Nota de Color

En el nombre de Dios

A lo largo de la historia, se ha usado el santo nombre de Dios en vano para cometer terribles atrocidades y horribles crímenes. Escudados detrás del nombre de Dios, numerosos personajes funestos atropellaron los derechos humanos, edificaron sistemas de opresión y justificaron actitudes espantosas. Sin embargo, aunque mucha gente cayó en la trampa y creyó en ellos, también muchos, aun en sus fueros más íntimos, sabían que el nombre de Dios era usado como pantalla y, de ninguna manera, el Dios de la vida podía avalar esas tropelías.

 

El segundo mandamiento de la ley de Moisés, hace más de cinco mil años, ya advertía "no tomar el santo nombre de Dios en vano". No poner a Dios de testigo de cuestiones impropias; no manipular a Dios según nuestro propio gusto y placer; no jurar por el nombre del Señor.

 

¿Y en la actualidad? La misma situación sigue dándose en el hombre de hoy; por algo fue advertido hace tanto tiempo en el Monte Sinaí. Para abordar el tema se me ocurrió imaginar una historia y proponérsela a usted, como forma de provocar la reflexión. Obviamente no abarca todas las posibilidades que plantea meditar este mandamiento, pero es un punto de partida. Quedo a la espera de sus comentarios.

 

El doctor Jorge Alberto Rivadeneire, abogado, gozaba de buena reputación en el ambiente social en el que desarrollaba su actividad; sin embargo su círculo íntimo conocía otra cara de su personalidad.

 

Su moral no era muy estricta y no tenía escrúpulos para aceptar trabajos sucios, coimas y sobornos. Nada grande, es verdad, pero sí una cadena interminable de pequeños eslabones de corrupción.

 

Con más de veinte años de profesión, lo convencieron para aceptar un cargo público en el gobierno. No fue difícil lograr que aceptara porque detrás de la careta hipócrita que mostraba un supuesto interés por la actividad que iba a desarrollar desde ese puesto de importancia, el doctor Rivadeneira ocultaba intereses personales que iba a conseguir merced a las influencias que le otorgaba esa nueva posibilidad.

 

La ceremonia de asunción se organizó muy especialmente teniendo en cuenta todos los elementos del protocolo que merecía la situación. Los familiares y los amigos participaron activamente en  los preparativos y alguno recordó la colación de grado cuando obtuvo el diploma de abogado.

 

Su cuñado, con ácida ironía mencionó el juramento aquel, relacionándolo con este nuevo compromiso.

 

-Esperemos que seas más honesto con la palabra dada en el juramento de funcionario que lo que fuiste con el de abogado... ¡Brindo por eso!

 

-Faltan tres días para la ceremonia, nada de brindis. Guardá los brindis para la fiesta, y espero que sean pocos para que llegues sobrio a la medianoche.

 

-Ebrio o dormido, a mi no me engañás.

 

Y llegó el momento esperado. Algunos funcionarios habían elegido jurar por la patria, otros por Dios y la patria y otros según las fórmulas propias más adecuadas a sus creencias y convicciones.

 

Jorge Alberto Rivadeneire optó por la forma más completa. Con voz clara y firme, apoyó su mano izquierda sobre los santos evangelios, su mano derecha en el corazón, y dijo:

 

-Juro por Dios y estos santos evangelios cumplir y hacer cumplir la Constitución Nacional, con sobriedad, honestidad y verdad. Si así no lo hiciere, que Dios y la Patria me lo demanden.

 

Se hizo la fiesta posterior; su cuñado deslizó algún comentario y todo transcurrió en la más absoluta normalidad.

 

Pasaron las primeras semanas y en los meses subsiguientes el nuevo funcionario se afianzó en su puesto y, con tremenda impunidad protagonizó cuanto negociado pasó por su escritorio. Pero la impunidad encontró su límite en algunos damnificados que confiaron en que una denuncia era posible.

 

Cierto es que hubo que esperar, pero llegó el momento de una nueva "ceremonia".

Dios, aún no se había puesto a demandar pero la patria sí; fue a través de un grupo de ciudadanos y su reclamo en la Justicia. En su celda tuvo muchos años por delante para pensar que hay expresiones que no pueden decirse sin pensar en las consecuencias. Y, casualmente, su compañero de encierro tenía puesto un cartel, junto al espejo del lavatorio, que todos los días le recordaba "No tomar el santo nombre de Dios en vano".

 



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