Casi de manera simultánea y coincidente, tres hechos diversos me llevaron a reflexionar sobre una misma situación:
Primero, en mi barrio. A la salida de una misa dominical, y después de cruzar por la puerta de un templo evangélico cercano -desde donde parecía rebosar la alegría y la convicción de lo que allí se celebraba-, un vecino me dijo:-"creo que el domingo próximo vendré a esta otra misa... porque al menos, parece que aquí la pasan mejor...".
Luego fue un familiar. Esos que nunca pisan una iglesia y que después de mucho tiempo vuelven a asistir a una celebración: -"¿Por qué la misa sigue siendo tan aburrida? creí que después de tanto tiempo había mejorado, pero sigue siendo igual de aburrida como antes...".
Por último, fue el diario. En el espacio dedicado a las cartas y comentarios de los lectores de uno de los principales periódicos del país, una mujer sentenciaba: -"Si los católicos no cambian, van a terminar celebrando la misa en un ascensor".
Mas allá de estar o no de acuerdo con quienes esgrimieron esas críticas, sus argumentos y modos de hacerlo, me pareció interesante –a partir de ellas-, detenerme a reflexionar sobre la calidad de nuestras celebraciones litúrgicas. No es mi intención hacer comparaciones ni generalizar, tampoco intentar profundizar sobre un tema que no domino y que inclusive, ya se ha abordado desde esta misma revista online por diversas personalidades con mucha más autoridad que yo.
Sin embargo, me parece oportuno no dejar pasar por alto dos imperfecciones que veo se repiten muy a menudo en las distintas celebraciones litúrgicas a las que concurro: la improvisación y la falta de preparación de las mismas.
Compruebo que en diversas comunidades existe un alto grado de improvisación en muchos aspectos importantes, aún conociendo los riesgos que esto implica: se improvisan lecturas, lectores y guías, la animación, los cantos, etc. Incluso me atrevería a afirmar, que en algunos casos, hasta se improvisa la homilía y parte de lo que corresponde al celebrante. Demasiado, por tratarse del Memorial de la Pascua de Cristo, y del Centro de la Vida de la Iglesia (CIC 1343).
Todas las situaciones que acontecen en nuestra vida suelen contar con una cuota de preparación previa de nuestra parte. Difícilmente dejemos librado al azar del momento, tanto un acontecimiento sumamente importante como una simple reunión con amigos o familiares en casa. Sin embargo, con nuestras liturgias no parece ocurrir lo mismo. Parecería que la rutina dominical, la costumbre o el desgano se han apoderado de algunas comunidades, en donde “da lo mismo” que la misa se celebre bien o mal, vaya mucha o poca gente…ya que, total, “de una forma u otra, la misa se hace igual”.
Mientras tanto, veo con agrado que el Documento Conclusivo de la V Conferencia General del CELAM en Aparecida, pone su acento e interés en remarcar la necesidad de que los cristianos valoremos la centralidad de la Eucaristía y la participación de todos los fieles en la liturgia dominical, sin olvidarnos acercar a los mas alejados. Al punto tal, de definir que la Eucaristía- en la cual se renueva la vida en Cristo y se fortalece la comunidad de los discípulos-, debe ser para la Parroquia una escuela de vida cristiana (Documento Conclusivo, 175).
El P. Víctor Manuel Fernández, en su libro “Aparecida-Guía para leer el documento” (SAN PABLO) testimonia precisamente la preocupación sincera y generalizada de los obispos y del resto de los participantes de la Quinta Conferencia por este tema durante el trabajo reflexivo y el debate de aquellos días.
Hoy nuestros pastores nos invitan a promover la “pastoral del domingo” y darle al tema “prioridad en los programas pastorales” para un nuevo impulso en la evangelización del Pueblo de Dios en el Continente Latinoamericano” (Documento Conclusivo, 252).
Dios quiera que podamos madurar y ponernos en sintonía con estas necesidades y anhelos de nuestra Iglesia continental.