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Editorial
Aprendizajes

Desde fines del siglo pasado muchos vienen describiendo los tiempos presentes de la humanidad como “huérfanos” de pensamiento. La ausencia de grandes referentes sociales, políticos, religiosos e intelectuales se ha convertido en un matiz insoslayable de quienes definen dichos tiempos como “bajos”, “grises”, “penumbrosos”, “crepusculares”…

Muerte de las ideologías, cambio de paradigmas, fin de los grandes relatos… Multiplicidad de expresiones que nos hablan, sin lugar a dudas, del ocaso de una época, cuando aún no se vislumbra con claridad el amanecer de un nuevo tiempo.

En una carta apostólica de 1971, Pablo VI afirmaba: “Si hoy día se ha podido hablar de un retroceso de las ideologías, esto puede constituir un momento favorable para la apertura a la trascendencia y solidez del cristianismo. Puede ser también un deslizamiento más acentuado hacia un nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante del dinamismo humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuestión de su sentido se plantee realmente.” (Octogesima adveniens 29). El mundo intuido en la última parte del párrafo –¡hace ya casi cuarenta años!– es el que hoy habitamos.

No es nuestra intención hacer una quejosa descripción de la realidad, sino tan sólo transmitir la sensación que invade a muchos cristianos en estos tiempos: la complejidad propia del mundo actual parece habernos desbordado. No contamos con medios téoricos y prácticos para dar cuenta de las innumerables problemáticas que, como un abanico, día a día se abren ante nosotros. Somos parte, como nunca, de la “crepuscularidad” actual. Y aunque algunos se consuelen celebrando alborozados el “retorno de la religión”, el fenómeno, parte integral del actual momento, es aún indefinible.

Las diversas estrategias ensayadas frente a la crisis actual se manifiestan indefectiblemente provisorias. La apelación monista a una identidad sólo prolonga la agonía de estilos pastorales, pero no es capaz de procurar pistas novedosas, como la que en nuestros documentos exigimos a las sociedades civil y política.

Habrá que seguir hurgando, recordando que “todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,52). Habrá que tratar de ser cada vez menos escriba y más discípulo del Reino, de ese Reino que misteriosamente está presente entre nosotros, aún en medio de tanta aparente neblina.
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