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Editorial SAN PABLO
 
Mes de la Biblia

 

¿Qué son los evangelios apócrifos?
Autor: Ariel Álvarez Valdés
Teólogo

Se quedaron afuera

¿Cómo nacieron estos evangelios? Primero se escribieron los evangelios llamados oficiales o "canónicos" (de Mateo, Marcos, Lucas y Juan). Pero éstos tenían demasiadas lagunas sobre la vida de Jesús. Y la curiosidad de la gente quería conocer más detalles del Señor, la Virgen María, los Apóstoles, y otros personajes del Nuevo Testamento.

Entonces, para completar los silencios de los Evangelios y rellenarlos con los datos que faltaban, se compusieron estos otros escritos.

Por eso, los evangelios apócrifos no abarcan toda la vida de Jesús, sino sólo el período de su infancia (en que los Evangelios canónicos resultan sumamente breves), y el de su pasión, muerte y resurrección (completándolo con abundantes detalles). Y dejan de lado toda su vida pública, porque es lo mejor descrito en los cuatro Evangelios.

Con el aval de algún grande

Durante los primeros años de la Iglesia, estos evangelios circularon normalmente entre los fieles, y eran leídos públicamente en algunas comunidades. Pero con el transcurso del tiempo se prohibió su lectura pública (es decir, en el templo), debido a las anécdotas ridículas y pueriles que contenían.

Fue entonces cuando se les dio el nombre de apócrifos, en el sentido de "prohibidos, reservados, no para todos".

Pero aun cuando fueron rechazados, estos libros perduraron a lo largo de los siglos, y lograron sobrevivir unos 30. Algunos se conservan más o menos completos, otros sólo fragmentariamente. Todos llevan como autor a algún personaje famoso de la antigüedad (Evangelio de Santiago, Evangelio de Pedro, Evangelio de Tomás, Evangelio de María), lo cual, aunque no era cierto, les daba mayor autoridad.

Casi todos los apócrifos fueron escritos en griego, y después traducidos al armenio, al copto, al siríaco, al etíope y al latín, lo cual demuestra el enorme éxito del que gozaron en su momento.

Algunos relatos de estos evangelios

El ángel de la comida

Algunos comienzan con el nacimiento de la Virgen María que, según dicen, fue milagroso. Su madre, que se llamaba Ana, era estéril. Joaquín su padre, angustiado, se fue al desierto a ayunar 40 días, pidiendo un hijo a Dios. Estando allí, se le apareció un ángel y le anunció que no iba a tener un hijo sino una hija, cuyo nombre sería célebre en todo el mundo. Nueve meses después, Ana dio a luz a María.

Los apócrifos destacan que desde pequeña María ya mostraba una inclinación hacia la pureza. A los seis meses, por ejemplo, su madre quiso ponerla en el suelo para hacerla caminar pero ella se negó. Entonces, para que no tocara nunca el piso, le construyeron una tarima especial por donde ella podía caminar.

Cuando cumplió 3 años la llevaron al Templo de Jerusalén, y allí se quedó a vivir junto a otras niñas que día y noche cantaban y alababan a Dios. Pero a ella, un ángel del cielo le traía de comer todos los días.

A pesar de tener sólo 3 años, dicen los apócrifos que María hablaba con total corrección, que sus tareas manuales eran superiores a las de los adultos, que interpretaba las Sagradas Escrituras con extraordinaria sabiduría, y que los enfermos que la tocaban quedaban curados.

Vio salir una paloma

Al cumplir los 12 años, el sumo sacerdote del Templo quiso casarla con algún joven, pero ella se opuso diciendo que había hecho votos de virginidad perpetua. Entonces resolvió entregarla en custodia a un hombre mayor. Reunió, pues, a todos los viudos del pueblo y les pidió a cada uno una vara. Entre ellos se hallaba también José, que tenía ya 91 años y varios hijos de su primer matrimonio.

El Sumo Sacerdote llevó las varas de los pretendientes al Templo, y pidió a Dios una señal para saber a quién elegir. En ese momento, de la vara de José vio salir volando una paloma, con lo cual supo que éste era el elegido de Dios. Y así María fue entregada al anciano José.

La mano carbonizada

Los evangelios apócrifos narran cómo, cuando el emperador Augusto ordenó hacer un censo en todo el imperio, José se marchó de Nazaret a Belén para censarse, llevando a María montada en un asno y con su embarazo de nueve meses a cuestas.

Mientras iban en camino, ya cerca de Belén, un ángel se le apareció a María y le avisó que había llegado la hora del parto. José detuvo la marcha, y ante la desesperación de no hallar ninguna casa ni posada donde alojarla, la introdujo en una cueva oscura y se marchó en busca de una partera. En ese momento una luz, tan intensa que ningún ojo podía resistirla, invadió la cueva, y en los brazos de María apareció un niño.

José llegó más tarde con una partera llamada Salomé. María les contó cómo había sido su parto, y que ella permanecía aún virgen. Pero Salomé repuso: "Jamás lo creeré, si no introduzco mi dedo y lo compruebo". María se lo permitió. Pero cuando la partera retiró su mano, vio que estaba carbonizada. Empezó a llorar desconsolada, pero María la hizo acariciar al niño y al instante se curó.

En la gruta había un buey y un asno, que cuando vieron al niño recién nacido lo adoraron. Luego se presentaron tres reyes venidos de Oriente, llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, con regalos para el niño.

Milagros que matan

El niño Jesús creció y, siempre según los apócrifos, se convirtió en una persona caprichosa, mal educada y de carácter irascible.

Cuando tenía 5 años, jugando un día con barro, moldeó doce palomitas. Su padre José lo reprendió porque era sábado, y ese día no se podía hacer ningún trabajo. Entonces Jesús batió las palmas, los pajaritos salieron volando y José quedó humillado.

Con sus amigos del barrio era también iracundo. Una vez un chico le desarmó sus juegos hechos con arena, y él indignado lo maldijo y lo convirtió en árbol seco. Otro día, mientras iba caminando, un niño que pasaba corriendo lo chocó por detrás sin querer; Jesús lo maldijo y el niño cayó muerto. En otra oportunidad, viendo a los chicos del pueblo esconderse para no jugar con él, los convirtió en cabritos. Y cuando iba a buscar agua con ellos, se divertía rompiéndoles los cántaros contra el suelo; los niños se largaban a llorar, y él después les hacía aparecer otros cántaros nuevos.

Los demás padres increpaban a José por el hijo que tenía, y varias veces lo quisieron expulsar del pueblo. El pobre José no sabía ya qué hacer, y le pedía a María que lo hablara porque a él no le obedecía.

Muchas otras anécdotas extravagantes de Jesús llenan las páginas de los evangelios apócrifos.

Saber diferenciarlos

Con éstas y otras ridículas historias los evangelios apócrifos pretendieron llenar las lagunas de la infancia de Jesús dejadas por los evangelios canónicos. Al leerlas, comprendemos por qué la Iglesia nunca las aceptó como inspiradas.

Sin embargo, muchos de estos episodios han entrado en la fe de la gente, y son tranquilamente aceptados, sin saber su origen. Algunos quizá pueden tener fundamento histórico, como el caso de los nombres de los padres de la Virgen María (san Joaquín y santa Ana), conservados gracias a los libros apócrifos.

Pero la mayoría de los datos que aportan son pura fantasía, a pesar de que muchos cristianos los tienen por ciertos. Así, la idea de que María había hecho votos de virginidad perpetua antes de casarse con José, es un invento de los libros apócrifos para explicar la frase de María: "Cómo es posible, si yo no convivo con ningún hombre" (Lc 1, 34). Los evangelios canónicos no mencionan ningún compromiso virginal de María al momento de su matrimonio.

Del mismo modo esa imagen que tenemos de san José anciano, y simple "protector" de María, de la cual más bien parece su abuelo, la hemos sacado de los evangelios apócrifos, según lo vimos. En realidad José debió de haber tenido, al casarse, unos 18 años, como todos los jóvenes de su época. Presentándolo longevo, los apócrifos pretendían descartar cualquier interés de él por ella, y asegurar así la virginidad de María.

También son los apócrifos los que afirman que José era viudo y con varios hijos de su primer matrimonio, para explicar la presencia de los famosos "hermanos" de Jesús, mencionados en los evangelios. Así, éstos pasaban a ser hijos de José, pero no de María.

Inclusive la "virginidad de María durante el parto", jamás enseñada oficialmente por la Iglesia, está basada en los apócrifos, en la escena, de bastante mal gusto, en que Salomé introduce su mano en María para comprobar que aún permanece virgen.

Los unos y los otros

Muchas otras creencias que tenemos, como el viaje de María a Belén en un burro tirado por José (cuando seguramente viajaron en una poblada caravana como se hacía en ese entonces), que la Virgen haya viajado a Belén cuando llevaba casi nueve meses de embarazo y que sufrió un parto de apuro (cuando san Lucas da a entender que llegó a Belén varios meses antes del parto), la presencia de un buey y un burrito en la gruta del pesebre (cuando seguramente José debió de haber acondicionado bien la gruta para el nacimiento de su hijo), que los reyes magos eran tres, así como sus nombres (cuando san Mateo no da ninguno de estos datos), que éstos hayan llegado al poco de nacer el niño (cuando según Mateo llegaron a los dos años del nacimiento), son otros tantos detalles introducidos en nuestras tradiciones y cuya procedencia son los evangelios apócrifos.

También la creencia de que María no tuvo dolores de parto, está sacada de los evangelios apócrifos, de la escena en que un ángel le advierte a María que le llegó la hora de dar a luz. Los evangelios canónicos, en cambio, no dicen nada al respecto, por lo que el parto de María debió de haber sido normal, como el de toda muchacha.

Finalmente, que Jesús nació de la Virgen María como un rayo de sol que atraviesa un cristal, sin tocarlo ni romperlo, es una idea tomada de los apócrifos, extraña a los evangelios auténticos.

Conocer lo que enseñan los evangelios apócrifos ayuda a valorar mejor los evangelios oficiales, y a distinguir lo que realmente enseñan éstos, de lo que entró por la puerta falsa en la fe de la gente.

 


(En ¿Qué sabemos de la Biblia? Nuevo Testamento, P. Ariel Álvarez Valdés, San Pablo Argentina)



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