitirán un mensaje de esperanza en la futura resurrección. Se diseña con maceteros o floreros para depositar las flores y con "veleros" que permitan el encendido de las velas que se acostumbra prender, sobre todo en el aniversario del fallecimiento.

Si se quiere simbolizar mejor la relación entre el bautismo y la muerte, en lugar de la losa, se construye un volumen cúbico o cilíndrico, de unos 80 centímetros de alto, al estilo de la pila bautismal, con una tapa de hierro o mármol con un candado o cerradura de resguardo. En este caso, en una de sus caras laterales tendrán las imágenes o mensajes apropiados.

El fundamento teológico-pastoral de este último tipo de cinerario supone que la mirada desde la fe muestra un nuevo sentido a lo inevitable de la muerte,
según escribiera Pablo VI en su Testamento: "La muerte es un progreso en la comunión de los santos...". Esa "comunión" ha tenido un inicio fundamental en el sacramento del Bautismo porque "...allí el discípulo del Señor ya está sacramentalmente muerto con Cristo para vivir una vida nueva; y si muere en la gracia de Dios, la muerte física ratifica este morir con Cristo y lo lleva a la consumación, incorporándose plenamente y para siempre en Cristo Redentor" (Directorio, 250).

Puede llevarse un libro que registre el nombre (y sobrenombre) del difunto, el día del fallecimiento y el día en que fue depositado.

Aunque cercano al cinerario puede colocarse algún cuadro con los nombres de los difuntos, se sugiere no permitir placas recordatorias que, además de correr el riesgo de desprolijidad en la armonía del estilo arquitectónico, pueden dar lugar a una ostentación personal o diferencias impropias de ese ámbito que quiere ser un ámbito común. Por otra parte, conviene saber que cada metro cúbico permite colocar cenizas correspondientes a 5000 personas.

El primer "cinerario" fue erigido en el atrio de la Parroquia de Todos los Santos y Ánimas de la Arquidiócesis de Buenos Aires, en el año 2003, pero las ideas sobre su sentido dentro de la pastoral de los difuntos fueron presentadas en la reunión anual de los rectores de Santuarios del año anterior, inscribiéndolas en el marco del acompañamiento de las expresiones de la religiosidad popular.

El rito de depositar las cenizas

Las cenizas, que son la última expresión material de lo que fue el cuerpo, tienen una enorme carga simbólica porque remiten a la memoria de lo que la persona significó para sus familiares y amigos. Una adecuada pastoral integra el momento de depositar las cenizas con un rito que exprese el valor de la despedida y la esperanza en la futura resurrección.

Si ello ocurre inmediatamente después de la cremación, se puede recurrir a las sugerencias que brinda el Ritual de las Exequias para el Rito de la Sepultura (52-54), por lo que después del salmo que acompaña la procesión hasta el cinerario puede decirse una breve monición, la oración de los fieles, el Padre Nuestro y la Oración conclusiva. El mismo Ritual (5) aconseja que "en ausencia del sacerdote o diácono, reciten ellos mismos las oraciones y salmos acostumbrados".

Pero la costumbre hasta ahora más extendida es que las cenizas sean depositadas en el lugar definitivo algunos días después del fallecimiento y de la cremación, por lo que el Equipo de la Pastoral de Difuntos de Buenos Aires sugiere que este Rito se realice en un día fijo al mes, de tal manera que agrupe a varias familias y pueda participar la comunidad parroquial.

Es conveniente la Celebración de la Eucaristía por las intenciones del difunto y de sus familiares, colocando las pequeñas cajas en un lugar cercano al altar. Concluida la Misa alguno de los familiares las conducen hasta el Cinerario mientras que otros acompañan procesionalmente llevando velas encendidas, algún ramo de flores y entonando un canto adecuado.

Se pueden rociar las cenizas con el agua bendita que recuerda el bautismo y realizar los Ritos de la Sepultura adaptándolos según las necesidades pastorales, teniendo en cuenta que "con los ritos exequiales, la Iglesia, madre piadosa, siempre ha procurado no sólo encomendar los difuntos a Dios, sino también avivar la esperanza de sus hijos y dar testimonio de su fe en la futura resurrección, con Cristo, de todos los bautizados" (Decreto de promulgación del Ritual de Exequias).

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