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Recursos para vivir la Cuaresma III
por Jorge A. Blanco
Departamento de Audiovisuales Editorial SAN PABLO
audiovisuales@san-pablo.com.ar
 

El evangelista Lucas, en este tercer domingo de Cuaresma (Lc 13, 1-9), nos recuerda el llamado e invitación de Jesús a convertirnos; llamado en el cual la Iglesia también hace hincapié, particularmente, en este tiempo litúrgico que estamos transitando hacia la Pascua.
 
Conversión es sinónimo de cambio: cambio de corazón, de vida, de mirada, de camino, cambio… cambio que, en mayor o menor medida, y de un modo u otro, todos necesitamos y deseamos experimentar. La Cuaresma, entonces, se nos presenta como un tiempo propicio para ello: un tiempo favorable para abrirnos al amor transformador del Señor, renovar nuestro compromiso de seguirlo y dejar de lado todo aquello que nos separa de nuestro Padre Misericordioso.
 
Bajo estas consignas, les propongo reflexionar hoy a partir de un relato testimonial, tomado del libro Entregando con san Pablo nuestro punto débil, del querido Padre Gustavo Jamut:
 
Recuerdo el caso de una mujer que, durante su primera juventud, había estado muy confundida, llevando una vida desordenada sexual y afectivamente.
 
Al conocer a un joven cristiano que la valoró, la respetó y la amó, ella fue cambiando. Finalmente contrajeron matrimonio y se mudaron de su pueblo de origen a una ciudad cercana.
 
Habían pasado seis años, cuando ella tuvo que regresar para realizar unos trámites en el pueblo en que había vivido. Una tarde, mientras caminaba por una calle del poblado, sintió que alguien le chistaba, tratando de llamar su atención. Ella siguió su camino sin volverse, pero el hombre que la estaba llamando se adelantó y, cerrándole el paso, la miró a los ojos y le preguntó:
 
−¿No te acuerdas de mí?
 
Y luego agregó: −soy aquél.
 
Era uno de los antiguos compañeros de pecado que, con ese “soy aquél”, quería hacerle recordar la relación que habían mantenido.
 
Entonces, ella serenamente le respondió:
 
−Tú seguirás siendo “aquél”, pero yo ya no soy “aquella”. Y dándose media vuelta, siguió su camino con la frente en alto.
 
Esta mujer, después de haber experimentado el amor y el perdón de Jesús, entregó a Dios su pasado. Esto le posibilitó cambiar la percepción que tenía de sí misma, reorientar su vida y estar abierta pasa saber reconocer el verdadero amor, concretando un proyecto de vida maduro, en el cual Dios ocupaba el lugar central.
 
(Gustavo Jamut, Entregando con san Pablo nuestro punto débil, SAN PABLO, 2008).
 

 
Para la reflexión personal y grupal:
 
 
-Centralizar nuestra mirada en la mujer protagonista de la narración: ¿Qué nos dice el texto acerca de ella? ¿Cuáles eran las características que la definían? ¿Cómo la imaginamos a partir de lo que hemos leído sobre su persona?
 
-¿A quién encontró circunstancialmente, luego de seis años? ¿Qué implicó ese encuentro? ¿Cuál fue la actitud final de la protagonista de esta historia?
 
-¿Qué situación determinó un cambio tan radical en el estilo de vida de esa mujer? ¿Por qué?
 
-¿Conocemos casos similares o parecidos al de este cuento? ¿Qué conversiones importantes, trascendentes, históricas, etc. conocemos? (por ejemplo, la conversión de san Pablo, de san Agustín, etc.) ¿Qué fue lo que operó en esos casos para generar un cambio tan rotundo en la vida de estas personas?
 
-Vayamos a nuestra vida personal: ¿hemos vivido alguna situación o conversión semejante a las que estamos analizando? ¿Qué significado tiene, para nosotros, la conversión de la que habla Jesús?
 
-¿Qué aspectos de nuestra vida cotidiana y espiritual, consideramos que deben renovarse? ¿Qué cosas, situaciones, errores, debilidades, apegos, etc. deberíamos desterrar de nuestra vida para que un cambio verdadero opere en nosotros?
 
-¿Cuáles son los medios que la Iglesia nos propone para vivir, de manera más plena y profunda, la Cuaresma? ¿De qué modo los estamos viviendo, poniendo en práctica, etc.?
 
-Estamos transitando ya la tercera semana de la Cuaresma: ¿Cómo estamos viviendo este tiempo litúrgico? ¿Cómo deseamos vivir lo que resta de él?
Propongámonos alguna iniciativa, gesto, etc. para cumplir a lo largo de esta semana, a partir de lo que hemos reflexionado.
 

 
Para profundizar nuestra reflexión:
 
El espíritu de conversión, propio del tiempo de Cuaresma, es un signo de vida y de crecimiento espiritual en el cristiano como en la Iglesia. En él se manifiesta la vivencia de la fe como encuentro personal con el proyecto de Dios realizado en Jesucristo. Cuando, en el cristiano, falta espíritu de conversión, su fe se adormece, y su vida pierde el dinamismo de ser un camino que nace en la pascua de Cristo, y que avanza hacia una plenitud de Vida que da sentido a su esperanza.
 
Cuánta confianza nos trasmite san Juan al decirnos que: “desde ahora, somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que, cuando se manifieste (concluye), seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3, 2). El espíritu de conversión renueva esta verdad de la fe que da sentido a nuestras vidas y nos convierte, para el mundo, en presencia viva de Jesucristo: “Cristo en ustedes, nos dirá Pablo, es la esperanza de la gloria” (Col 2, 27).
 
La plenitud escatológica de la fe no es sólo creer en un más allá, sino también la vivencia actual de esa plenitud vivida como gracia que ya ha comenzado a transformar la vida del hombre y que es, para nosotros, verdad, desafío y compromiso. Cuando descuidamos esta dimensión escatológica de la fe, nuestras vidas, comunidades y la misma Iglesia pierden el dinamismo de sentirse parte de ese proyecto de Dios, y nos instalamos en un presente, para el que dejamos de ser testigos de una Vida Nueva…
 
Para el cristiano, la conversión hace referencia a una Persona y a un proyecto de vida que tiene, en esa misma Persona, su fundamento, contenido y posibilidad. Es precisamente por la fe, que se apoya en el testimonio y la palabra de Jesucristo, la que nos ilumina y nos permite conocer y gustar el sentido de esta verdad. “Que te conozca a ti, Señor, para que me conozca a mí”. Antes de mirarnos a nosotros, debemos mirarlo a él para conocernos y saber en qué debemos cambiar…
 
Les decía que, en Jesucristo, están el contenido y la posibilidad de nuestra conversión, porque su meta es: “que lleguemos al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13). Como nos recordaba el Concilio Vaticano II, sólo a la luz del misterio de Cristo, se explica el misterio del hombre (cf. GS). Por ello, la conversión cristiana es un camino de encuentro con Jesucristo, pero que sólo es posible recorrerlo con su presencia, es decir,  no depende sólo de nuestras fuerzas.
 
Esto significa que la posibilidad de hacer realidad este proyecto de Dios pasa por el don de la gracia que nos eleva y transforma. Esto no niega el esfuerzo humano ni el valor de la voluntad en el camino de la conversión, pero nos habla de la necesidad de la gracia para alcanzar esa meta a la que estamos llamados. Recuerdo a san Agustín cuando decía: “Señor, dame como gracia lo que me pides, y después pídeme lo que quieras”. La primacía de la gracia, lejos de disminuir el valor de lo humano, necesita de él. Esta relación entre lo humano y lo divino, entre la naturaleza y la gracia, alcanza su mayor expresión en la conversión.   
 
Tanto en Aparecida, como en la reciente Carta Pastoral de los Obispos en ocasión de la Misión Continental, el tema de la conversión se presenta como una necesidad y una urgencia en orden a expresar la dimensión misionera de los cristianos y de la Iglesia. Esta dimensión no es algo individual, sino eclesial, por ello, se habla de “conversión pastoral”, para acentuar el sentido personal, pero también eclesial de la conversión. Esto se plantea como el gran desafío que debemos asumir.
 
La conversión es la respuesta “de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en él por la acción del Espíritu Santo, se decide a ser su amigo e ir tras de él, cambiando su forma de pensar y de vivir” (Ap 278). Se trata de un cambio totalizante, es decir, toda nuestra vida está llamada a ser transformada por Jesucristo. La conversión es reorientar nuestro corazón hacia él y desde él organizar nuestra vida,  porque en él hemos descubierto que somos parte única y personal del proyecto de Dios.
 
La vida actual nos lleva a vivir un tanto encerrados y, tal vez, dispersos, en nuestro pequeño mundo y a vivir de necesidades creadas que nos tienen atrapados como consumidores. El Evangelio no puede quedar atado a este esquema de privatización. Jesucristo siempre debe ser anunciado, esto implica una cierta ruptura y olvido de cosas secundarias. Una de las dudas que se planteaba en Aparecida es si estamos como Iglesia en condiciones de asumir semejante desafío. Por ello el tema de la conversión es una clave de lectura para este documento.
 
Creo que debemos volver a la certeza y a la mística de las primeras comunidades cristianas, en las que aún resonaba con fuerza aquella reflexión del Apóstol: “¿Cómo van a invocar a Dios sin creer en él? ¿Cómo van a creer, sin haber oído hablar de él? ¿Cómo van a oír hablar de él, si nadie lo predica?  ¿Quiénes lo predicarán, si no son enviados?” (Rom 10, 14-15). La presencia de un espíritu misionero es un signo elocuente de que la Iglesia vive su verdad, desde su fidelidad al mandato del  Señor.
 
Esto que es fácil de expresar, no siempre es fácil hacerlo realidad. Ello supone aquel espíritu de conversión que es un signo de vida y crecimiento en el cristiano y en la Iglesia. Tenemos que volver a hablar de ese dinamismo espiritual que tiene a la santidad como ideal. El peligro está en acostumbrarnos y justificarnos en que somos así, dejando de aspirar a ese: “estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13). La sana disposición de cambio como principio de conversión es un signo de la presencia del Espíritu que busca identificarnos a Jesucristo.
 
Pongo, en manos de María Santísima, nuestra Madre de Guadalupe, esta meditación para que ella nos acompañe como Iglesia en este Tiempo de Cuaresma. Una fecunda celebración de la Pascua necesita de una auténtica conversión. Aprovechemos este tiempo, que es tiempo de gracia y purificación. Reciban de su Obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.
 
(Extracto de la carta de Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, para la Cuaresma 2010. Texto completo en AICA: http://aica.org/index2.php?pag=arancedo_Cuaresma2010).
 

 
Para rezar:
 
Señor,
tu Palabra es pura y permanece para siempre,
tus juicios son la verdad y eternamente justos;
por eso me atrevo, humildemente, a volver ante tu presencia.
Implorándote la gracia de un estado de conversión
que reemplace definitivamente la mezquindad
de mi corazón.
Por innumerables juicios, perdón y misericordia, Señor.
Por considerarme mejor que otros, perdón y misericordia, Señor.
Por la dualidad de mi conducta, perdón y misericordia, Señor.
Por la ceguera de mi corazón, perdón y misericordia, Señor.
Por no ser instrumento de tu paz, perdón y misericordia, Señor.
Con renovada confianza me pongo en tus manos, Padre,
para que me amalgames según tus designios,
y pueda entonces vivir en ti,
donde y como tú lo quieras,
para que sea una imagen
y semejanza tuya, Señor,
siendo justicia, paz, verdad, gozo, equilibrio, amor…
María, Virgen y Madre,
modelo y ayuda para la humanidad
bendíceme e intercede por mí
ante la Santísima Trinidad,
para que mi opción absoluta sea
sólo por Dios
mi único Señor,
de manera que,
viviendo fielmente el evangelio en la Iglesia
me diluya en el amor
y alcance la eterna misericordia.
Amén.
 
(José Luis Kaufmann, Orando desde el corazón, Ediciones Paulinas, 1993).

 

 

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