Cuando nos dejamos ayudar, acompaņar y querer, acariciamos una realidad más real de nosotros mismos y de nuestro entorno.
Bajo la protecciķn de una descomunal sombrilla colorada, una seņora con malla enteriza, anteojos oscurísimos y revista en mano aprecia el paisaje marítimo: barcos pesqueros en el horizonte, aventureros en lancha y porfiados nadadores muy adentrados en el mar, una orilla salpicada por diversos grupos humanos chapoteando y, en la arena seca, amantes del astro mayor recargando las provisiones de vitamina D (que se obtiene en mayor medida durante la exposiciķn solar).
Si bien la vista es peculiar, la seņora se aburre. Se le acerca la vecina de la sombrilla amarilla preguntando por un poco de azúcar para los mates. La seņora sacude la cabeza. Pasan unos minutos se aburre. Aparece una familia buscando su espacio en el terreno arenoso. Un niņo, de aproximadamente tres aņos la mira y le sonríe. La seņora se sorprende, y un poco intimidada, se refugia frenéticamente en la revista que antes hojeķ. La familia no encuentra lugar. La seņora, tras leer varios títulos ya leídos y ver fotos ya vistas, se aburre.
Como lo hizo ayer a las siete de la tarde, la seņora acomoda sus revistas, una botella de agua y la mitad de un paquete de galletas de salvado en una canasta. Sacude los granitos de arena alojados en su esterilla y cuando intenta guardar la sombrilla colorada, esta se atasca, muy bien no sé con qué (yo fui testigo de la situaciķn a una decena de sombrillas a la izquierda). Con delicadeza al principio, y cada vez con mayor arrogancia intenta destrabar la sombrilla, lo que resulta una misiķn imposible para sus frágiles manos. Un chico abandona su jugada de tejo para ayudarla. La seņora pone cara de yo no te pedí que me ayudaras, y espanta al primero de los cuatro voluntarios que le tienden una mano.
El resultado del combate cuerpo a cuerpo es una solitaria sombrilla colorada en medio de una playa desierta y oscura. (Pasķ lo siguiente: después de frustrados intentos, la seņora de la sombrilla colorada se quedķ junto a ella hasta el atardacer. Y ni bien cayķ el sol, se fue sin mirar su sombrilla, abandonada, no por falta de voluntarios altruistas, sino por su inquebrantable obstinaciķn). Así los volados colorados de la sombrilla, enrulados por el soplo saborizado del aire de mar, se fueron llenando de sal bajo la mirada inmutable de las estrellas.
Esta escena playera me llevķ pensar en actitudes que veo a diario, semejantes a las de la seņora. ŋEn funciķn de qué tanta distancia, seņora, por qué tanta autosuficiencia cancerígena? Las mujeres y hombres del siglo XXI estamos atrapados en la red del individualismo y, aunque podamos, no nos queremos destrabar. ŋCķmo saldremos de la soledad y el aburrimiento si rechazamos las ventanas de afecto que se nos abren continuamente?. Eso es no querer ver y entender, primero, que lo que llega no es tan perfecto como lo que esperábamos; segundo, que es necesario y reparador dejarnos abrazar por el afecto, la ayuda y la sola presencia de los demás. Menos omnipotencia falsa y más vulnerabilidadad, que implica una profunda sinceridad con uno mismo y con los demás.
La confianza es una entrega completa, sin máscaras, en la que aceptás que no todo depende de vos. La desconfianza va de la mano del prejuicio imperante en la sociedad, que nos estanca en la idea de autosuficiencia y éxito personal. En cuestiones de vulnerabilidad, ser inseguro, indeciso, vacilante no es la meta. Tampoco el sentirnos indefensos o desamparados. Tal vez lo más sano sea volvernos vulnerables ofreciendo nuestro costado sensible, endeble y altamente necesitado de complementaciķn. Todo sea para no dejar abandonadas sombrillas coloradas y otros tantos objetos, actividades y proyectos coloridos que podríamos continuar acompaņados.
Una manito en el fondo del Mar Autor: Liana Castello
En un lugar hermoso en el fondo del mar, vive una colonia de animalitos de todas formas, colores y tamaņos. Entre los habitantes de esta colonia están: Confusa, la medusa (se llama así porque es muy despistada y todo lo confunde y olvida); las estrellas de mar (que no iluminan, pero son bonitas igual)...
Aparecida: Un colosal fenķmeno informático Autor: Benito Spoletini, ssp
Cuando pienso en Aparecida, y lo que era hasta hace unos dos o tres aņos, se me viene a la mente Belén, la aldea donde naciķ Jesús. Con alguna diferencia. A la fama de Aparecida, fuera de Brasil ha contribuido un fenķmeno mediático mejor: informático de proporciones colosales, mientras que a Belén le bastķ una procesiķn de ángeles que comunicaron su mensaje de paz a poca gente.
Cuentos para pensar IV: vivir es fácil (!) Autor: Hernán Traverso
ŋConocen la frase: Vivir es fácil? Vivir es fácil, lo que pasa que después te la complican. Porque: ŋqué es vivir? ŋRespirar? Respirar es fácil. Mirá si será sencillo que es lo primero que uno hace al nacer. ŋY dormir? ŋNo es fácil también? ŋY comer? Vivir es fácil, lo que pasa que después te la complican.