Editorial
Idiomas y lenguajes
Cuando se escuchan ciertos discursos eclesiásticos sobre los más variados temas que hacen a la vida y al sentir de las mujeres y los hombres de hoy; cuando explicito la agenda y las prioridades que nuestra Iglesia manifiesta...
Oscar Campana
Cuando se escuchan ciertos discursos eclesiásticos sobre los más variados temas que hacen a la vida y al sentir de las mujeres y los hombres de hoy; cuando explicito la agenda y las prioridades que nuestra Iglesia manifiesta; cuando escucho mis propias clases y las de tantos colegas, no puedo menos que preguntarme si nuestro lenguaje –hechos y palabras... – dice algo o es, literalmente, insignificante.
Quizás cuando el lector se encuentre con estas líneas, el uso del Misal de san Pío V haya vuelto a ser permitido en nuestra Iglesia. Aunque la medida pueda parecer pastoralmente intrascendente, su valor simbólico es inmenso.
Si lo primero que hizo el Concilio Vaticano II fue renovar la liturgia, entre otras cosas permitiendo el uso de las lenguas vernáculas, no deja de ser significativo que se conceda el uso de los rituales tridentinos a aquellos que afirman que en el último Concilio el catolicismo abandonó la verdadera tradición, al punto tal de poner en duda la misma sucesión petrina...
Hace poco alguien me razonó: “Lo que no entendés es que se trata de quitarle argumentos a la derecha...”. El problema es –¡juro que lo entiendo!– precisamente ese... El lefevrismo no está muy preocupado en que les quitemos los argumentos, sobre todo cuando quitárselos es casi casi darles la razón. Otros me decían: “Quizás así se dé marcha atrás al último cisma que padeció el catolicismo”. ¡Con lo cual el acercamiento al lefebvrismo debiera ser visto como parte del camino ecuménico que el Concilio abrió en nuestra Iglesia! No importa que para ellos la existencia misma del ecumenismo sea motivo de escándalo. No los juzgo. Sólo digo que el Vaticano II nos mostró otro camino. ¿Por qué no dejarlos seguir su propio rumbo? ¿Para qué pretender convencerlos de otra cosa? ¡Ah! ¡Claro! Hay ordenaciones de por medio. Hechos jurídico-sacramentales. Como con monseñor Emmanuel Milingo. Ex opere operato. Siglos de teología sacramental y eclesiología teñidas de juridicismo. Y Roma, víctima de su propia lógica...
Me fui lejos... Valga lo anterior como ejemplo y ejercicio mismo de lo que decíamos en el primer párrafo. ¿Cuáles son hoy los problemas para nuestra Iglesia? ¿En qué lenguaje los expresa? ¿En qué idioma los habla? ¿A quién quiere quitarle argumentos? Poco importa si latín o castellano, si rituales de Pío o de Paulo. Palabras y hechos sólo parecen seguir hoy cierta lógica interna a la institución, desvinculada de las verbalizaciones incipientes de una época a la vez crepuscular y naciente, en la que el Espíritu, en su idioma, con su lenguaje, sigue hablando a las iglesias.
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