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Editorial
Vocaciones 

 

Trasnscurriendo el propuesto año sacerdotal, se escuchan múltiples discursos referidos a la permanente problemática de las vocaciones: su escasez, su necesidad, su cantidad, su calidad... Obviamente que la referencia implícita es la de las vocaciones al ministerio ordenado y a la vida religiosa.

La cuestión tiene variadas aristas y las más dispares explicaciones. Que hay pocas vocaciones porque el mundo actual no las favorece, es la adaptación al tema de un clásico: culpar a la realidad, lo cual nos ahorra de mayores comentarios. Que los grupos e instituciones con “identidades fuertes” (como por ejemplo el Instituto del Verbo encarnado o los/as Hermanos/as discípulos/as de San Juan Bautista, para hablar de experiencias autóctonas) tengan gran cantidad de vocaciones, es generalmente decodificado en clave anticonciliar: quienes emprendieron la renovación a la que el Concilio Vaticano II invitó, hoy ven menguar sus vocaciones en la misma medida en que se diluyó su propia “identidad” cristiano-católica, sacerdotal o religiosa. Quienes dicen que no se ora lo suficiente pidiendo al dueño de la mies que mande obreros a su mies, dan por demostrada la ecuación que identifica a los “obreros” del pasaje evangélico con las “vocaciones” sacerdotales y/o religiosas...

Si reparásemos en la “eclesiología total” (al decir de I. Congar) que nos propone el Concilio, de lo que se trata es de reconocer las pluralidad de vocaciones que alumbran permanentemente en el pueblo de Dios, más allá de su estatuto canónico y hasta sacramental.

Nuevas realidades y experiencias se han abierto camino en las últimas décadas: el diaconado permanente –con su multiplicidad de concreciones–; parroquias (canónicamente) encomendadas a diáconos, religiosas y/o laicos; infinidad de obras –antes “religiosas”– bajo conducción laical; comunidades eclesiales de base con autonomía (de hecho) celebrativa; movimientos laicales con inmensa variedad de fines y estilos...

Lo que la mentada “pastoral vocacional” está esperando, más que vocaciones es una mirada distinta, que alcance a ver lo que está ahí, a la mano de quien quiera verlo. Y una de las claves es dejar de pensar en lo supletorio para comenzar a pensar en una nueva Iglesia que exigirá, por lo tanto, una eclesiología distinta a la que a veces abunda en los discursos oficiales o en aquellos cándidamente instaurados y aceptados. Como siempre, el vino nuevo requerirá de odres nuevos, más temprano o que tarde.

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