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Editorial SAN PABLO
 
Mes de la Biblia

 

¿Cuántos libros tiene la Biblia?
Autor: Ariel Álvarez Valdés
Teólogo

Problema cristiano, raíces judías

La Biblia no es un libro, como algunos creen, sino una biblioteca. Está compuesta por 73 libros, algunos de los cuales son bastante extensos (como el del profeta Isaías que tiene 66 capítulos), y otros muy breves (como el del profeta Abdías que no llega a tener capítulos sino tan sólo 21 versículos). El más corto de todos sus escritos es la 3ª carta de san Juan, con apenas 13 versículos.

Estos libros están repartidos de manera tal que al Antiguo Testamento corresponden 46 y al Nuevo Testamento 27.

De vez en cuando suele caer en nuestra mano alguna Biblia que llamamos "protestante", y nos llevamos la sorpresa de que le faltan 7 obras, es decir, que contiene sólo 66 libros.

Este vacío se encuentra en el Antiguo Testamento, y los libros que faltan pueden distribuirse de la siguiente manera: 4 libros llamados históricos (Tobías, Judit, 1º de los Macabeos, y 2º de los Macabeos), 2 libros llamados sapienciales (Sabiduría y Eclesiástico), y uno profético (el de Baruc).

¿Cuál es el origen de esta diferencia entre Biblias "católicas" y "protestantes"?

El Antiguo Testamento palestino

En el siglo I de la era cristiana, los judíos (que tan sólo aceptaban, como es lógico, el Antiguo Testamento), aún no habían definido la lista completa de sus escritos; es decir, no habían clausurado la Biblia. Seguía abierta la posibilidad de que aparecieran nuevos libros a engrosar las Sagradas Escrituras.

Pero desde hacía ya varios siglos, especialmente a partir de la destrucción de Jerusalén en el s. VI a.C. y de la desaparición del estado judío libre, se venía acentuando en las autoridades religiosas la preocupación por asegurar la conservación de la fe en el pueblo; para ello, se dieron cuenta de que era necesario fijar oficialmente la lista de las obras en las que se reconocía esa fe del pueblo de Israel. Porque si bien los libros que circulaban entre los círculos religiosos contenían sin duda ideas teológicas correctas, también había otras que parecían dudosas e incluso francamente peligrosas.

En la práctica, pues, se fueron imponiendo algunos libros que eran de indudable inspiración divina, y fueron aceptados como Escrituras Sagradas. A este conjunto de libros oficiales, que la comunidad judía reconoció como inspirados y que contenía la doctrina auténtica, es al que hoy damos el nombre de "canon" (= palabra que significa "norma", "regla"), ya que refleja la regla de vida con la que deben guiarse quienes creen en ellos.

Los libros que fueron rechazados, con el tiempo recibieron el nombre de "apócrifos" (= que significa "ocultos") porque al ser de doctrina dudosa se los consideraba "de origen oculto".

En el primer siglo de nuestra era, la comunidad judía de Palestina había llegado a reconocer en la práctica 39 libros como sagrados.

La Setenta

Simultáneamente en esa época vivía en Alejandría, ciudad egipcia sobre la costa mediterránea, una importante colonia judía. Era la más numerosa fuera de Palestina, ya que contaba con más de 100.000 israelitas. Como estos judíos de Alejandría no entendían ya la lengua hebrea, en el siglo III a.C. habían hecho traducir la Biblia (o sea, el Antiguo Testamento) a la lengua que ellos hablaban, es decir, el griego, y en la liturgia de sus sinagogas empleaban esta versión. La llamaban "La Setenta", porque según una vieja tradición, había sido hecha casi milagrosamente por 70 sabios.

Pero esta versión de La Setenta tenía una particularidad: además de los 39 libros que habían traducido del canon hebreo, había agregado algunos otros textos, algunos también traducidos del hebreo, y otros surgidos directamente en griego.

Los judíos de Palestina nunca vieron con buenos ojos estas diferencias de sus hermanos alejandrinos, y rechazaban aquellas novedades.

Desde antiguo hubo, por lo tanto, dos listas o "cánones" ligeramente distintos de las "Escrituras": el palestinense y el alejandrino.

En atención al destinatario

Los primeros cristianos, que habían oído decir a Jesús que él no había venido a suprimir el Antiguo Testamento sino a plenificarlo y completarlo (Mt 5, 17), reconocieron también como parte de sus Biblias los libros que usaban los judíos. Pero inmediatamente se vieron en dificultades. ¿Debían usar el canon breve de Palestina o el canon largo de Alejandría?

Frente a este problema los cristianos, que se hallaban extendidos a lo largo de todo el Imperio Romano, y que no sabían hablar el hebreo puesto que el idioma común en todo el Cercano Oriente desde hacía trescientos años era el griego, se decidieron por la versión griega.

Por lo tanto, al usar la versión de La Setenta de la Biblia, aceptaron también otros 7 libros que venían incluidos en ese canon más largo.

Para no ser confundidos

Cuando en el transcurso del siglo II los judíos vieron que los cristianos también habían aceptado y utilizaban el Antiguo Testamento como parte de sus Biblias, resolvieron clausurar ellos definitivamente su canon. Y como reacción contra los cristianos, prefirieron el canon más corto, es decir, el de Palestina.

Fijaron así su Biblia (el Antiguo Testamento) en 39 libros. Y hasta el día de hoy el pueblo hebreo conserva como Escritura Sagrada los 39 escritos que integraban el antiguo canon de Palestina.

En las comunidades cristianas, en cambio, y sin que la Iglesia resolviera nada oficialmente, con el correr de los siglos se fue imponiendo en la práctica más bien el uso de los 46 libros.

De cuando en cuando se alzaban algunas voces discordantes dentro de la Iglesia que querían tener sólo los 39 escritos aceptados por los judíos. Entre quienes propugnaban por el canon más corto estaban san Cirilo de Jerusalén (s. IV), san Epifanio (s. V), san Gregorio Magno (s. VII), y ya en épocas modernas el cardenal Cayetano.

La mecha que encendió Lucero

Cuando en el siglo XVI Martín Lutero inició el cisma protestante y se separó de la Iglesia Católica, entre los cambios que introdujo para su nueva iglesia estuvo el de volver al canon breve, contrariamente a la tradición quince veces centenaria que venía manteniendo la Iglesia.

Le fastidiaban sobremanera al reformador estos 7 libros de más, que por otra parte estaban escritos en lengua griega, y no en hebreo, considerado la única lengua religiosa por los judíos.

Ante esta situación, los Obispos de todo el mundo se reunieron en el famoso Concilio de Trento. Fue el más largo de la historia de la Iglesia, ya que duró 18 años (desde 1545 a 1563), y todo él estuvo abocado a puntualizar y precisar la doctrina católica que en algunos aspectos, como en el bíblico, no había sido definida. Y el día 8 de abril de 1546 mediante el decreto "De Canonicis Scripturis", fijó definitivamente el canon de las Escrituras en 46 libros para el Antiguo Testamento, es decir, incluyeron definitivamente los 7 libros proscriptos por los protestantes.

Un nombre difícil

Desde entonces, las iglesias llamadas "protestantes" y las sectas nacidas de ellas han caminado en la historia con esta laguna.

Para los católicos, pues, el Antiguo Testamento consta de 46 libros, 39 escritos en hebreo, y 7 en griego.

A estos últimos, por haber sido objeto de disputas, y teniendo en cuenta que ingresaron en la lista oficial sólo tardíamente, se les dio el nombre de "deuterocanónicos" (del griego "deuteros" = segundo), para significar que pasaron en un segundo momento a formar parte del canon.

En cambio los primeros, no habiendo estado nunca en discusión, son llamados "protocanónicos" (del griego "protos" = primero) ya que desde el primer momento integraron el canon.

Gracias a los modernos descubrimientos arqueológicos, entre ellos los de Qumrán, ha quedado confirmado que no todos los libros deuterocanónicos fueron originalmente escritos en griego. Conocemos por ejemplo que el libro de Tobías estuvo compuesto anteriormente en arameo, mientras que los de Judit, Baruc, Eclesiástico y 1 Macabeos lo fueron en hebreo. Solamente de 2 Macabeos y Sabiduría puede decirse que fueron redactados en griego.

La tan ansiada unidad

Desde que Lutero tradujo su Biblia al alemán en 1534 y segregó a los deuterocanónicos del elenco oficial de la Biblia, las iglesias protestantes adoptaron igual medida.

Sin embargo en los últimos años hay síntomas de un retorno a una actitud más moderada para con estos escritos, que ellos prefieren llamar "apócrifos". En efecto, han ido comprendiendo que ciertas doctrinas bíblicas (como la resurrección de los muertos, el tema de los ángeles, el concepto de retribución, la noción de purgatorio), empiezan a aparecer ya en estos 7 libros tardíos. Suprimiéndolos, se quita un eslabón precioso en la progresividad y unidad de la revelación, y se da un salto muy abrupto hacia el Nuevo Testamento. Por este motivo, se ven ya algunas Biblias protestantes que al final, aunque con un valor secundario, incluyen los 7 libros faltantes.

Quiera Dios que llegue pronto el día en que den un paso más y los acepten definitivamente con la importancia propia de la Palabra de Dios, para poder volver a la unidad que un día perdimos.

 


*Ariel Álvarez Valdés nació en Santiago del Estero (Argentina) en 1957. Ordenado sacerdote en 1984. Es licenciado en Teología Bíblica por la Facultad Franciscana de Jerusalén, con la máxima distinción de "Summa cum laude".

Miembro de la Asociación Bíblica Italiana. Actualmente se desempeña como profesor de Sagrada Escritura en varios seminarios del país.


(En ¿Qué sabemos de la Biblia? Antiguo Testamento. P. Ariel Álvarez Valdés. San Pablo Argentina)



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