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En esta segunda parte de la charla mantenida con Monseñor Rubén O. Frassia, Obispo de la diócesis de Avellaneda – Lanús, lo consultamos acerca de dos temas tan delicados de nuestros días: la falta de jóvenes comprometidos en la Iglesia y la ausencia de valores que guíen la vida de la generación actual, que la cimienten. Su labor en los medios de comunicación es también tema al que nos hemos referido, especialmente intentando definir cuál es el aporte de la Iglesia a los medios y viceversa. “La convicción es unir el pensamiento con la acción. La fe con la vida. Lo que se piensa, lo que se dice y lo que se vive”, asegura.
- En su reflexión radial del 27 de diciembre de 2009, usted asegura: “Hoy en día, hay una visión materialista, una vida hedonista, existe el ‘sólo por hoy’, no hay compromisos largos, a futuro. Hoy los proyectos de vida se van como apagando, desorientando, oscureciendo”, ¿considera que muchas de las malas conductas de la juventud se debe a la falta de proyectos concretos, vitales? ¿Qué puede decirles a esos jóvenes que aún no han descubierto el amor de Dios en sus corazones?
- Estoy totalmente convencido de esa afirmación. La sociedad está totalmente fragmentada y en crisis. Estamos ante el mundo de lo “virtual” y ante el frenesí “del sólo por hoy”, y del “se usa y se tira”. La sociedad, en su conjunto, no nos ayuda a pensar. El pensamiento se reduce a la conveniencia y a la producción. A lo competitivo y a lo empíricamente positivo. Fijémonos: Todo lo que se siente está bien. Todo lo que se dice está bien. Todo lo que se vive está bien. No se buscan nunca las causas. Sólo se nos quiere reducir a lo que se siente, a lo que se hace y, por la sola razón de hacerlo, se pretende absurdamente justificar, aceptar y promover. Léase, divorcio, aborto, drogadicción, consumo personal, “uniones legales homosexuales”, etc. No hay un más allá. No hay un sentido que supere lo inmediato. No hay una filosofía de vida. No hay un pensamiento. No hay una trascendencia. No hay valores. Por esta razón, yo les digo a los jóvenes: a) primero: que piensen; b) segundo: que vivan de acuerdo no con las ganas, sino con la voluntad de bien y de verdad, que son estas realidades las que los constituyen y los dignifican; c) tercero: la trascendencia. Vivir conforme a las causas, a los orígenes. No reducir esta cultura a cómo se vive. Se dice frecuentemente: hay que vivir como se piensa, así se acaba pensando como se vive (evitar el reduccionismo); d) valores: los valores son trascendentes, permanecen y dan sentido. El bien, la verdad, la justicia, la belleza, la dignidad, el bien común, la solidaridad, el otro, como persona y como sujeto, y no reducido al objeto; e) El ser creyente no es una posibilidad sólo para algunos. Es para todos. Dios no molesta. Al contrario, fortalece, protege y cuida al otro. Quien quiera construir un mundo alejado de Dios, lo hará a expensas y contra los otros. Dios nos humaniza; f) y por último: resistir. Significa vivir con fortaleza y con magnanimidad. Reciedumbre y resiliencia. A quien no tiene capacidad de discernimiento y, por ende, capacidad de decisión, el mundo lo aplastará. La sede de su evaluación siempre reside en el mismo sujeto que ejecuta la misma acción.
El amor de Dios es la revolución más importante que nos proporciona esperanza, alegría, entusiasmo para vivir esta hermosa aventura que es nuestra vida.
- ¿Cuáles son los desafíos que debemos afrontar todos como Iglesia, cada uno desde su estado de vida? ¿Es necesario una nueva era de “católicos comprometidos” en cada actividad que desempeñen?
- Uno de los desafíos que yo veo es que, como Iglesia, estamos un poco acomplejados. Esto debilita nuestra identidad y, a la vez, disminuye la propuesta que la Iglesia debe seguir haciendo, a pesar de todas las tormentas y las dificultades que, en el mundo y en la misma Iglesia, se nos puedan presentar. Nos estamos olvidando del evangelio. De lo que han sufrido los mártires de todos los tiempos. Nuestra Iglesia ha vivido persecución, calumnias, ingratitudes, olvidos, desprecios y tantas cosas más. Recuerdo lo que nos dice la Biblia: “si quieres servir al Señor, prepárate para la prueba” (Eclesiástico 2, 1).
Hoy la cultura es realmente individualista y relativista. Todo es superficial. Debemos vivir de “convicciones” y no de emociones. La convicción es unir el pensamiento con la acción. La fe con la vida. Lo que se piensa, lo que se dice y lo que se vive. El hilo conductor de esta unidad, en los distintos estamentos, rolles, funciones y responsabilidades, es la fuerza del Espíritu Santo que nos enciende, nos ilumina y nos envía. Es necesario volver a retomar el sentido del discipulado y el testimonio de la misión. Discípulo y misionero. Ambas realidades son inseparables. Este binomio es permanente y tensional. Quien escucha bien responde bien. Quien escucha distraídamente mal se equivocará en la respuesta. La convicción nos debe llevar a un contacto serio y permanente con la Palabra de Dios. Dicho de otra manera, el Evangelio y la Iglesia deben pesar en nuestra vida. La Iglesia da testimonio no como profesor, sino como “confesor”. Ese testimonio nos lleva a pensar y decir que pertenecer a la Iglesia realmente es cosa seria y comprometida. Esta toma de conciencia se deberá reflejar en todos los ámbitos y en todas las áreas de nuestra vida humana, cristiana y ciudadana.
-Usted participa, semanalmente, con una columna en el programa radial “Compartiendo el Evangelio”, ¿cuál considera, como miembro de la Pastoral Social del Episcopado, es el aporte de los medios de comunicación social (MCS) a la Iglesia y, viceversa, de la Iglesia a los MCS?
La Iglesia debe mantener vivo su mensaje. Del cual también ella es depositaria. Como aclara el Evangelii Nuntiandi: no es propietaria, sino administradora. La Iglesia debe decir, animar, iluminar, testimoniar la doctrina del Evangelio, la Doctrina Social como aporte importante y siempre vigente. Pero no debe quedar reducida a una respuesta meramente mediática. Pues si ella entrara en esta actitud, caería en la trampa de lo “novedoso”, de lo “utilizable” y, a la vez, sería manejada por el poder de algunos que están detrás y pretenden ejercer un estricto monopolio de la influencia de lo mediático.
La Iglesia no debe temer a los medios. Son los fieles laicos católicos, formados en nuestros ámbitos, los que deben asumir, con su palabra, criterio y pensamiento, una actitud crítica como hombres creyentes y comprometidos, y la Iglesia jerárquica deberá hacer lo suyo en el verdadero discernimiento de las causas, de los principios, de los valores, de todo lo humano, cultura, ciencia, política y justicia social; aun a riesgo de que no se la escuche. Pensemos, como ejemplo, el tema de los migrantes, de su realidad y de su inserción en Europa, en una realidad pluralista y que se debe anunciar, y, también, en ciertos casos, denunciar aquello que es un atentado contra la dignidad personal, familiar, racial y cultural.
¿Cuál es su opinión acerca de la realidad de la sociedad, la cual, a menudo, parece carecer de valores que le den sentido pleno, que la dignifiquen como raza humana?
Vivimos en una sociedad y en un mundo, en que la mayoría de las cosas se destruyen, ante el cambio de época en la que estamos insertos ─como dice el papa Benedicto─, “con la dictadura del relativismo”. Este relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy como entonces, el hombre “que mendiga significado y realización” busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no cesa de plantearse.
Por otro lado, frente a este relativismo ideológico, está presentado también el consumismo individualista que harta, pero no llena, no colma el apetito del alma.
Estos planteos y tantos otros golpean a la persona y a la familia. El hombre sigue teniendo hambre de Dios, del Absoluto, de aquello que es totalmente el Otro y que sólo él le puede responder. Recuerdo la frase tan bella de san Agustín: “mi corazón está inquieto hasta que no repose en ti”.
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