Las escuelas públicas y privadas de nuestro país son la caja de resonancia donde tarde o temprano los chicos "descargan" esa suerte de turbulencia por la que atraviesan diariamente. El hecho que conmocionó al país en estos últimos días: un niño de la provincia de Corrientes, de 12 años, confesó que mató con un cuchillo a un compañero de 14 con el que estaba estudiando, porque éste lo molestaba. ¿Tenemos que pensar a la escuela como un reducto donde confluye la agresión producto de distintos frentes o como el espejo del pedido desesperado de una infancia y adolescencia que clama a gritos por la imposición de límites?
Hechos de violencia se registran cotidianamente en los establecimientos educativos, los hay de menor grado, como agresiones verbales, hasta agresiones físicas, que muchas veces comprometen la integridad de los chicos. Pero recién cuando algún caso "salta el cerco" de la escuela y se hace público –generalmente por la magnitud de los hechos– la atención de la opinión pública se acrecienta.
El último hecho de estas características que conmocionó al país se registró el pasado viernes en la localidad correntina de Ituzaingó. En un principio, el agresor dijo que su compañero había sido atacado por una persona encapuchada que luego de matarlo había huido. Algunas contradicciones en sus dichos hicieron que se ahonde en la investigación y finalmente el niño confesó haber sido el autor del asesinato. En tanto, el padre del menor fallecido comentó que el niño que admitió el crimen aseguró a la Policía que " no había cumplido su misión", por lo cual consideró que "seguían otros chicos" del mismo entorno escolar.
Anselmo Esteche reveló que el niño de 12 años que admitió haber matado a cuchilladas a su hijo Agustín pensaba "vengarse" de al menos tres menores que asistían a la escuela Juan Bautista Alberdi de Ituzaingó. Al parecer, en la casa del agresor había "dos fosas preparadas para esconder los cuerpos".
La tragedia de Carmen de Patagones había sido la última bofetada fuerte que habíamos recibido como sociedad. Hoy es el hecho sucedido en Corrientes. Pero estos casos no son los únicos; lamentablemente los casos de agresión escolar son una constante. Una pequeña charla con directivos de instituciones educativas nos puede dar la pauta de la magnitud del fenómeno.
Marcela Aguirre, psicoanalista, al acercarse a la problemática opina que "los chicos tienen muy pocos lugares donde estar fuera de la casa, la escuela es el espejo de lo que ocurre". Al mismo tiempo señala que " en un polo la escuela funciona como comedor, en el otro como ‘aguantadero’ para que los padres puedan dejar a los chicos desde edades cada vez más tempranas. En diferentes ámbitos y de distintas maneras a los chicos les pasan las mismas cosas".
En tanto, Fernando Osorio, psicoanalista, docente en la Facultad de Derecho de la UBA y autor del libro "Violencia en las escuelas" menciona que "otros modelos diferentes a la familia tipo surgieron como reflejo de la modernidad tardía o posmodernidad de los últimos 30 años. Esos modelos empiezan a tener incidencia social y los efectos se manifiestan en las aulas" y acota que "los docentes enfrentan padres con otra conformación: madres solas, adolescentes, homosexuales, casos en los que no aparece el padre biológico, sino la pareja de la madre y conviven en la escuela hermanos de diferentes padres. Y hay que decidir si son hermanos, hermanastros, sumar nueva terminología. Todo esto genera mucha tensión y hostilidad".
Desde otro lugar, en el trabajo del Instituto Internacional de Políticas Educativas (IIPE) "Violencia en ámbitos educativos" se cita a María Inés Bringiotti, especialista en maltrato infantil, que advierte que en momentos que la violencia se halla instalada en la sociedad, es posible caer en la tentación apresurada de referirnos a ella como propia de estos años, como si fuese mayor que en épocas pasadas. La autora juzga que lo que ocurre actualmente pasa por "la mayor sensibilidad de ciertos sectores sociales hacia los derechos humanos, de la niñez y de ciertos grupos minoritarios y la implementación de programas de detección de distintos tipos de abusos han disminuido la tolerancia hacia la violencia".
En el mismo trabajo del IIPE, la asistente social Graciela Ferrari diferencia distintas formas de violencia según las edades de los alumnos y los niveles educativos a los que asisten. "A los más chicos les cuesta mucho poner palabras y actúan mucho desde la inmediatez, pero también tienen una mayor plasticidad para la escucha, para la reparación de sus acciones violentas. Cuando esto no es trabajado preventivamente se va instalando como un estereotipo y en el segundo ciclo aparecen disparados los fenómenos graves de violencia. En el tercer ciclo aparece el fenómeno de la barra y la vendetta. Si hay algo que molesta a un adolescente, se comienza la pelea en el aula, se sigue en el recreo y se termina en la calle. Y cuando aparece la policía puede terminar de la peor forma".
En consonancia con el análisis de Ferrari en relación con la explosión de violencia en el segundo ciclo, el médico y psicólogo Claudio Jonas explicó que "es frecuente que en el ámbito escolar se destape, alrededor de los 9 años, una seguidilla de juegos cada vez más violentos, en el que se involucran con más fuerza los varones y cuyos destinatarios sean los propios compañeros y compañeras".
Quiero hacer un aporte más a esta reflexión, en este caso con la visión de Gustavo Iaies, presidente del Centro de Estudio de Políticas Públicas, especialista en educación, para quien la demanda de los chicos reside en "la dificultad de los adultos en poner límites; a los padres les está costando mucho hacer de padres y los pibes terminan construyéndose uno propio".
Según mi modesto juicio, a muchos adultos les falta "trabajar" el eje de responsabilidad. Considero que la violencia que exteriorizan nuestros niños y adolescentes parte de una omisión o abandono del rol de los adultos –ya sea de progenitores como educadores – como formadores de legalidades y mecanismos de autorregulación.