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Editorial SAN PABLO
 
Psicología

 

Quien siembra vientos recoge tempestades

Refranes y proverbios energizantes 10
Autor: Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
joacorocha05@yahoo.com.ar

Quien siembra vientos recoge tempestades (Anónimo)

Una de las conductas que más se observan en los vínculos actuales es el no hacerse responsable de los propios actos y poner la responsabilidad afuera, o sea, en los demás. El “tú me obligaste a hacerlo” o “soy así por tu culpa” son, entre otras muchas, frases prehechas que sirven para no afrontar los propios errores.

Cuando uno se hace responsable de lo que genera a través de sus actos, puede sentir confianza y seguridad, y prevenir cualquier tipo de conflicto y, si lo hubiere, encontrar una solución positiva.

La responsabilidad es la virtud o disposición habitual de asumir las consecuencias de las propias decisiones. Está sumamente ligada a la libertad, en tanto y en cuanto, las personas deben ser libres para ser dueñas de sus actos, capaces de tomar decisiones y de hacerse cargo de sus implicancias.

Responsable no se nace, se hace. De los propios comportamientos dependen la concreción de los grandes proyectos y la construcción de vínculos positivos. La valentía, para dar cuenta de los propios actos, y la humildad, para admitir el error y saber pedir perdón, constituyen las otras dos virtudes que acompañan a la responsabilidad y que deben practicarse continuamente.

Vivir en y con responsabilidad significa sembrar buenas semillas que proporcionarán buenas cosechas. De esta manera, se logra dejar de lado la queja. La persona que se queja pretende cambiar mágicamente las situaciones de las que no se hace responsable, provocando, así, el rechazo de su entorno. No le agrada la realidad que ella misma fomenta. Frente al conflicto, siempre es bueno preguntarse en qué se colaboro para que ello sucediera y responsabilizarse de la parte que le toca solucionar.

"Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra" (Anthony de Mello).

Quien hace puede equivocarse. Quien nada hace ya está equivocado (Anónimo).

Todas las personas, generalmente, temen a la crítica. Este temor puede llevarla a adoptar una posición conformista y de resignación ante la vida. El no hacer para no errar destruye cualquier iniciativa, afecta la imaginación, por ende, la creatividad y es un ataque contra la autoestima. Muchas veces, la crítica instala el miedo y el resentimiento, que es otro de los motivos para no emprender nada.

Varias personas han sido educadas en la autocrítica, pero no como la capacidad de distinguir los propios defectos y poder modificarlos, sino como una manera de desvalorizar los propios logros y siempre en vista de alcanzar la perfección.

Si la persona se autoevalúa, se sincera y entiende que del error se aprende podrá aceptar que ésta es una condición inherente a todo ser humano y que la autocrítica sólo le debe servir para mejorar día a día. 

Que la autocrítica sea buena o mala dependerá de la actitud propia con que se realiza. Cuando se efectúa con dureza, incita a bajar los brazos frente a cualquier empresa. Fingir que todo está bien es aún peor que lastimarse a sí mismo con una autocrítica negativa. Esta conducta origina experiencias negativas, una y otra vez, sin dejar enseñanza alguna. Freud lo llamaría “compulsión a la repetición”.

Al respecto, bien viene reflexionar íntimamente la Parábola de los Talentos, en Mateo 25, 14-30, donde Jesús expresa claramente que a cada uno le fue concedido capacidades, cualidades, aptitudes, para cultivar y usar. ¿Qué piensas hacer con los tuyos?

Dime de qué presumes y te diré de qué careces (Anónimo).

Nuevamente, debemos hacer referencia a la autoestima de las personas que suponen tener siempre la razón, integrando la muletilla “porque yo”, repetidas veces, en su discursos y explicaciones de hechos que ellas mismas protagonizan. Un “yo” que habla de necesidad de reconocimiento.

La baja autoestima, a menudo, se manifiesta de forma contraria a lo que se espera. Freud menciona ciertas características de las personas que ostentan una autoestima exagerada o inflada que denota, en más de una oportunidad, la carencia de ella. Son individuos, tanto hombres como mujeres, que siempre creen saberlo todo y que nadie puede superarlos. Son vanidosos y, en un caso extremo, adquieren un “narcisismo”, que no sólo comprende la belleza física, sino, además, lo que piensan y hacen. A estos ególatras y megalómanos les gusta que los elogien.

Viven escondidos de sí mismos y jamás se responsabilizan de sus propios errores y culpas. Al no ser honestos, consigo mismo, sobre quién y qué son, no pueden cambiar sus comportamientos, lo cual les impide caminar hacia la felicidad. Jamás podrán amar bien a otro, ya que no saben amarse a sí mismos.

“Amarás a tu prójimo”, sentenció Jesús imponiendo la condición de “como a ti mismo”. Si uno se nutre, protege, acepta, crece y prospera, también lo hará con el otro. Si se evita bucear en las profundidades de lo que realmente se es, sólo se verá la vida desde un cristal de la disconformidad y el autoengaño.

Aceptarse a uno mismo como uno es, con sus valores y sus deficiencias, es empezar a aceptar todo. Es abrirse, aunque se crea vulnerable, a una nueva manera de defenderse: lo que los demás piensen y digan de uno no nos afectará. Se dejará de ser un títere de las circunstancias.

Valórate por los que sos y serás reconocido como tal.

“Cuéntale a tu corazón / que existe siempre una razón / escondida en cada gesto./ Del derecho y del revés / uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto./ Nunca es triste la verdad / lo que no tiene es remedio (Joan Manuel Serrat).

 



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