Deudas
El debate generado en torno al casamiento de personas del mismo sexo puso en evidencia cuán lejos está una parte importante de la dirigencia de nuestra Iglesia de haber comprendido las lecciones surgidas del Concilio Ecuménico Vaticano II, cuarenta y cinco años después del cierre de su celebración.
No nos referimos a la cuestión de fondo –si el matrimonio civil entre personas del mismo sexo puede igualarse al matrimonio heterosexual– sino al estilo, las formas y las argumentaciones que buena parte de la jerarquía pusieron en debate. Desde informes pseudo-científicos que darían cuenta de la malicia innata de la uniones homosexuales hasta invocaciones a la acción del diablo como operador de la iniciativa, pasando por la esperable y previsible denuncia del intento de socavar el intangible “sustrato católico” de nuestra patria. Y todo ello envuelto en un desprecio ostensible por el pluralismo, retornando visiblemente a posturas nunca del todo abandonadas que ven a la Iglesia católica como rectora del devenir social y político y fiscalizadora de las decisiones propias de la sociedad civil en el ejercicio de la “justa autonomía” de sus instituciones (ver Gaudium et spes, 36).
Por otro lado, es notable la capacidad de reacción de buena parte de nuestra Iglesia cuando lo que se juegan son cuestiones vinculadas a la sexualidad, la salud reproductiva o temas afines, siempre en nombre de “la familia”, y la nula capacidad de respuestas claras y contundentes frente a leyes y políticas que han hipotecado por décadas la vida de la inmensa mayoría de las familias que integran nuestro país.
Poco parece haberse aprendido de otros debates históricos que guardan alguna analogía con el presente: desde la ley 2.393 de matrimonio civil de noviembre de 1888, hasta la ley 23.515 del divorcio vincular de junio de 1987, pasando por la ley 14.557 que modificó la regulación estatal de la educación privada en septiembre de 1958 (la polémica conocida como “laica o libre”). ¿No era esta la ocasión para abandonar el lenguaje belicista y entender que, en medio de una sociedad pluralista, la Iglesia expresa una opinión y una propuesta entre otras que entran en juego?
El siempre invocado y reclamado diálogo, queda en una declamación vacía cuando las circunstancias lo exigen, mostrando, una vez más, que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34), que no se puede improvisar lo que no se ensaya cotidianamente y que es imposible exigir y ejercitar hacia fuera aquello que no es práctica común al interior de la propia institución eclesial. Aunque ya fuera tiempo de que ello ocurra.