La creencia en la reencarnación consiste en afirmar que el alma del sujeto que muere, vuelve a nacer en otro cuerpo. Técnicamente se conoce con el nombre de metempsicosis.
Inmediatamente salta a la vista y surge una cuestión que ya ha sido superada: la concepción dualística del hombre, que considera al cuerpo y al alma como dos cosas independientes. Según esta doctrina, el alma es lo único verdadero, mientras que el cuerpo es el lugar de confinamiento temporal del alma, donde ésta queda encerrada hasta que se purifica totalmente de sus ataduras temporales. Esta concepción encierra un verdadero desprecio del cuerpo: elemento constitutivo, inseparable, del "ser persona".
Los que adhieren a este pensamiento afirman que, cuando el alma no ha conseguido purificarse totalmente en esta vida, al morir, vuelve a encarnarse en otro cuerpo, y así sucesivamente, hasta que termina definitivamente su purificación. Esta manera de pensar y de concebir el alma, se ve expresada en muchas doctrinas con variantes distintas. En la actualidad es la doctrina fundamental del espiritismo kardecista.
El Judaísmo, el Islam y el Cristianismo no aceptan la reencarnación. Resulta irreconciliable e incompatible con la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento. Asimismo, tampoco se puede conjugar con la tesis católica sobre el alma, que sostiene que el alma es la forma sustancial del cuerpo, que le da el ser específico, y, por lo tanto, no puede llegar a ser la forma de otro cuerpo.
En nuestra fe no se da ese dualismo entre cuerpo y alma. Dios nos creó como hijos y nos hizo únicos e irrepetibles; cuerpo y alma son una unidad.
La resurrección consiste en la re-unión del alma individual con el cuerpo que animó a la persona cuando estaba en la vida terrena. Pero, ¡cuidado!; no se trata de que la persona resucita con la misma imagen corporal que tenía a los noventa años, a los cuarenta, a los tres o siendo aún un feto en la panza de su madre.
Creemos en que la persona resucita con su cuerpo revestido de gloria: síntesis de quien uno fue en vida. No es "esta carne" que puede ser destruida por el paso del tiempo, corrompida por los gusanos o quemada por el fuego; es "otra carne", nueva, resucitada.
La Iglesia, al hacer la afirmación de la resurrección de los cuerpos, se apoya fundamentalmente en la resurrección de Cristo, vencedor de la muerte; Él mismo tuvo que defender la doctrina de la resurrección ante los saduceos (cf Mt 22,23-33).
La resurrección de los muertos tendrá lugar al final de la historia, con la venida del Señor en la parusía. Así lo ha confesado la Iglesia en toda su historia, desde el símbolo Quiumque hasta el Credo del pueblo de Dios y el Catecismo de la Iglesia católica.
Según la fe de la Iglesia, resucitaremos con los mismos cuerpos que ahora tenemos, pero transfigurados en gloria: «Cristo resucitó con su propio cuerpo: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo" (Lc 24,39); pero él no volvió a una vida terrena. Del mismo modo, en él, "todos resucitarán con su propio cuerpo, que tienen ahora" (concilio de Letrán IV: DS 801), pero este cuerpo será "transfigurado en cuerpo de gloria" (Flp 3,21), en "cuerpo espiritual" (1Cor 15,44)» (Catecismo de la Iglesia católica 999).
San Agustín sostenía que nada era más rechazado por los paganos que la doctrina de la resurrección de los cuerpos, y respondía con las palabras de los padres de la Iglesia:
-Dios, que creó al hombre de la nada, tiene poder para resucitarlo: Él sabe cómo y de dónde resucitarlo.
-Dios puede resucitar nuestros cuerpos corrompidos, como es capaz de hacer milagros por encima de las leyes de la naturaleza.
Polemizar en torno a tesis y doctrinas puede resultar, casi, un debate estéril; pero me entusiasma pensar que, este espacio de diálogo y de encuentro de la Revista On Line, pueda servir para intercambiar ideas y comparar posturas acerca de un tema tan especial como este. No olvidemos que el ejercicio de pensar es una de las mejores gimnasias para entrenarse en el tema de la fe.