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Recursos para reflexionar en vacaciones…
Sobre la búsqueda de Dios
Autor: Jorge A. Blanco
Departamento de Audiovisuales Editorial SAN PABLO
audiovisuales@san-pablo.com.ar

Toda nuestra vida es una búsqueda constante de Dios. Cada uno a su manera y de acuerdo con sus posibilidades y limitaciones, ansía e intenta conocer más profundamente y acercarse, día a día, cada vez más, a nuestro Creador. Gran parte de nuestras iniciativas personales, grupales, comunitarias, etc. persiguen ese objetivo.
 
Sin embargo, a menudo, en nuestro afán de lograrlo, podemos equivocar el camino que nos acerca y conduce al Padre. Por ello, nos puede ayudar el hecho de mirarnos y confrontarnos periódicamente en el espejo que nos ofrecen otros, como por ejemplo, la vida, historia y anécdotas de diversos santos y hombres de Dios. Uno de ellos, es san Simeón, el Estilista. Nacido aproximadamente en el año 400, en Cilicia, cerca de Tarso (la misma ciudad de origen de san Pablo), se lo recuerda como un piadoso monje, modelo de oración y penitencia cristiana. De su vida, se comenta una simpática leyenda, cuya versión recibí por correo electrónico y hoy me gustaría compartir con todos ustedes, para facilitar nuestra posterior reflexión personal y grupal sobre el tema:
 
Se cuenta que, cansado de que mucha gente se le acercara a pedir consejos y lo distrajera de su vida contemplativa, san Simeón el Estilista se ideó una particular manera de vivir: hizo levantar una columna sumamente alta en la plaza de su pueblo, y luego subió a ella para vivir en lo alto, lejos del mundo de los hombres.
 
La columna era muy elevada; sobresalía del techo de las casas y por encima de las agujas de la catedral. Sin embargo, san Simeón no se sentía cerca de Dios.
 
−¡Señor! −clamó en su angustia−. ¡Acércame a ti!
 
Fue así que, con esa plegaria, la columna se acortó un poco. Siguió pidiendo san Simeón que Dios lo acercara a él, y, conforme pedía eso, la columna se iba haciendo más y más corta, hasta que, un día, el santo se encontró al ras del suelo, junto a los hombres de los cuales había querido separarse.
 
Entonces, san Simeón aprendió algo:
Mientras más cerca está el hombre de su hermano, más cerca está de Dios.

Para la reflexión personal y grupal:
 
-Luego de leer el relato, podemos preguntarnos si conocemos a san Simeón. ¿Lo habíamos oído nombrar en alguna oportunidad? Recurramos a alguna fuente, como un santoral impreso, o busquemos información en Internet, para conocer más sobre su personalidad, su vida, la fecha en que la Iglesia lo celebra litúrgicamente, etc.
 
-Según el relato, ¿cuál era la motivación principal de san Simeón? ¿Qué lo motivó a decidir vivir en las alturas, de manera tan particular? ¿De quiénes quería alejarse y por qué?
 
-¿Cómo creemos que se sentía el santo una vez instalado allí?
 
-¿Cuál era su clamor ante el Señor? ¿Qué respuesta recibió de éste?
 
-¿Qué opinión nos merece el mensaje del relato? Analicemos la última frase desde lo personal y comunitario.
 
-¿Hemos experimentado, alguna vez, voluntaria o involuntariamente, una situación similar en lo personal, grupal, etc.?
 
-¿Cómo podemos equilibrar nuestra vida privada de fe y oración, sin perder la cercanía y la atención de las necesidades de nuestros hermanos? ¿Consideramos que ambas cuestiones son compatibles y concretables? ¿Solemos tener en cuenta a nuestro prójimo, a la hora de programar nuestras actividades grupales, parroquiales, comunitarias, etc.?
 
-¿Qué ideas e iniciativas nos pueden ayudar a acercarnos más a los demás, especialmente los más alejados del Señor?

Para profundizar la reflexión:
 
1. Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano (1Jn 4, 20-21).
 
La virtud teologal de la caridad, de la que hablamos en la catequesis anterior, se expresa en dos direcciones: hacia Dios y hacia el prójimo. En ambos aspectos, es fruto del dinamismo de la vida de la Trinidad en nuestro interior.
 
En efecto, la caridad tiene su fuente en el Padre, se revela plenamente en la Pascua del Hijo, crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella Dios nos hace partícipes de su mismo amor.
Quien ama de verdad con el amor de Dios, amará también al hermano como él lo ama. Aquí radica la gran novedad del cristianismo: no puede amar a Dios quien no ama a sus hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor.
 
2. La enseñanza de la Sagrada Escritura a este respecto es inequívoca. El amor a los semejantes es recomendado ya a los israelitas: “No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 18). Aunque este mandamiento, en un primer momento, parece restringido únicamente a los israelitas, progresivamente se entiende en sentido cada vez más amplio, incluyendo a los extranjeros que habitan en medio de ellos, como recuerdo de que Israel también fue extranjero en tierra de Egipto (cf. Lev 19, 34; Deut 10, 19).
 
En el Nuevo Testamento, este amor es ordenado en un sentido claramente universal: supone un concepto de prójimo que no tiene fronteras (cf. Lc 10, 29-37) y se extiende incluso a los enemigos (cf. Mt 5, 43-47). Es importante notar que el amor al prójimo se considera imitación y prolongación de la bondad misericordiosa del Padre celestial, que provee a las necesidades de todos y no hace distinción de personas (cf. Mt 5, 45). En cualquier caso, permanece vinculado al amor a Dios, pues los dos mandamientos del amor constituyen la síntesis y el culmen de la Ley y de los Profetas (cf. Mt 22, 40). Sólo quien practica ambos mandamientos, está cerca del Reino de Dios, como dice Jesús respondiendo al escriba que le había hecho la pregunta (cf. Mc 12, 28-34).
 
3. Siguiendo este itinerario, que vincula el amor al prójimo con el amor a Dios, y a ambos con la vida de Dios en nosotros, es fácil comprender por qué el Nuevo Testamento presenta el amor como fruto del Espíritu, es más, como el primero entre los muchos dones enumerados por san Pablo en la carta a los Gálatas: “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gál 5, 22-23).
El amor al prójimo tiene una connotación cristológica, dado que debe adecuarse al don que Cristo ha hecho de su vida: “En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 3, 16). Ese mandamiento, al tener como medida el amor de Cristo, puede llamarse “nuevo” y permite reconocer a los verdaderos discípulos: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 34-35). El significado cristológico del amor al prójimo resplandecerá en la segunda venida de Cristo. Entonces, se constatará que la medida para juzgar la adhesión a Cristo es precisamente el ejercicio diario y visible de la caridad hacia los hermanos más necesitados: “Tuve hambre y me dieron de comer...” (cf. Mt 25, 31-46).
 
Sólo quien se interesa por el prójimo y sus necesidades muestra concretamente su amor a Jesús. Si se cierra o permanece indiferente al “otro”, se cierra al Espíritu Santo, se olvida de Cristo y niega el amor universal del Padre.
(Juan Pablo II, Fragmento de la audiencia del 20 de octubre de 1999, en www.vatican.va)

Para rezar:
 
Al Amor de los amores
quise encontrar
y por todos los caminos
me puse a buscar.
 
Vi un mar abierto,
un atardecer,
una brisa suave,
que hablaban de él.
 
Crucé montañas y valles,
ríos y cascadas
y del amor de él,
todos recitaban.
 
Fui por los poblados,
crucé por las ciudades,
desiertos y selvas,
todos te alababan.
 
Aunque todo estaba
lleno de sus obras
al Amor de los amores
nadie me mostraba.
 
A la vera del camino
solo y triste me quedé
sin saber dónde buscarlo
a mi tierra regresé.
 
Observé todo de nuevo
y aunque todo conocía
todas mis huellas
parecían distintas.
 
Fue tan grande mi sorpresa
y tan inútil mi querer
al saber que me buscabas
y yo no te podía ver.
 
El Amor de los amores
me tomó como morada
cuando desaté los nudos
de mi vasija cerrada.
 
El Amor de los amores
hoy está en mí
cuando abro mis manos
y puedo servir.
 
Al Amor de los amores
lo encontré en mi interior
cuando al sufrimiento de mi pueblo
le entrego mi misión.

“La búsqueda de Dios”, P. Hernán Pérez Etchepare, ssp.

 



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