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Editorial SAN PABLO
 
Vida Pastoral

Pastoral popular

Comunidad y religiosidad
popular

Autor: Sergio Zalba

¿Cómo emerge y se manifiesta la dimensión comunitaria–esencial al existir como Iglesia– en aquellos que viven su fe en el gran marco de la religiosidad popular? Este artículo nos aproxima a una respuesta.

No hay modo de vivir la fe cristiana que no sea en comunidad. Cualquier atajo de corte individualista marcha, necesariamente, a contrapelo del mensaje de Jesús y de la experiencia fundamental de los primeros cristianos, fundadores históricos de la vida eclesial.

Donde no hay comunidad no hay Iglesia. Puede haber búsquedas, intentos, buenas voluntades, deseos, apertura hacia lo sagrado e incluso, hasta actividad culto-preceptual, pero Iglesia... Porque no hay modo de concebir a la Iglesia que no sea desde la perspectiva comunitaria.

En América Latina, la reflexión y la praxis pastoral en torno al tema de las comunidades cristianas ocupó un lugar destacadísimo a partir del último tercio del siglo pasado: el documento de Medellín, entre otros documentos teológicos y pastorales, así lo atestigua. Y es por los años de aquella IIª Conferencia del Episcopado Latinoamericano (1968), que comienza a andarse el camino de las comunidades eclesiales de base intentado recuperar, en la realidad de un tiempo muy distinto, el espíritu que animó a los primeros seguidores de Jesús. Así, la formación de pequeños grupos de mujeres y varones reunidos en torno de la Palabra, de la reflexión y del compromiso con la historia, se constituyó en una opción pastoral de privilegio, más allá, de la aceptación concreta que tuvo por parte de los diversos episcopados de la región.

En forma casi simultánea, aunque la profundización de sus consideraciones teóricas sea levemente posterior y se cristalice en el Documento de Puebla (1979), aparece sobre el tapete pastoral la vindicación de la religiosidad popular como expresión legítima de la fe; expresión que anida en el corazón del pueblo creyente y que se manifiesta, de modo especial, en espacios multitudinarios. Es más, no sólo se reivindica como legítimo este modo de vivir y de expresar la fe cristiana, también, además de alentar a su acompañamiento y de proponer el desarrollo de una mística evangelizadora a su servicio, se la reconoce como verdaderamente eclesial.

Pequeñas comunidades, por un lado, y multitudes por el otro. Dos modos bien diferentes de vivir y de manifestar una misma fe. Y los dos, según se afirma, propiamente eclesiales. Y los dos, curiosamente, sostenidos en la misma relativización de la estructura parroquial como único y/o más apropiado espacio para la acción evangelizadora y pastoral; y los dos, aún más curiosamente, privilegiando la realidad del pobre como lugar teológico por excelencia.

Controversias

No hizo falta andar demasiado para que uno y otro modo promuevan posiciones divergentes entre los agentes de pastoral, y para que las diferencias salgan a la luz.

Para unos, la pastoral de la religiosidad popular equivalía a alimentar un modelo religioso que además de ingenuo y sincretista, les resultaba fundamentalmente esquivo a la complejidad social que todo cristiano tiene el deber de asumir. Pero sobre todo, y en el punto que ahora nos interesa, se les presentaba como un modelo a contra mano con la lógica de la comunidad entendida como pequeño grupo de pertenencia y de concientización en orden a los compromisos que exige la fe.

Para los otros, aún reconociendo el valor de ese modo comprensivo de la experiencia comunitaria, primó el dar respuesta a un dato inobjetable de la realidad: las miles y miles de personas que en su condición de "sólo bautizadas" se asumen a sí mismas como creyentes (católicos) y expresan su creer como un modo de ser en la vida, sin más referencia institucional –en la mayoría de los casos– que la peregrinación anual a algún santuario, o la participación en alguna celebración litúrgica especial. Es cierto, también, que algunos de estos otros supieron temer a "posibles ideologizaciones de la fe" que vendrían de la mano de las comunidades de base. Y es cierto, por tanto, que sectores más o menos conservadores hicieron una mueca aprobatoria de la pastoral popular como signo de su voluntad por acercarse a los más humildes, pero sobre todo, como muestra de su oposición a estos "vientos ideologizados" que –argüían– soplaban en América Latina.

En gran medida, aunque nunca se conciliaron por completo, estas diferencias ya son historia. Y si aquí se mencionan, no es para reeditarla, sino para enmarcar la cuestión que ahora nos ocupa: ¿es posible hablar de comunidad o de vivencia comunitaria de la fe en la religiosidad popular? La pregunta no apunta a una cuestión menor. Si avanzáramos por la negativa deberíamos concluir, de acuerdo a lo enunciado al principio, que los conceptos de "Iglesia" y de "religiosidad popular" resultarían, simplemente, incompatibles.

Buscando una respuesta…

Todo hace pensar que no.

Las expresiones de la religiosidad popular son ocasionales y no parece que pueda constituirse una comunidad con encuentros apenas de ocasión. Las manifestaciones populares de la fe suelen ser silenciosas, como de mirada hacia adentro, poco dialogales, y las comunidades necesitan diálogo para construirse. La religiosidad popular suele expresarse en multitudes anónimas; en las comunidades, los miembros se conocen por sus nombres. La religiosidad popular reúne a personas de muy distintos orígenes y procedencias; las comunidades, en cambio, tienen al barrio o a la región como lugar de pertenencia. Las manifestaciones de la fe del pueblo suelen ser peregrinas, "andantes", tanto en la calle como en el interior de los templos; las comunidades, por su parte, se reúnen alrededor de una mesa, sus miembros "se detienen" para encontrarse.

Estas, y otras tantas diferencias que podrían señalarse, no son pocas. Por tanto, no parece que la idea de comunidad pueda encajar con la de religiosidad popular. Y siendo así, no estaríamos en presencia de una realidad eclesial.

A pesar de ello, nuestra experiencia pastoral y particularmente nuestro estar entre esas multitudes peregrinas (y no sólo mientras peregrinan como multitud, sino también en ámbitos mucho más personales y personalizados), nos indican otra cosa; nos hablan de una tal eclesialidad cuya vivencia de lo común tiene características propias que es necesario discernir e identificar.

En primer lugar, la experiencia fundante de lo comunitario suele producirse en el interior de las familias. Como ejemplo, tomemos esos grupos familiares –habitualmente numerosos– que comparten hasta lo que no quisieran compartir: la cama, el lugar de estar, la ropa, la única hornalla y los pocos pesos o alimentos que ingresan a la casa. Y que comparten también, en la mayoría de los casos, otros elementos de significativa hondura: anhelos, búsquedas, devociones, rezos, fracasos, algunos triunfos y muchos recuerdos, muchas historias guardadas silentemente en sus corazones. Pero esto, se dirá, no alcanza para ser eclesial. Puede ser…

En segundo lugar, las mujeres y varones más sensibles a expresar su fe en el marco de la religiosidad popular, suelen tener una intensa valoración y vivencia de la vecindad. Cuidar a los hijos de la señora de al lado mientras ella va a trabajar, prestarse un poco de yerba cuando el tarro se vacía, ayudarse en la construcción del techo, sacar juntos el agua que inunda a todos y tantas otras acciones propiamente comunitarias que se realizan con la espontaneidad de quien sabe que en lo común se realiza lo personal y que lo personal tiende a ser irrealizable fuera del ámbito de lo común. Pero esto, se dirá nuevamente, no es suficiente para convertirse en eclesial. Y es posible.

En otro lugar de esta lista aparecen las cuestiones religioso-regionales. Y aquí el asunto empieza a mostrar otro matiz. Algunos ejemplos:

– Cuando unos treinta mil sureños –la mayoría descendientes de mapuches– se reúnen anualmente en Campo Chimpay para rezarle a Ceferino en su lugar de nacimiento, la experiencia de lo comunitario trasciende ese momento y esa circunstancia para asumir la historia de una comunidad castigada, despojada de sus tierras y que reconoce en "su santo", al mediador por sus derechos.

– Cuando en la ciudad de La Rioja se celebra el Tinkunako como encuentro de dos culturas (aborígenes y españoles) mediatizado por la fe (Niño Alcalde y San Nicolás de Bari), parece que la vivencia comunitaria también sobrepasa lo ritual para hacerse memoria y diálogo con las generaciones pasadas que fundaron ese pueblo.

– Cuando en el porteño barrio de Liniers, miles de hijos y nietos de la inmigración interna y externa hacen colas de cuadras para "tomar gracia" frente a la imagen de San Cayetano, lo comunitario sobrevuela en esas filas de un modo muy peculiar. Parece corporizarse en el recuerdo de un tiempo –no tan lejano– en el que el trabajo era abundante y en el que el pan rara vez faltaba en la mesa del trabajador. Tiempos en que el conurbano bonaerense y algunos barrios capitalinos, fueron eje de la organización social del trabajo y se convirtieron en un espacio incluyente que asumió tanto a los inmigrantes extranjeros del 900, como a los internos de la década del ’40. Y todo ello, vivido en la expectativa de que la Providencia de Dios, como expresión de su Justicia, se convierta nuevamente en Pan y en Trabajo para todos, es decir, en lo indispensable para la reconstrucción de la comunidad familiar, barrial, regional…

La acción del Espíritu

Más allá de la validez de los ejemplos citados, afirmar que todos cuantos participan en estas manifestaciones religiosas reconocen explícita y/o vivencialmente el valor de lo comunitario, sería una verdadera exageración. Así mismo, resultaría un error aseverar que la tensión por lo comunitario está presente en todas la familias y entre todos los vecinos de cada barrio. A quienes el poderoso individualismo conquistó para sus filas, no se cuentan de a pocos, incluso, entre los más humildes.

De todos modos, aunque hoy las excepciones sean más que en otros tiempos, no dejan por ello de ser excepciones.

Ahora bien, aún reconociendo tal diversidad, ¿por qué no asumir como eclesiales, o si se quiere, como pneumáticas, esas formas de ser comunidad expresadas más arriba?, ¿por qué no reconocer la presencia del Espíritu que construye comunidad entre los hijos de Dios aunque no se expresen en las formas institucionalmente validadas? Y en otro orden, ¿por qué no interpretar esas formas de ser comunidad en el marco de la gradualidad de los procesos religiosos que tan acertadamente se describe en Navega Mar Adentro (ver 78 y 79)?

Podrá decirse, que incluso aceptando esa misteriosa presencia del Espíritu, estaría faltando aquello que hace que una comunidad sea cristiana y eclesial: reunirse en torno de la Palabra y del Dios hecho pan.

No parece, sin embargo, una objeción suficiente. De hecho, los encuentros religioso-populares se producen esencialmente en torno de la Palabra y de la Eucaristía. Claro que con un ritmo propio, en general muy distinto al de las elites eclesiales. Al respecto, señalaba el padre Edgardo Trucco (fallecido presidente de la Comisión Nacional para la Pastoral de Santuarios): "Lo que sucede en el alma popular en un solo día, en una celebración multitudinaria en un Santuario, tienen una vigencia muy larga en el tiempo, por eso los encuentros suelen ser poco frecuentes, anuales; tienen una penetración casi instantánea en la experiencia popular, a diferencia de quienes vivimos el fenómeno ilustrado y a quienes nos cuesta mucho aprehender experiencias vitales que habitualmente sólo nos rozan epidérmicamente. Es la diferencia entre la sabiduría del pueblo y el saber intelectualizado de las elites" (ponencia en el Congreso Mundial de Pastoral de Santuarios, Roma, 1992).

Del riesgo de la exclusión al acompañamiento pastoral

Negarle entidad comunitaria a quienes viven y expresan su fe en el multiforme universo de la religiosidad popular, resultaría, según parece, una suerte de regateo al concepto de comunidad. Sería toparse con un verdadero reduccionismo de su significado sustancial acomodándolo, tanto al concepto tradicional de "comunidad parroquial", como a los más específicos de "comunidades eclesiales de base", o "comunidades de vida" en algunos movimientos, etcétera. Sería, en definitiva, negar todo lo propiamente comunitario inscripto en la razón de pueblo, aunque esta razón tienda a desdibujarse en el horizonte de la postmodernidad.

Pocas cosas le hacen tanto mal a la Iglesia (y al decir Iglesia decimos Pueblo de Dios, mujeres y varones de fe que creen en Dios Padre que los ama, Dios Hijo que los salva y Dios Espíritu que los une y acompaña) como el abusivo encasillamiento de ciertos conceptos: laico comprometido es el que entrega muchas horas en servicios parroquiales o de movimientos; hombre de fe es el que gasta sus rodillas frente al sagrario; mujer piadosa es la que reza el rosario en el templo precediendo a la misa diaria; obediente a Dios es quien responde "así sea" a la palabra del obispo o del sacerdote… Y la comunidad, entonces, es el pequeño grupo –¡ínfimo, en general!– vinculado directamente con todo lo anterior y con los quehaceres institucionales de la Iglesia.

¿No es compromiso, acaso, la lucha cotidiana por la subsistencia y el sostenimiento de la familia? ¿No es de verdadera fe seguir creyendo aún en situaciones durísimas y de gran dramatismo? ¿No es piadoso reconocer la providencia de Dios en la humildad de un mate cosido? ¿No es obediencia decirle "no" a la corrupción, al mal trato y a la indignidad vengan de donde vengan? Si esto es así, también el concepto de comunidad aparece demasiado restrictivo y, sobre todo, pecaminosamente excluyente.

Así y todo, este reconocimiento de la vida comunitaria en la vivencia popular de la religión, no implica su absolutización. Tal vida comunitaria padece la fragilidad que es propia de los hombres y sus límites se acrecientan en estos tiempos de exacerbado individualismo. Por tanto, también es objeto de atención y de cuidado pastoral. Es objeto de un acompañamiento fraterno que ha de partir de una explícita valoración de la experiencia simple de la fe. Pero una cosa es partir de la idea de su inexistencia y otra, muy diversa, asumir que aunque frágil y limitada es una vivencia que existe. Una vivencia que alimenta la cotidianeidad de miles de mujeres y de varones que, por complejas razones de índole cultural o simplemente por la gracia de Dios, no tienen una participación directa en las estructuras eclesio-institucionales.

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