Enfoques

Hágalo usted mismo
Autor: Marina Zunino
Tecnicatura Superior en Seguridad e Higiene en el Trabajo - ISEP 13 de Julio
marinazunino_71@yahoo.com.ar

La aparición de los hipermercados de artículos de la construcción, remodelación y equipamiento para el hogar concedió a la mayoría de las personas la posibilidad de realizar pequeños arreglos en sus casas. Conjuntamente, surgieron los interrogantes: si quiero armar un mueble de madera, ¿qué debería usar?
 
Esta inquietud asoma un domingo a la tarde luego de mirar un programa de televisión, donde se mostró, como una de las tareas más sencillas del mundo, construir un modular para el equipo de música. Pensamos: ¡es muy fácil! Como no tenemos otro plan para el lunes feriado, nos dirigimos contentos al hipermercado de la construcción dispuestos a confeccionar nuestro mueble que, suponemos, será admirado por todos nuestros visitantes, mientras nos felicitan por lo habilidosos que somos.
 
Primer punto: buscar las maderas… aquí intuimos que la tarea no resultará tan fácil, pero perseveramos. Por suerte, en el programa dijeron las medidas y que se debe usar tal o cual madera; así que resolvemos rápidamente este punto.
 
Siguiente paso: buscar tornillos. Cuando doblamos esa esquina del supermercado, descubrimos que el pasillo dedicado a los clavos y tornillos tiene el mismo largo que el pasillo del dentista cuando éramos chicos: interminable… e interminables son los tipos de clavos y tornillos. Nos acercamos a los carteles y vemos que no aclaran el panorama, sino que lo oscurecen aún más. Clavos de acero, sin cabeza, cabeza chata, de hierro, de cobre, tachuelas.
 
También encontramos tornillos de todo tipo: con una raya, con una cruz, con más “vueltitas”, con punta, sin punta, con arandela, sin arandela… en este punto y antes de dejar el changuito tirado, decidimos preguntarle al empleado que está parado en un extremo del pasillo: ─Perdón, ¿cuál sería el tornillo más indicado para la construcción de un mueble de madera? El joven nos mira y, sin moverse un ápice de su sitio, señala con el dedo el cartel que dice “tornillos de madera”. Completamente rojos, agradecemos y vamos a buscarlos, pero, como no nos aclaró cuál es la diferencia entre los negros, los dorados y los plateados, manoteamos el primero que se nos ocurre (el que combine mejor con el color de la madera), junto con una bolsa de clavos para no volver a preguntarle nada al joven, que tan amablemente nos ha contestado la primera vez, y no correr el riesgo de parecer salidos del planeta de los simios.
 
Ahora nos faltan solo las herramientas, así que esta vez nos encaminamos hacia la góndola de los destornilladores, que no representan gran problema porque verificamos  que coincidan con el dibujo de los tornillos, y eso lo aprendimos en salita de dos. Con el martillo se nos dificulta la tarea. Hay de todo tipo y tamaño. Presumimos que el más grande no es porque deberíamos usar las dos manos para levantarlo y, si las tenemos ocupadas, tendríamos que llamar a uno de nuestros hijos para que nos sostenga el clavo. Descartado ese tamaño, vemos los que podríamos sostener con una sola mano. Otra vez se nos presenta una cantidad de martillos diferentes. Terminamos eligiendo aquel que nos gusta más por su aspecto, a fin de no hacer de nuevo el papelón de preguntarle algo obvio a alguno de los empleados.
 
Cuando llegamos a nuestra casa, comienza el calvario de tratar de colocar una madera junto a la otra y, a la vez, clavarla o ponerle un tornillo. A esta altura, poco importa, con tal que quede medianamente bien. Cinco horas después, con dos dedos quebrados, muchos insultos al programa de televisión que nos dio la idea y una cantidad impresionante de clavos y tornillos inservibles, logramos acomodar el mueble en su lugar. Mientras observamos la obra, nuestro hijo menor nos dice inocentemente: “Parece la cucha que Homero Simpson le hizo a Ayudante de Santa”(1), tirando por tierra todas nuestras expectativas de que a alguien se le pueda ocurrir admirar nuestro trabajo. Al recordar cómo nos hizo reír la inutilidad de Homero, nos preguntamos por qué diablos cerró la ferretería de don José, quien, con solo decirle qué íbamos a hacer, nos daba el tamaño y cantidad justa de clavos y tornillos.
 
Esta situación que se presenta en la vida cotidiana suele ser más común que lo que uno imagina. Pocos se detienen a pensar que un simple tornillo esconde una fórmula física que describe la cantidad exacta de vueltas que debe tener cada uno según la utilidad que se le dará. Cuanto más vueltas, menor será la fuerza que deba hacer el operario; y viceversa, cuanto menos vueltas, más fuerza. Por eso, los tornillos aptos para madera no solamente tienen una punta autoperforante, sino que, además, no poseen demasiadas vueltas, como uno para metal. También habrá que ver cuál es la temperatura y la presión que soportará el tornillo según su material. Algunos toleran altas temperaturas, y otros no. Esto hará que se expandan con el calor y luego, al enfriarse, “bailen” y dejen de sujetar correctamente. También habrá que tener en cuenta si lo que se quiere atornillar estará sometido a las inclemencias del tiempo, ya que habrá que evitar que se oxiden para aumentar su durabilidad. Los cabezales de los tornillos dependen de que la superficie de apoyo sea adecuada en el momento de atornillar o de evitar que alguien no autorizado lo desatornille y aumente el riesgo de accidente. En algunos casos, el tipo de tornillo y de cabezal está reglado por normas especiales y específicas.
 
De la misma manera se procederá con el destornillador que corresponda a cada cabezal (por favor, evitar el uso del “tramontina”, ya que lo único que provocará es el desgaste de la cabeza del tornillo y la posibilidad de que termine clavado en la mano o brazo del operario). Los mangos deberán también ajustarse a la tarea, por ejemplo, los de mango aislante son los indicados para trabajar en instalaciones eléctricas.
 
Debemos utilizar los martillos apropiados, aunque todos, en alguna oportunidad, hayamos recurrido a una pinza cualquiera, con la cual, seguramente, nos martillamos un dedo y arruinamos el clavo. El martillo es una de las herramientas más antiguas que se conocen, y existen diversos tipos; los más comunes son los de cabeza cuadrada y de dos orejas para sacar los clavos, y los de cabeza redonda, que concentran más el golpe, empleado, sobre todo, en mecánica.
 
El tamaño tendrá que ver con la fuerza que se quiera ejercer al realizar el golpe. El uso de los clavos, tornillos y martillos correctos no solo permitirá que la tarea sea más fácil, sino que, además, reducirá el riesgo de producir un accidente.

 


(1) Nombre del perro de Bart Simpons, después de algunas temporadas el nombre pasó a ser Huesos.



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