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El mundo tiene necesidad de esperanza; estamos viviendo la asfixia del miedo y la parálisis del pesimismo. Lo que sucede en el mundo de los jóvenes lo demuestra claramente: los adolescentes y los jóvenes tratan de evadirse de los problemas que los oprimen (discotecas, droga, sexo). ¿Para qué vivir? ¿Qué sentido tiene la vida? Lamentablemente no encuentran en los adultos un clima de serenidad y de alegría, de solidaridad y de comunión, que los impulse a esperar. Afortunadamente van surgiendo jóvenes nuevos con capacidad de asumir la profecía de la esperanza. Lo hemos visto en las diversas celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud; pero lo vemos, más cercanamente, en las múltiples celebraciones juveniles a nivel local: diócesis, parroquias, asociaciones, movimientos, grupos. Y no son simplemente celebraciones esporádicas o improvisadas. Son encuentros bien preparados y realizados en un clima de oración, de reflexión y de compromiso;
La juventud es la esperanza del mundo y de la Iglesia no sólo porque representa el futuro, sino y principalmente porque es una realidad ya presente y operante en la historia. Los jóvenes de hoy no sólo se preparan para actuar en el futuro, sino que lo preparan participando activamente en la edificación de la comunidad cristiana y en la construcción de la nueva sociedad. Por eso la necesidad de ir abriendo nuevos espacios de participación para los jóvenes y la urgencia de pensar en su formación integral: humana y espiritual, intelectual y apostólica, social y política. Hay mucho camino que recorrer en este sentido; pero, gracias a Dios, hay una disponibilidad muy grande, tanto en los jóvenes como en los adultos, para acoger y para dar. No tenemos tiempo para perder "en esta magnífica y dramática hora de la historia" (Ch.L. 3). Todos, en la Iglesia, tenemos que sentirnos deudores los unos de los otros; deudores, además, del mundo que espera la trasparencia de nuestro testimonio y la eficacia evangélica de nuestra presencia. Deudores de Dios. Nos invitan las palabras del Señor en su Evangelio: "Id también vosotros a mi viña" (Mt 20, 3-4), "Id y proclamad el Evangelio" (Mc 16,15). Es el Señor mismo quien nos llama y nos envía a todos: jóvenes y adultos, niños y ancianos, religiosos y religiosas, fieles laicos, presbíteros y obispos. Es la hora de la esperanza vivida en una Iglesia joven permanentemente renovada por el Espíritu de Pentecostés. Iglesia evangelizada y evangelizadora.
Quiera la Virgen -la joven, imagen y principio de la Iglesia- acompañar y hacer fecundo este camino.
Eduardo F. Card. Pironio
Roma, 25 de febrero de 1992

El Instituto Nacional de Formación de Pastoral de Juventud "Cardenal Eduardo Francisco Pironio" es un organismo de la Pastoral Juvenil Nacional de la Conferencia Episcopal Argentina.
Más información: http://pastoraldejuventud.org.ar/instituto/
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