Encarar el tema de la muerte es una de las preocupaciones más fuertes de las personas. Algunos lo ignoran, otros se lo plantean sólo en ocasiones puntuales, y la mayoría trata de evitarlo.
La realidad nos indica que, mucha gente, dedica el día de la conmemoración de los fieles difuntos para rezar por ellos: seres queridos y cercanos, o muertos desconocidos a quienes se les regala una oración.
Ahora bien, ¿es necesario rezar por los muertos?
Cientos de veces hemos escuchado decir que tenemos que rezar por las almas del purgatorio; de esa manera, lograremos que la culpa por sus pecados se reduzca y participen más rápido y plenamente de la gloria de Dios. ¿Qué imagen y qué idea de Dios y de la muerte esconde este concepto? Pareciera que quienes instalaron ese pensamiento (que, seguramente, se hizo con la buena intención de conectarse piadosamente con el más allá) creen que la salvación de un difunto, que está en el purgatorio, se puede "comprar" con oraciones; que la misericordia y el amor de Dios se van a predisponer mejor merced a nuestros ruegos.
Asimismo, ese concepto supone que se puede "modificar algo" en la vida del muerto para que termine sus padecimientos y pase a gozar de la casa del Padre. Sin embargo, el difunto ya pasó por la tierra, ya se preparó en el amor y ya conquistó sus logros para encarar su vida eterna de manera que la oración del resto de los fieles, nosotros, sólo sería una forma de decirle a Dios que seguimos en comunión con él (o ella) y que deseamos que el amor alcanzado en su paso por esta vida le permita disfrutar la eterna. Nada más.
¿Entonces? Si estamos convencidos de nuestra fe y creemos en la redención, la actitud debería ser otra. Se trata de rezar a Dios, por intercesión de nuestros difuntos, con la convicción de que ellos están cerca de él y, desde allí pueden presentar a Dios, de manera conveniente, nuestras inquietudes, deseos, proyectos manifestados en la oración.
Habrá quien diga que esa oración de intercesión está reservada para los santos. Claro que sí. Públicamente al menos. Pero nada impide la oración de intercesión dirigida a Dios por medio de un difunto que aún no ha sido declarado "santo" (y quizás jamás se lo declare), pero de quien tenemos la convicción de que "está en el cielo". ¿Por qué? Porque haber vivido "en santidad", lo que nos abre las puertas de la vida eterna junto a Dios, no es privativo del puñado de hombre y mujeres que fueron declarados santos oficialmente por la Iglesia. A ellos se los ha proclamado santos por la manera heroica de vivir sus virtudes, por los milagros realizados por Dios merced a su intervención, y porque resultan un buen modelo de seguimiento de Cristo para los demás. Pero eso no quita que la multitud de varones y mujeres de buena voluntad que vivieron según el amor de Dios, no estén gozando de la felicidad eterna. En su medida, de acuerdo con el amor vivido y con sus logros espirituales, podemos tener la convicción de que allí están, junto al Padre, aunque no se los declare "santos" oficialmente.
¿En qué cambia la situación de madre Teresa de Calcuta, ya declarada beata, cuando sea declarada santa? En nada. Bueno, sí, cambia la aceptación pública de su estado de santidad y la devoción de la gente que pasará de ser menos privada a ser una devoción más generalizada... pero nada más. Madre Teresa está "tan en el cielo" hoy, que es reconocida oficialmente como beata, como a los diez minutos de haber muerto, como al día siguiente de que sea reconocida como santa por la Iglesia. Es decir que, en ella, en su ser de persona hija de Dios, nada cambia. Lo que ocurre que los parámetros de tiempo y espacio como medimos las cosas en nuestra vida son bastante pobres para intentar "medir" las cosas de Dios y de la vida eterna.
Recemos "a" nuestros difuntos, con la convicción de que están junto a Dios. Hay algunos de quienes tenemos mayor certeza que de otros. Es cierto, pero no olvidemos que la Iglesia siempre ha declarado quienes son "santos" y nunca se ha expedido acerca de quienes son condenados. Recemos a nuestros difuntos mirando las huellas de amor que han dejado en su paso por la vida y será el punto de partida para ver un poco más claro lo que es la luz definitiva de la vida para siempre.
Recordemos a nuestros difuntos; con todo lo que ello implica. Recordar es volver a pasar por el corazón (re-cordia), teniendo presente lo que han hecho por nosotros, por quienes lo rodearon en esta vida y aprendiendo de los gestos de amor, de justicia, de honestidad que han dejado tras sus acciones. Eso nos permitirá relacionarnos con Dios de una manera más pura y más transparente, en la cual, como familia de hermanos, viviremos más auténticamente el sentido de la vida.