Si tuviera que irse a vivir a una isla desierta, ¿qué libro llevaría?... Insertos en la era digital, seguramente la pregunta se vería acotada: Si tuviera que irse a vivir a una isla desierta, ¿qué objetos llevaría? ¿Responderíamos, entonces, "mi computadora portátil, mi celular"? ¿Y el libro? Seguramente habrá un libro, ¿pero cuál? La lectura es un acto emancipador, más allá de los títulos que se elijan.
En la declaración espontánea de los lectores, el origen del hábito de leer es desconocido y la lectura aparece ligada únicamente a aspectos positivos. Con expresiones metafóricas asociadas a la nutrición, la vitalidad o el desarrollo personal, los lectores manifiestan el gusto por la lectura, que resulta una actividad "tan vital como mirar un árbol", "un crecimiento", "un alimento" o "una compañía". La lectura enseña a pensar, abre la mente, deja volar la imaginación, desconecta de los problemas cotidianos, opinan. El ritmo de las actividades condiciona también el tipo de lectura: en las vacaciones, como dice una mujer joven, "compro novelas... románticas o metafísicas; durante el año no, busco cosas que me resuelvan problemas".
La práctica de la lectura por obligación está vinculada al estudio y al trabajo. El colegio secundario es el lugar por excelencia de la lectura impuesta, "sin espacio para la creatividad ni la libertad de elección". Para los jóvenes, la imposición alcanza también a muchas materias de la carrera universitaria. En otro sentido, la lectura por obligación aparece asociada a la consulta de varios libros simultáneamente, algo que no ocurre cuando se lee por placer. El ritmo de la lectura placentera es, normalmente, de un libro por vez; el de la lectura obligada admite la diversidad, el fragmento, y la diversificación de las fuentes.
El lector moderno lee solo, en recogimiento. Eventualmente lo hace en su oficina, pero también en la calle, en un café, en la playa. Poco le importan el ruido, los movimientos ajenos, el estorbo de las charlas externas. Basta que esté tranquilo, listo, disponible. Es cierto que todo depende de las distintas culturas, es decir de las costumbres.
¿Dónde se adquiere un libro?... Más allá de sus atributos o variaciones, la librería, entendida como local a la calle que expende obras, se destaca netamente en la imaginación popular sobre los demás puntos de venta. La impresión es que el libro requiere su entorno, su contexto, y la librería lo provee de un modo insustituible. Como lo confirma un relevamiento de la Cámara del Libro, muy poca gente exhibió experiencia de comprar libros en lugares alternativos a las librerías1.
Los habitúes de las librerías están de acuerdo en algunas preferencias. Ante todo, expresan, implícitamente, que la visita a la librería, concluya o no en una compra, tiene un tiempo y un clima que deben ser rigurosamente preservados. Tranquilidad y sosiego es lo que busca el que visita una librería: "uno tiene que estar tranquilo para leer y elegir"; también manifiestan un sentimiento característico respecto del vendedor, de quien se espera circunspección y silencio. Sin estas cualidades, todo puede echarse a perder: "si el vendedor me apura -dice un entrevistado- me voy y no compro".
¿Cuándo fue la última vez que visitó una biblioteca pública? Es cierto que muy pocos lectores concurren a ellas; un estereotipo bastante generalizado asimila la biblioteca pública a un anexo de la escuela secundaria o la universidad: se concurre allí para preparar deberes o trabajos prácticos. El placer está erradicado del espacio público bibliotecario: en la biblioteca no hay novelas, ni cuentos, ni la historia viva de un país. Según la visión predominante, hoy la biblioteca es un lugar para la lectura por obligación, vinculada casi exclusivamente al estudio.
Todo este entramado de relaciones que circundan el concepto de lectura tienen que ver con la forma en que se perciben la oralidad y la escritura en las diferentes épocas.
En la antigua Grecia, la lectura fue originalmente oral, en voz alta ante un auditorio(destacando bien letras y sílabas), antes de pasar a ser silenciosa, es decir individual. El paso de la lectura en alta voz -que convoca la crítica y el debate en un espacio "público"- a la lectura silenciosa, que sólo se hace pública con posterioridad, constituye un momento significativo en la transformación de las costumbres, así como en la definición de los términos "público" y "privado", "comunidad" e "individuo" y en los métodos de adquisición del saber.
En la antigua Grecia se distinguen posiciones contrastadas entre un saber que se expresa oralmente y otro que requiere el apoyo de una grafía. Muchos textos de Platón exaltan la superioridad del conocimiento no escrito (la escritura, texto registrado, es una coartada de la memoria y provoca pereza mental). Además, el lector se encuentra en una posición subalterna; está sujeto al texto que lee, hasta convertirse en esclavo del escribiente.
La relación lector/escribiente es la de un alumno sometido a su maestro. En griego se le llama sin rodeos katapugon (sodomizado). El escribiente se encuentra en posición de fuerza ante el otro, pero la escritura para él es un hecho de sustitución, una mala copia de la memoria. De donde el epíteto despectivo que le lanzara Platón a Aristóteles: "Es un lector". Donde hoy veríamos un elogio, desciframos una reprobación.
En la Edad Media, el comentador de los textos sagrados o inobjetables no se desvía ni un milímetro del camino trazado. Para recuperar el significado del espacio público es entonces necesario rebelarse contra esa lectura sumisa y apelar al concepto de interpretación.
La interpretación es una lectura crítica, una relectura. Es por esto que podría ser infinita, dado que cada texto exige una interpretación, que a su vez será interpretada, etc. La interpretación es un elemento decisivo del espacio público, libre y crítico. Sin embargo el problema no se circunscribe a las capacidades del intérprete: habría que ver si el espacio público -el del Siglo de las Luces prevaleciente hasta ahora- existe todavía. En realidad cambió; de ahora en más está fragmentado al extremo, hasta diluido. Todo es siempre comentario. No existe un texto inicial, absoluto, garante definitivo de una verdad por descubrir2.
Pero la lectura sigue siendo algo "mágico". Muy acertadas son las palabras de Beatriz Sarlo que al referirse al acto de leer reflexiona: "es una emancipación más allá o más acá de los libros; en el fin de la infancia, puede ser una fuerza secreta, que marca diferencias y también anuda amistades". Y en otro tramo de su alocución enfatiza que "si la lectura fuera entendida como lo que realmente puede llegar a ser (algo descontrolado), tendría más popularidad entre los adolescentes y se evitaría el sermoneo de los adultos que aconsejan leer como si fuera un régimen de comida sana".
...¿Qué libro se llevaría si se fuera a una isla desierta? Seguramente aquel que le permita combinar el secreto, la concentración, los recuerdos, la distracción y la deriva por espacios inconmensurables de la subjetividad.