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Una Iglesia made in USA:
LOS MORMONES

Presentamos una nota informativa sobre la "Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días", cuyo adeptos son mejor conocidos como Mormones. Se trata de una secta no cristiana, aunque de origen protestante, fundada en el siglo XIX por Joseph Smith (1805-1844), que consignó los artículo de fe en su Libro del Mormón (1830). 

 

A Smith le sucedió Brigham Young (1801-1877), quien condujo la comunidad perseguida hacia las Montañas Rocosas y fundó la Salk Lake City y el Estado de UTAH. Al comienzo practicaron la poligamia, que sucesivamente fue abolida. En su fe, esperan la vuelta de Cristo que, al final de los tiempo, fundará con ellos el Reino milenarista.

Las Olimpíadas invernales pasan, pero la Iglesia de los mormones sigue. Su medalla de oro la ha conquistado hace tiempo, como la religión de mayor éxito en la historia moderna. Hoy los mormones en el mundo son cerca de 11 millones, de los cuales 5 millones están en Usa. Nacida en América y organizada con criterios administrativos, no sorprende que sea considerada "la única verdadera religión americana". Y si las previsiones no exageran, en el 2040 serán 50 millones, y en el 2080 tal vez el doble (sólo el Islam, en su tiempo, se extendió con tanta rapidez).

No está mal para un grupo de 148 personas, llegadas hace 155 años con pocos enseres a las orillas de un gran lago salado entre las Montañas Rocosas, en un área habitada por pocos indígenas americanos, y que por más de un siglo fueron perseguidos y mirados con sospecha. ¿Qué tienen en común aquellos pioneros que soñaban fundar "el reino de Dios en la tierra", con los mormones de hoy, que votan por la derecha, ofrecen todo su tiempo libre a las actividades de su Iglesia y envían a sus hijos varones con saco y corbata para hacer prosélitos entre los otros cristianos para convertirlos a la "Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días" (como suena su nombre completo)?

Los santos, obviamente, son tan sólo los fieles del verbo mormón, que tienen en Salt Lake City, en el estado del Utah, su "Vaticano", o mejor dicho, la gerencia (management) ejecutiva, como conviene a una grande empresa que apoya todo sobre la organización interna y sobre la motivación de sus propios fieles. Y no cabe duda que las motivaciones para adherirse a las rígidas normas de la Iglesia mormón deben ser muy fuertes. ¿Cómo explicar si no las casi 40 horas semanales de voluntariado, o el 10 % del sueldo aportado a la caja común de la misma Iglesia, o la abstinencia general de bebidas alcohólicas (incluyendo vino y cerveza) y bebidas con cafeína (no se salva siquiera la americanísima Coca Cola)?

Non es fácil echar una mirada al interior de esta religión, a primera vista tan semejante a muchas Iglesias protestantes, pero también tan alejada teológicamente del cristianismo tradicional. Tiene una rígida jerarquía que esquiva la publicidad. En ella los obispos son el nivel más bajo, como responsables de las comunidades, cuya cúpula está formada por un grupo de ancianos llamados apóstoles, que son también doce naturalmente, entre los cuales se distinguen tres consejeros del apóstol más anciano, quien hace de presidente. Su nombre es Gordon Himckley, tiene 91 años, y es respetado como un profeta, ya que, según el credo mormón, tiene un contacto directo con Dios.

Poco antes de que Salt Lake City diera hospedaje a las Olimpíadas invernales ante 300 millones de telespectadores en cada rincón del mundo, Himkley hizo un discurso a sus fieles, en el cual les proponía aprovechar la ocasión de las competiciones para revelar al mundo el verdadero rostro de su Iglesia: no el de una secta de beatones proclives a la poligamia y a la depresión, obsesionados por una labor diaria de adoctrinamiento para los eventuales neoconvertidos; sino más bien una Iglesia globalizada, que ha alcanzado los extremos confines de la tierra, dinámica y abierta, pero sobre todo moderna y eficiente. Una Iglesia totalmente integrada en el progreso capitalista occidental..., o sea, la flor y nata de la América religiosa.

Por eso no se encuentran fácilmente mormones dispuestos a hablar sobre los oscuros orígenes del movimiento, o sobre la muerte violenta de su fundador Joseph Smith, o sobre las intrigas políticas y matrimoniales de Brigham Young, el primero y verdadero líder de la Iglesia mormón, cuya estatua campea en el centro de la capital del Utah, justo delante del Tabernáculo de la Plaza del Templo. Casado 27 veces, Young fue al mismo tiempo el jefe espiritual de los "santos" y el supremo guía político de los pioneros mormones en los tiempos en que Utah era todavía una provincia de México, siempre en pie de guerra con los Estados Unidos.

Al nombre de Brigham Young está dedicada la única universidad, propiedad de la Iglesia mormón, que se encuentra en Provo, y el seminario anexo, no para preparar sacerdotes (todo varón mormón de 18 años tiene acceso a la dignidad sacerdotal), sino para los misioneros, que son enviados de dos en dos a predicar al mundo el mensaje de Mormón. Estos misioneros son el medio tradicional de que se sirve la Iglesia para hacer prosélitos y expandirse.

Pero, ¿cuál es el mensaje de Mormón? ¿Y quién es el joven visionario-fundador Joseph Smith que le ha dado existencia? Nacido en 1820 en Manchester, en el estado de Nueva York, el entonces quinceañero Joseph Smith tuvo una visión en un bosque: "Vi una columna de luz sobre mi cabeza - escribió más tarde en el Libro de Mormón - más resplandeciente que el sol..." Se le aparecieron dos figuras, a las que el joven identificó como Dios y Jesús, quienes le aconsejaron no entrar en las Iglesias entonces existentes, "porque todas son abominables para nosotros". Visitado algún año más tarde por el ángel Moroni, Smith es guiado al descubrimiento de dos tablas de oro y la clave para traducir, al inglés, su contenido escrito en una lengua egipcia antigua inaccesible a los profanos.

La revelación de Mormón sería la traducción de estas tablas, que el ángel se llevó consigo, en las cuales se narra la historia de algunas tribus israelitas que de algún modo arribaron al nuevo continente y a las que se habría aparecido el mismo Jesucristo resucitado. Mormón, según el relato, era el líder de una de estas tribus, de las cuales ningún arqueólogo ha encontrado trazas en el suelo americano. Con todo, la revelación de Smith sería una especie de nuevo mandato divino para restaurar la verdadera cristiandad mediante la Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos tiempos. Por el contrario Smith transcurrió sus últimos días intentando hacerse conocer como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, pero una turba enfurecida lo habría metido en prisión, y luego habría sido linchado en Illinois el año 1844. Sólo tres años después, el fidelísimo Brigham Young, carpintero de oficio, entraba con los pioneros prófugos en el valle de Salt Lake, donde se establecería el centro espiritual, político y organizativo de la nueva religión.

El asesinato de Smith sería lógico que desencadenara una historia de persecución contra la nueve fe; sin embargo, como sucede a menudo, en lugar de acobardar a los nuevos adeptos, los animó más todavía convenciéndolos, Biblia en mano, de ser el nuevo pueblo de Israel destinado por Dios a una nueva tierra prometida, la landa inexplorada de la nueva frontera americana, que los pioneros estaban dispuestos a defender con la sangre propia y ajena.

En este contexto se sitúa el capítulo oscuro de la historia de los mormones. Y no es el caso bien conocido de la expansión de la poligamia, sino el asalto a una caravana de otros pioneros provenientes del Arkansas con dirección a California en el 1857, y la consiguiente masacre de hombres, mujeres y niños. A los históricos oficiales del mormonismo no les gusta hablar de esa masacre ni de la poligamia como práctica, no sólo tolerada, sino promovida en los primeros decenios, pues desde 1989 fue proscrita oficialmente y los polígamos eran excomulgados. Sin embargo se calcula que todavía hoy entre 20 mil y 60 mil personas practican ocultamente la poligamia en USA, en frecuentes conflictos con los líderes de la Iglesia mormón como con las autoridades federales.

Pero no es éste el rostro de los mormones que los atletas y periodistas han visto en Utah con ocasión de los juegos olímpicos. Su verdadero rostro es más bien una estructura religiosa compleja y bien organizada, fundada sobre la vida familiar, sobre la lectura de los textos sagrados, sobre la actividad caritativa (que al ser privada, es una de las mejores del país) y sobre una intensa participación en las actividades comunitarias. La robustez financiera de la Iglesia mormón se sostiene con un ingreso de más de 600 millones de dólares al año, a los que suman un patrimonio de más de 3,500 millones de euros y un millón de acres de tierra. Aquí está la clave de su éxito, que se mide esencialmente por el número de conversiones.

Si en América crecen al ritmo del 225%, en el resto del mundo el número de prosélitos no es menos impresionante. El eslogan adoptado en vista de las Olimpíadas era sencillo y en sintonía con la tendencia de la cultura americana: "Ser fuertes a través de la diversidad". Un intento para reducir la cuota de americanidad e incrementar el color de los nuevos mormones de origen sudamericano, asiático y africano. Pero se trata de color make up. La esencia teológica y el orden jerárquico persisten los mismos de siempre, y quizás proporcionan la mejor explicación del éxito de esta Iglesia, sintomáticamente paralelo a la pérdida de fieles de casi todas las demás confesiones cristianas.

Los mormones creen efectivamente en el eterno progreso del alma humana que, gracias a la vida de santidad de su Iglesia, puede avanzar hasta el punto de volverse literalmente "como Dios". Smith enseñaba que Dios en un tiempo no era más que un hombre, que supo elevarse a las más sublimes alturas. Además tiene un cuerpo físico, está casado y engendra hijos. Potencialmente todos "nos hacemos divinos", y la vida eterna está constituida por una "pluralidad de dioses, todos libres y felices de crear mundos a su gusto". De esta felicidad eterna nadie está excluido. De hecho también aquellos que han nacido antes de Smith pueden acceder a la comunión de los mormones a través de un bautismo póstumo retroactivamente celebrado por los "santos" en sus templos (de los cuales los no mormones son rígidamente excluidos).

Habrían sido así rescatados para el cielo smithiano los padres peregrinos y las más grandes mentes de la humanidad, en un en un abrazo ecuménico que produce una mueca en todos los teólogos no mormones del mundo. Pero de poco vale: la libertad de culto en USA es ilimitada, y si esto implica el bautismo mormón para Shakespeare y Lincoln, para las víctimas de la Shoah y para los mismos Papas difuntos, nadie puede hacer nada. En conclusión: Las Olimpíadas son ya un recuerdo; pero el mormonismo apenas ha empezado. Se puede apostar que Salt Lake City dará mucho que hablar todavía.

Massimo Giuliani

 

(En Jesus, Año XXIV, n° 6, Milán, San Paolo, junio 2002, traducción: P. Santiago Bonomini, ssp)  

 

 

 

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Última modificación: 29 de July de 2002