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Editorial SAN PABLO
 
Recursos

 

Recursos para reflexionar sobre Corpus Christi
Autor: Jorge A. Blanco
Departamento de Audiovisuales Editorial SAN PABLO
audiovisuales@san-pablo.com.ar

La solemne festividad de Corpus Christi, que celebramos este fin de semana, nos recuerda la real y permanente presencia de Jesús vivo y resucitado en medio de nosotros. Es una ocasión ideal, en nuestro calendario, para renovar nuestra fe en el Santísimo Sacramento y, a su vez, reflexionar y evaluar cuál es nuestra relación con este excepcional regalo de amor que Dios nos ha hecho: su propio cuerpo y su propia sangre.
 
En cada celebración, el Señor nos sigue invitando a comer su cuerpo y beber su sangre; sin embargo, como suele ocurrir con otros aspectos de nuestra vida, este convite de Jesús a participar de su banquete, se puede tornar rutinario, carente de sentido o, incluso, poco frecuente. Por ello, les propongo que reflexionemos al respecto, a partir de un relato transcribo del sitio www.loiola.org:
 
Unos meses antes de su muerte, el Obispo Fulton J. Sheen (1) fue entrevistado por la televisión nacional:
 
−Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo. ¿Quién lo inspiró a usted? ¿Fue acaso un Papa?
 
El Obispo Sheen respondió que su mayor inspiración no fue un Papa, ni un Cardenal, u otro Obispo, y ni siquiera fue un sacerdote o monja. Fue una niña china de once años de edad.
 
Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la iglesia. El sacerdote observó aterrado, desde su ventana, como los comunistas penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio, profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al piso, esparciendo las hostias consagradas. Eran tiempos de persecución, y el sacerdote sabía exactamente cuántas hostias contenía el copón: treinta y dos.
 
Cuando los comunistas se retiraron, tal vez, no se dieron cuenta o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vio todo lo sucedido. Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró en el templo. Allí, hizo una hora santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio. Después de su hora santa, se adentró al santuario, se arrodilló e, inclinándose hacia adelante, con su lengua, recibió a Jesús en la Sagrada Comunión (en aquel tiempo, no se permitía a los laicos tocar la eucaristía con sus manos).
 
La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última hostia, accidentalmente efectuó un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.
 
Este acto de martirio heroico fue presenciado por el sacerdote, mientras, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda.
 
Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, se inspiró a tal punto que prometió a Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si aquella pequeñita pudo dar testimonio con su vida de la real y hermosa presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces, el obispo se veía obligado a lo mismo. Su único deseo sería atraer el mundo al corazón ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.
 
La pequeña le enseñó al Obispo el verdadero valor y celo que se debe tener por la eucaristía; cómo la fe puede sobreponerse a todo miedo y cómo el verdadero amor a Jesús en la eucaristía debe trascender a la vida misma.
 
Lo que se esconde en la hostia sagrada es la gloria de su amor. Todo lo creado es un reflejo de la realidad suprema que es Jesucristo. El sol en el cielo es tan solo un símbolo del hijo de Dios en el Santísimo Sacramento. Por eso es que muchas custodias imitan los rayos de sol. Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente sobrenatural de toda gracia y amor.
 
(Por amor a la eucaristía, versión tomada del sitio www.loiola.org).
 

 
Para la reflexión personal y grupal:
 
-Compartamos las primeras impresiones, sensaciones, que nos ha causado la lectura de este relato testimonial. Podemos hacerlo espontáneamente dejando que broten las palabras desde nuestro interior… ¿Qué sentimos al leerlo?
 
-¿Por qué creemos que, a pesar de su reconocida experiencia, formación, popularidad, trayectoria, el Obispo Sheen se sintió tan inspirado por ese hecho? ¿Cuál fue su inmediata respuesta y promesa ante la conmoción que aquel relato le generó?
 
-¿Qué opinión nos merece la actitud de aquella niña china? ¿Y la del sacerdote que fue testigo del martirio heroico? ¿Hemos conocido algún caso similar o equivalente al de ellos?
 
-¿Nos hemos sentido, alguna vez, marcados, conmovidos o inspirados por algún hecho como el que describe este relato? ¿Cuál y por qué?
 
-De cara a una nueva celebración de Corpus Christi, ¿qué mensaje nos transmite este texto?
 
-¿Qué valor ha adquirido la eucaristía en nuestra vida? ¿La frecuentamos? ¿Valoramos este sacramento? ¿Acudimos a él rutinariamente? ¿Es el cuerpo de Cristo verdadero alimento para nuestro peregrinar y fortaleza ante la tentación y la debilidad?
 
-¿De qué modo testimoniamos, en nuestra vida cotidiana, en el hermano, en el necesitado, etcétera,  la presencia salvadora y amorosa de Jesús en la eucaristía?
 
-¿Qué aspectos deberíamos mejorar −tanto en lo personal como en lo comunitario− para renovar y aumentar nuestra fe en la eucaristía? Impongámonos algún propósito para cumplir a partir de ahora.
 

 
Para profundizar nuestra reflexión:
 
El pan eucarístico, que es “la comunión con el cuerpo de Cristo” (1Cor 10, 16), pone al comulgante en contacto con Cristo en su actitud de ofrenda. Es comunión con su pasión y su muerte, con su sacrificio ofrecido, de una vez para siempre, en el altar de la cruz. Esta ofrenda de su vida ha quedado, mediante su resurrección, eternizada en el cielo. Al referirse a este sacrificio, la Carta a los Hebreos dice: “Pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio eterno. De ahí que tiene poder para salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos” (Heb 7, 24-25; ver 8, 1-2; 9, 11-14. 24-28; 10, 11-14). La comunión eucarística es comunión con Cristo crucificado y resucitado, puesto que cruz y resurrección son las dos fases distintas e inseparables del misterio pascual, único en sí mismo. “Al recibir el cuerpo eucarístico de Cristo entramos en comunión con su cuerpo inmolado y glorioso, vivificado y vivificante por el Espíritu, para constituir y afianzar su cuerpo místico que es la Iglesia”. [7]

[36] En el cuerpo glorioso de Jesús resucitado, sentado a la derecha del Padre, ya ha comenzado a ser realidad la renovación del universo, objeto de la esperanza cristiana (Flp 3, 20-21). Porque “el Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial” (GS 38). Una antigua oración dice que, en este sagrado banquete, “el alma se llena de gracia y se nos brinda la prenda de la futura gloria”.

[37] Del cuerpo glorificado del Señor brota como de una fuente la gracia que, introduciéndose en los corazones de los hombres, tiende a renovar este mundo poniendo un germen de vida eterna, que es garantía y anticipo de resurrección. La eucaristía, celebrada “sobre el altar del mundo” (EdE 8) en sí misma “une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación” (ib.). Al comer el cuerpo del Señor, los fieles entran en comunión con todo el universo y se comprometen a manifestar, en su vida cotidiana, la firme esperanza de “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Is 65, 17; 66, 22; Apoc 21, 1).

[38] Juan Pablo II ha recordado que la esperanza “estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente” (GS 39), y lo ha destacado en su reflexión sobre la eucaristía: “Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios” (EdE 20). Los Obispos de la Iglesia en la Argentina lo enseñan al presentar la visión cristiana de la historia: “La esperanza en un futuro más allá de la historia nos compromete mucho más con la suerte de esta historia”. [8] Y lo repiten ante la enorme crisis que sufre el país y que requiere un firme compromiso ciudadano: “no podemos ser peregrinos del cielo, si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”. [9]

[39] Por eso, cuando los fieles se muestran solidarios y se empeñan en volver más humana la tierra, con esa actitud, muestran que es auténtico el “amén” que han pronunciado al acercarse para hacer la comunión eucarística. En la eucaristía, está el poder que puede acelerar la marcha misteriosa de la humanidad “hasta colmarse de la total plenitud de Dios” (Ef 3, 19), hasta alcanzar “la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4, 14), porque de él todo “recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros” (Ef 4, 16). Mientras “la creación entera gime y sufre dolores de parto” (Rom 8, 22), en la eucaristía, ya está realizada la plenitud del mundo. Por eso, la eucaristía es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y la fuente de vida inagotable en esta tierra.

[40] La comunión eucarística es el anticipo del banquete celestial, ya inaugurado por Cristo, en espera de su consumación escatológica. Por ella, los fieles entran en comunión no sólo entre ellos mismos, sino también con los hermanos de la Iglesia triunfante del cielo, y se establece un vínculo solidario con los hermanos difuntos de la Iglesia que se está purificando. Particularmente, entran en íntima comunión con María, porque “María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas” (EdE 57). A partir de su alianza con Dios, ella se hizo disponible para engendrar al que se ofrece en la eucaristía y para dar nacimiento al cuerpo de la Iglesia. Ella misma exhorta a los fieles a cumplir el mandato de Jesús de celebrar la eucaristía (EdE 54). De este modo, ella cumple con su función materna de reunir como hermanos a todos sus hijos hasta que lleguen a compartir el banquete eterno.
 
(Fragmentos de Comunión, reconciliación y solidaridad, ¡Denles ustedes de comer!, Conferencia Episcopal Argentina, Xº Congreso Eucarístico Nacional, 2004).
 

 
Para rezar:
 
Sin dejar la derecha de su Padre,
y para consumar su obra divina,
el sumo Verbo, que ha venido al mundo,
llega al fin la tarde de su vida.
 
Antes de ser, por uno de los suyos,
dado a quienes la muerte le darían,
en el vital banquete del cenáculo,
se dio a los suyos como vianda viva.
 
Se dio a los suyos bajo dos especies,
en su carne y su sangre sacratísimas,
a fin de alimentar en cuerpo y alma
a cuantos hombres en este mundo habitan.
 
Se dio, naciendo, como compañero;
comiendo, se entregó como comida;
muriendo, se empeñó como rescate;
reinando, como premio se nos brinda.
 
Hostia de salvación, que abres las puertas
celestes de la gloria prometida:
fortalece y socorre nuestras almas,
asediadas por fuerzas enemigas.
 
Glorificada eternamente sea
la perpetua Deidad, que es una y trina,
y que ella finalmente nos conceda,
en la patria sin fin, vida infinita.
Amén.
 
(Liturgia de las Horas)

 


(1) Mons. Fulton John Sheen (1895-1979), arzobispo y filósofo estadounidense, famoso por  sus alocuciones y por conducir programas populares de televisión en las décadas del ‘50 y ‘60.


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