Una palabra de esperanza frente a la pobreza social
En la heterogénea y multicultural América Latina se pueden encontrar espinas que desangran las tímidas ilusiones latinoamericanas; bellos rosales que brindan renovadas e “ insurgentes “ esperanzas de vida al continente; y millones de cristianos que cotidianamente trabajan por la construcción de sociedades mas justas, igualitarias y solidarias.
Por los ríos que recorren todo el continente latinoamericano, fluye un dolor que conecta a todos los países, dejando en cada uno de ellos una dosis de angustia que incrusta sus vidas, y provoca inundaciones de desazón y desesperanza.
En efecto, con diferentes matices, en las distintas naciones latinoamericanas se puede hallar el mismo sombrío panorama. Por sus calles, es habitual encontrar niños y niñas, extraviados y sin rumbo, que mendigan por un trozo de pan, o por sobras de comidas, para acallar el crujir de sus estómagos. Por su parte, en muchos casos, los padres y madres de estos chicos y chicas, son millones de personas que están excluidos del mercado laboral, con una posibilidad mas remota que lejana de volver a tener un trabajo digno; o, por el contrario, son seres que trabajan –como comen– en forma salteada y precaria, y reciben como pago unas pocas monedas que rara vez les alcanza para vivir decorosamente.
Todos ellos, padres y madres, hijos e hijas, en el mejor de los casos, y cuando la suerte los acompaña, viven amontonados en los barrios mas humildes y periféricos de las grandes ciudades latinoamericanas, compartiendo sus pesares –para intentar hacerlos mas livianos–, y sus alegrías –que aunque pequeñas y, en muchas ocasiones fugaces, hace que en su alma exista una llama de vida.
De vez en cuando, también ocurre que algún país latinoamericano es recorrido por una brisa de esperanza e ilusión, que contagia al resto de las naciones, y hace que los latinoamericanos, los que siempre estuvieron en la cola del reparto de las riquezas, piensen que, de una vez y para siempre, podrán hacerle una gambeta a la desilusión y conquistar para ellos el bienestar tan anhelado y merecido.
Los ‘60: años de profundos cambios políticos y religiosos
En forma paralela al surgimiento del neoliberalismo como sistema hegemónico mundial, en la década del ’60 del siglo pasado nace, en el seno de la Iglesia Católica Latinoamericana, un movimiento teológico que pugna por la liberación integral del pueblo en general, y de los mas pobres en particular.
A partir de la década del ´60 del siglo pasado, el mundo en general, y América Latina en particular, fue escenario de profundos cambios políticos y religiosos que todavía hoy en día tienen consecuencias.
Por un lado, en la esfera política, puede decirse que los Estados grandes y poderosos que existían en la región en ese entonces, llamados de Bienestar o Benefactores, que aseguraban que la mayoría de la población tenga acceso a los servicios de salud, educación, transporte, seguridad social, etc., e intervenían asumiendo directamente la realización de las actividades productivas, protegiendo el desarrollo de la industria local, etc., entraron en crisis principalmente debido a que, por un lado, los Estados se habían tornado gigantescos, burocráticos, y en muchos casos ineficaces; y, por otro lado, había comenzado a descender la tasa de ganancia de los grandes capitalistas, y les resultaba cada vez mas difícil, y costoso, mantener los altos salarios que cobraban los trabajadores.
Como respuesta a la crisis planteada surgió la doctrina neoliberal, que comenzó a ganar terreno en la década del ´70, hasta que en la década del ´80 se convirtió en un sistema hegemónico a nivel continental y mundial. En líneas generales puede decirse que el neoliberalismo, que no es una ideología nueva, ya que sus puntos de referencia son los padres del liberalismo clásico, tuvo como propósito principal la "desestructuración" del Estado, y la privatización de todas las empresas que se encontraban bajo su órbita, las cuales desde ese entonces pasaron a estar en manos privadas.
Así mismo, en este contexto de cambios políticos y sociales, y en el seno de la Iglesia Católica de América Latina, se produjo un acercamiento del cristianismo hacia los sectores mas pobres del continente, los que nada tienen, mas allá de su hiriente desesperanza, y su tímida ilusión. Es por esta época que nace en el continente un movimiento teológico que pugna por la liberación integral -económica, cultural, social y espiritual- de aquellas personas que se encuentran sumergidas en una situación de dominación estructural.
En este sentido, una y otra vez, en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano llevadas a cabo en Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), se insta a los cristianos a realizar una opción preferencial por los pobres, en quienes se descubre el rostro del Cristo que, siendo rico, fue el mas pobre entre los pobres, y con su vestimenta de harapos logró propagar por la tierra la Buena Nueva del Reino del Señor y, también, sembró Su Mensaje de amor al prójimo, solidaridad con los mas necesitados y justicia social para los oprimidos.
En efecto, en todas estas conferencias, partiendo del Evangelio, los obispos latinoamericanos hablan de las frustraciones de los hombres latinoamericanos. De esta manera, se plantea que “... el creciente empobrecimiento en el que están sumidos millones de hermanos nuestros, hasta llegar a intolerables extremos de miseria, es el mas devastador y humillante flagelo que vive América Latino y el Caribe... La política de corte neoliberal que predomina hoy en América Latina y el Caribe profundiza aún mas las consecuencias negativas de estos mecanismos...” (Sto. Domingo, 179).
Ahora bien, además de describir la situación latinoamericana, los obispos en su conjunto avanzaron un paso mas, e hicieron un llamado de atención hacia las personas que mayores riquezas tienen, advirtiéndoles que “ ... si retienen celosamente sus privilegios y, sobre todo, si los defienden empleando ellos mismos medios violentos, se hacen responsables ante la historia de provocar “las revoluciones explosivas de la desesperación”. De su actitud depende, pues, en gran parte el porvenir pacífico de los países de América Latina ...” (Medellín, Paz, 17).