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Estamos en este mundo para aprender a amar en la escuela de Jesús. Y aprender a amar resulta muy sencillo: es saber dar gratuitamente y saber recibir gratuitamente. Sin embargo, a nosotros, a quienes el pecado nos ha vuelto bastante complicados, una cosa tan simple como ésta nos resulta muy difícil.
En nosotros no es algo natural dar gratuitamente: tenemos una fuerte tendencia a dar para recibir a cambio. La entrega de nosotros mismos está motivada siempre, en mayor o menor medida, por la espera de una gratificación. El evangelio nos invita a superar dicha limitación para practicar un amor tan puro y desinteresado como el de Dios, que es libre porque puede existir y prolongarse en el tiempo sin estar condicionado por la respuesta o los méritos de aquel a quien se dirige: Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.
Tampoco resulta fácil recibir gratuitamente. A todos nos encanta recibir algo cuando lo consideramos una recompensa a nuestros méritos. Pero recibir gratuitamente también significa confiar en quien da y tener el corazón abierto y disponible para acoger. ¡También acoger es ser libre! Recibir gratuitamente requiere mucha humildad. No podemos recibir gratuitamente si no reconocemos y aceptamos que somos pobres, algo contra lo cual nuestro orgullo se rebela. Somos capaces de reivindicar y de exigir, pero pocas veces de acoger.
Pecamos por no ser agradecidos cada vez que, en nuestra relación con Dios o con los demás, el bien que hacemos se convierte en un pretexto para reivindicar un derecho o para exigir reconocimiento o compensación de la otra parte; o también
–aunque de manera más sutil- cada vez que, a causa de tal limitación o error de nuestra parte, tenemos miedo a no recibir amor, como si el amor tuviera que merecerse o pagarse. El evangelio trata por todos los medios terminar con esta lógica13. Aunque nos cuesta reconocer este hecho (que crea en nosotros una tremenda inseguridad), resulta vital, porque jamás encontraremos la felicidad si permanecemos en una lógica de regateos, de derechos y deberes: una lógica que puede tener razón de ser en nuestra sociedad terrena, pero que poco a poco debemos ir superando para penetrar en la del amor.
Aprender a dar y a recibir gratuitamente requiere una reeducación larga y laboriosa de nuestra psicología, que no se encuentra “estructurada” para aceptarlo, sino que lleva varios milenios condicionada por la necesidad de luchar para sobrevivir.
Se podría decir que la irrupción de la revelación divina y del evangelio en el mundo es como un fermento evolutivo que tiene como fin “modificar” nuestro psiquismo hacia una lógica de gratuidad que será la del Reino, porque es la del amor. Se trata de un proceso de divinización, pues su fin consiste en llegar a amar a Dios como Dios ama: Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo. ¡Una divinización que es verdadera humanización! Esta maravillosa y liberadora evolución requiere de la cooperación de nuestra libertad y sólo se puede producir mediante dolorosas refundiciones de la psiquis, que muchas veces es vivida como un auténtico duelo. No se puede llegar a una nueva manera de ser más que a costa de la “muerte” –algo así como una agonía– de muchas de nuestras conductas naturales. Pero, una vez franqueada la “puerta estrecha” de esta conversión de nuestra mentalidad, penetramos en un universo espléndido: el del Reino, el mundo donde el amor es la única ley, un paraíso de gratuidad en el que el amor se intercambia sin límites y se da y se recibe sin restricciones; en donde no existen los “derechos” ni los “deberes”, ni nada que defender o conquistar; donde no hay oposición entre “lo tuyo” y “lo mío”; donde el corazón se ensancha hasta el infinito. En este mundo nuevo reina el amor, un amor tremendamente exigente (porque lo pide todo: mientras no se ama totalmente, no se ama verdaderamente), pero totalmente libre, pues no tiene otra ley que él mismo.
De Jacques Phiplippe, La Libertad interior, Buenos Aires, SAN PABLO, 2005, págs. 144-147.
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