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Editorial SAN PABLO
 
Psicología

 

Inmadurez afectiva

No siempre aparentamos lo que somos. A veces somos lo que nuestra inmadurez nos permite.

Pensando en el tema, viene a mi mente la imagen de la fruta en el árbol y el signo de madurez: la caída natural del fruto.

Ahí, en este punto, rumiaba la importancia de la sabia de la planta que alimenta, sin que lo veamos, al fruto. Es interno, no es visible el proceso, sí el resultado.

Y a la vez preguntando, uno sabe que hay frutas que son sacadas verdes y maduran fuera de la planta.

Pude probar una manzana de Río Negro que maduró en la planta. Uno la mira y la compara, el color, la textura de su exterior, a simple vista no se diferencia de la que maduró fuera de la planta. Pero si nos detenemos y la apreciamos en un sentido más allá de las apariencias, se nos revela otra realidad. La fruta que hizo su proceso interior tiene un aroma que la diferencia, y el sabor…. Ącuan diferente es! Al parecer, puede apreciar con mis sentidos la esencia de esa manzana.

La comparación nos es útil. Quizás, en muchas fachadas de nuestras vidas somos aparentemente maduros. Pero es en lo interior donde nos podemos dar cuenta de que falta un verdadero proceso con la sabia de la vida.

Nuestro proceso humano dista mucho de ser medido por las manifestaciones externas del rostro, por la decoloración paulatina del cabello o por la incorporación de nuevas arrugas.

Tampoco es madurez, ciertamente integrada, la que se ha fijado en desarrollar solo una parte de nuestro ser.

Siguiendo con la comparación, en las cámaras frigoríficas, todos, en masa, maduran con los mismos elementos, todos de la misma manera.

El proceso humano, y esto es tan importante poder saberlo, reconocerlo, sostenerlo y afirmarlo, es personal, único e irrepetible. Los tiempos de cada uno son los que aseguran un proceso adecuado.

Además, tenemos que madurar como un todo. Una unidad en lo biológico, lo intelectual, lo psicológico, lo afectivo.

ŋCuál es el alimento de nuestras vidas?

En la afectividad se ensamblan lo sensible y lo espiritual de la persona. Es como el lazo de ambas dimensiones.

La perfección y plenitud de la persona lleva al desarrollo integral y armónico de todas sus dimensiones, también de la afectiva. De manera que una persona madura no es sólo la eficiencia y preparación, sino también, y fundamentalmente, la que posee una voluntad educada para el amor, una inteligencia que busca la verdad, y unos sentimientos forjados por la virtud. Todos ello integrados.

La vida tampoco es solamente desarrollo, sino proyecto y, por lo tanto, libertad y sentido de existencial, las categorías evolutivas psicológicas pueden quedarse sólo en la superficie.

En un proceso de personalización sana, la vida se percibe como proyecto, no sólo como ensoņación. Una imagen integrada, en diálogo con lo histórico, con el presente y con el futuro.

"Si en el desarrollo de un niņo no se ha logrado superar los ‘niveles psicológicos primitivos'; si hay una ‘carencia de diferenciación entre yo y no-yo’, estaremos ante un ‘adolescente en crisis’. (José Bleger)

La madurez como la conversión exigen un proceso de síntesis entre realismo y esperanza, conciencia de la relatividad de todo y amor desinteresado, fidelidad al proyecto. Integración.

La autonomía verdadera va bien con el sentimiento de abandono en el otro. Amor que pudo reconocer y amar la diferencia.

Es signo de madurez asumir las culpas, sin justificarlas, y valorarse positivamente a sí mismo.

Pero el principio de un crecimiento profundo está muy relacionado a la cantidad de momentos de interioridad que nos vamos regalando en estos tiempos en donde todo es hacer y tener.

Seamos fieles a nuestra esencia. Somos espíritus encarnados. Sin la sabia de la interioridad somos sólo una madurez en apariencia.

 



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