Actualidad

Una Navidad más: ¿otra Navidad más?
Autor: Oscar Campana
Director de la revista Vida Pastoral
oscarcamapana@fibertel.com.ar

Opiniones sobre la Navidad actual

El lugar es común, la discusión es eterna: la sociedad occidental contemporánea ha banalizado la Navidad, reduciéndola a una serie de eventos (sociales, comerciales, pirotécnicos, gastronómicos, etílicos...), lo que hace, entonces, que haya perdido su sentido "religioso". Ya nadie sabe qué se festeja ni porqué. Bueno, sí: quizás todos recuerden que ese día nació Jesucristo, y lo que va de suyo: María y José, pesebre, pastores, Herodes, reyes... Pero de ahí a rememorar el significado profundo de la fiesta, eso ya es otra cosa... Conclusión: la Navidad, así tal cuál hoy se celebra, ha dejado de ser una fiesta "cristiana" y se acerca más al paganismo del "sol invicto" que a la fe de las iglesias. ¿Quién no escuchó alguna vez esta queja?

Otras voces opinan de otro modo. Sin desmentir lo de la banalización mercantilista de la fiesta, creen que sigue siendo un valor a rescatar el que aún se festeje la Navidad y que en esa celebración acontezcan cosas como el encuentro y el reencuentro de las familias, el deseo de felicidad y de paz –casi siempre sincero–, cierta referencia implícita a la cercanía y misericordia de Dios. Se trataría entonces, en este caso, de rescatar y valorar este "piso" de sentido para construir o reconstruir pastoralmente desde allí.

¿Realmente es tan distinta la Navidad en nuestros días que en la época de nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos y hasta donde queramos llegar? Sin lugar a dudas, las cosas han cambiado, pero no tanto como para vivir peleados con los tiempos que nos tocan vivir. Creo, personalmente, que solemos idealizar pasados no tan lejanos de los que nuestro presente está más cerca de lo que nuestros discursos muchas veces reflejan.

Cristianización de lo pagano

A lo largo de los siglos, la Navidad fue sumando símbolos en su representación y festejos, al punto que podemos decir que estamos frente a la fiesta cristiana que más elementos del paganismo resignificó. El "sol invicto" y su vinculación a Mitra, la divinidad persa; las festividades romanas dedicadas a Saturno; el "árbol" procedente de los celtas... Casi no hay tradición religiosa y cultural que no haya sido reconfigurada por la Navidad cristiana. La gran recreación de la Navidad llegó con san Francisco de Asís y su invención del pesebre, en el siglo XIII, legándonos la "foto" más célebre de la fiesta: la gruta, María, José, el Jesús bebé y los animales.

Muchas veces he escuchado despotricar a tantos cristianos, enojados con el arbolito de Navidad: "¡Eso es pagano! ¡Lo cristiano es el pesebre!". La realidad es que la tradición del "abeto", reminiscencia de antiguos cultos de la fertilidad, nos llega también de manos cristianas. Es que aunque a muchos no les guste la expresión, ha sido el cristianismo una de las religiones más sincréticas de la historia, capaz de fagocitar las más diversas tradiciones filosóficas y religiosas que encontró a su paso. Esto constituye uno de los hechos de sus extendida vigencia en Occidente. Y quizás haya sido la pérdida de su dinamismo sincrético en los últimos siglos uno de los motivos de cierto repliegue histórico. Pero esto será tema para otro artículo...

La fiesta humana

Volviendo a lo nuestro, a diferencia de otras fiestas "religiosas" la Navidad está repleta de aconteceres en los que nos reconocemos. En general, no forma parte de nuestra experiencia ver gente morir en la cruz, aunque la cruz, como metáfora del sufrimiento humano, nos diga muchísimo. De una forma absoluta, no tenemos experiencia de la resurrección, tan sólo de la fe de la Iglesia en ella. Pero todos tenemos la experiencia del nacer, propio y ajeno; la experiencia de la maternidad/paternidad y de la filiación, cualquiera sea su forma y su desarrollo; la experiencia de la precariedad y la incertidumbre, sobre todo si se es pobre. La Navidad, en cada gesto, símbolo y relato, habla de nuestra vida, es la fiesta de lo humano por excelencia: es nuestra fiesta, en la que no sólo la fe nos dice cosas, sino que nos dice a nosotros mismos.

Quizás por todo eso sea la fiesta más popular del cristianismo. Y aunque a veces nos parezca muy "pagano" y superficial mucho de lo que con la excusa de la Navidad se lleva a cabo, no está mal que celebremos y nos celebremos en ella. Quizá los cristianos debamos estar siempre recordando ese sentido profundo del cual antes hablábamos como aparentemente olvidado, pero esto no puede hacerse, me parece, enojándose contra la cultura actual, sino como propuesta y memoria.

¿Qué celebramos, entonces?

Esa memoria, entonces, de la que las iglesias son portadoras debe ser ahondada en su sentido humano para descubrir precisamente en él el carácter salvífico que confesamos de la Navidad.

Ese día, debemos recordarles a todos que hubo una noche que cambió la historia. Nadie lo supo en ese momento. Llegó en el silencio y la humildad de un pesebre. La ternura, candidez y cercanía de Dios reposaban sobre el regazo de una joven mujer desbordada por el Misterio. En la fragilidad de esa vida Dios hacía su apuesta por todos nosotros. Belén era de pronto el centro del universo y el gozo del niño-Dios era celebrado por un cielo inundado de amor por los hombres.

Recordar que cada año celebramos también nosotros ese amor, dejando que nuestros corazones se transformen en un pesebre en el que Dios vuelve a nacer para todos, renovando así su apuesta por la humanidad, sólo que invitándonos a participar de ella.

Y recordar, por fin, que en medio de este mundo a veces tan cruel, hay quienes siguen renovando la apuesta del amor y del encuentro que Dios inauguró una noche en un pesebre. Será como encender una lucecita, quizás débil y frágil, que diga que la vida aún tiene sentido. Y que diga que otro mundo es posible porque Dios, que conoce hasta el fondo de nuestros corazones, y por paradójico que parezca, tiene fe en nosotros.

 



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