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A Smith
le sucedió Brigham Young (1801-1877), quien condujo la comunidad
perseguida hacia las Montañas Rocosas y fundó la Salk Lake City y
el Estado de UTAH. Al comienzo practicaron la poligamia, que
sucesivamente fue abolida. En su fe, esperan la vuelta de Cristo que, al
final de los tiempo, fundará con ellos el Reino milenarista.
Las Olimpíadas
invernales pasan, pero la Iglesia de los mormones sigue. Su medalla de oro
la ha conquistado hace tiempo, como la religión de mayor éxito en la
historia moderna. Hoy los mormones en el mundo son cerca de 11 millones,
de los cuales 5 millones están en Usa. Nacida en América y organizada
con criterios administrativos, no sorprende que sea considerada "la
única verdadera religión americana". Y si las previsiones no
exageran, en el 2040 serán 50 millones, y en el 2080 tal vez el doble
(sólo el Islam, en su tiempo, se extendió con tanta rapidez).
No está mal
para un grupo de 148 personas, llegadas hace 155 años con pocos enseres a
las orillas de un gran lago salado entre las Montañas Rocosas, en un
área habitada por pocos indígenas americanos, y que por más de un siglo
fueron perseguidos y mirados con sospecha. ¿Qué tienen en común
aquellos pioneros que soñaban fundar "el reino de Dios en la
tierra", con los mormones de hoy, que votan por la derecha, ofrecen
todo su tiempo libre a las actividades de su Iglesia y envían a sus hijos
varones con saco y corbata para hacer prosélitos entre los otros
cristianos para convertirlos a la "Iglesia de Jesucristo de los
santos de los últimos días" (como suena su nombre completo)?
Los santos,
obviamente, son tan sólo los fieles del verbo mormón, que tienen en Salt
Lake City, en el estado del Utah, su "Vaticano", o
mejor dicho, la gerencia (management) ejecutiva, como conviene a
una grande empresa que apoya todo sobre la organización interna y sobre
la motivación de sus propios fieles. Y no cabe duda que las motivaciones
para adherirse a las rígidas normas de la Iglesia mormón deben ser muy
fuertes. ¿Cómo explicar si no las casi 40 horas semanales de
voluntariado, o el 10 % del sueldo aportado a la caja común de la misma
Iglesia, o la abstinencia general de bebidas alcohólicas (incluyendo vino
y cerveza) y bebidas con cafeína (no se salva siquiera la americanísima
Coca Cola)?
Non es fácil
echar una mirada al interior de esta religión, a primera vista tan
semejante a muchas Iglesias protestantes, pero también tan alejada
teológicamente del cristianismo tradicional. Tiene una rígida jerarquía
que esquiva la publicidad. En ella los obispos son el nivel más bajo,
como responsables de las comunidades, cuya cúpula está formada por un
grupo de ancianos llamados apóstoles, que son también doce naturalmente,
entre los cuales se distinguen tres consejeros del apóstol más anciano,
quien hace de presidente. Su nombre es Gordon Himckley, tiene 91
años, y es respetado como un profeta, ya que, según el credo mormón,
tiene un contacto directo con Dios.
Poco antes de
que Salt Lake City diera hospedaje a las Olimpíadas invernales
ante 300 millones de telespectadores en cada rincón del mundo, Himkley
hizo un discurso a sus fieles, en el cual les proponía aprovechar la
ocasión de las competiciones para revelar al mundo el verdadero rostro de
su Iglesia: no el de una secta de beatones proclives a la poligamia y a la
depresión, obsesionados por una labor diaria de adoctrinamiento para los
eventuales neoconvertidos; sino más bien una Iglesia globalizada, que ha
alcanzado los extremos confines de la tierra, dinámica y abierta, pero
sobre todo moderna y eficiente. Una Iglesia totalmente integrada en el
progreso capitalista occidental..., o sea, la flor y nata de la América
religiosa.
Por eso no se
encuentran fácilmente mormones dispuestos a hablar sobre los oscuros
orígenes del movimiento, o sobre la muerte violenta de su fundador Joseph
Smith, o sobre las intrigas políticas y matrimoniales de Brigham
Young, el primero y verdadero líder de la Iglesia mormón, cuya
estatua campea en el centro de la capital del Utah, justo delante
del Tabernáculo de la Plaza del Templo. Casado 27 veces, Young fue
al mismo tiempo el jefe espiritual de los "santos" y el supremo
guía político de los pioneros mormones en los tiempos en que Utah era
todavía una provincia de México, siempre en pie de guerra con los
Estados Unidos.
Al nombre de Brigham
Young está dedicada la única universidad, propiedad de la Iglesia
mormón, que se encuentra en Provo, y el seminario anexo, no para
preparar sacerdotes (todo varón mormón de 18 años tiene acceso a la
dignidad sacerdotal), sino para los misioneros, que son enviados de dos en
dos a predicar al mundo el mensaje de Mormón. Estos misioneros son el
medio tradicional de que se sirve la Iglesia para hacer prosélitos y
expandirse.
Pero, ¿cuál es
el mensaje de Mormón? ¿Y quién es el joven visionario-fundador Joseph
Smith que le ha dado existencia? Nacido en 1820 en Manchester, en el
estado de Nueva York, el entonces quinceañero Joseph Smith tuvo
una visión en un bosque: "Vi una columna de luz sobre mi cabeza -
escribió más tarde en el Libro de Mormón - más resplandeciente que el
sol..." Se le aparecieron dos figuras, a las que el joven identificó
como Dios y Jesús, quienes le aconsejaron no entrar en las Iglesias
entonces existentes, "porque todas son abominables para
nosotros". Visitado algún año más tarde por el ángel Moroni, Smith
es guiado al descubrimiento de dos tablas de oro y la clave para traducir,
al inglés, su contenido escrito en una lengua egipcia antigua inaccesible
a los profanos.
La revelación
de Mormón sería la traducción de estas tablas, que el ángel se llevó
consigo, en las cuales se narra la historia de algunas tribus israelitas
que de algún modo arribaron al nuevo continente y a las que se habría
aparecido el mismo Jesucristo resucitado. Mormón, según el relato, era
el líder de una de estas tribus, de las cuales ningún arqueólogo ha
encontrado trazas en el suelo americano. Con todo, la revelación de Smith
sería una especie de nuevo mandato divino para restaurar la verdadera
cristiandad mediante la Iglesia de Jesucristo de los santos de los
últimos tiempos. Por el contrario Smith transcurrió sus últimos
días intentando hacerse conocer como candidato a la presidencia de los
Estados Unidos, pero una turba enfurecida lo habría metido en prisión, y
luego habría sido linchado en Illinois el año 1844. Sólo tres años
después, el fidelísimo Brigham Young, carpintero de oficio,
entraba con los pioneros prófugos en el valle de Salt Lake, donde
se establecería el centro espiritual, político y organizativo de la
nueva religión.
El asesinato de Smith
sería lógico que desencadenara una historia de persecución contra la
nueve fe; sin embargo, como sucede a menudo, en lugar de acobardar a los
nuevos adeptos, los animó más todavía convenciéndolos, Biblia en mano,
de ser el nuevo pueblo de Israel destinado por Dios a una nueva tierra
prometida, la landa inexplorada de la nueva frontera americana, que los
pioneros estaban dispuestos a defender con la sangre propia y ajena.
En este contexto
se sitúa el capítulo oscuro de la historia de los mormones. Y no es el
caso bien conocido de la expansión de la poligamia, sino el asalto a una
caravana de otros pioneros provenientes del Arkansas con dirección a
California en el 1857, y la consiguiente masacre de hombres, mujeres y
niños. A los históricos oficiales del mormonismo no les gusta hablar de
esa masacre ni de la poligamia como práctica, no sólo tolerada, sino
promovida en los primeros decenios, pues desde 1989 fue proscrita
oficialmente y los polígamos eran excomulgados. Sin embargo se calcula
que todavía hoy entre 20 mil y 60 mil personas practican ocultamente la
poligamia en USA, en frecuentes conflictos con los líderes de la Iglesia
mormón como con las autoridades federales.
Pero no es éste
el rostro de los mormones que los atletas y periodistas han visto en Utah
con ocasión de los juegos olímpicos. Su verdadero rostro es más bien
una estructura religiosa compleja y bien organizada, fundada sobre la vida
familiar, sobre la lectura de los textos sagrados, sobre la actividad
caritativa (que al ser privada, es una de las mejores del país) y sobre
una intensa participación en las actividades comunitarias. La robustez
financiera de la Iglesia mormón se sostiene con un ingreso de más de 600
millones de dólares al año, a los que suman un patrimonio de más de
3,500 millones de euros y un millón de acres de tierra. Aquí está la
clave de su éxito, que se mide esencialmente por el número de
conversiones.
Si en América
crecen al ritmo del 225%, en el resto del mundo el número de prosélitos
no es menos impresionante. El eslogan adoptado en vista de las Olimpíadas
era sencillo y en sintonía con la tendencia de la cultura americana:
"Ser fuertes a través de la diversidad". Un intento para
reducir la cuota de americanidad e incrementar el color de los
nuevos mormones de origen sudamericano, asiático y africano. Pero se
trata de color make up. La esencia teológica y el orden
jerárquico persisten los mismos de siempre, y quizás proporcionan la
mejor explicación del éxito de esta Iglesia, sintomáticamente paralelo
a la pérdida de fieles de casi todas las demás confesiones cristianas.
Los mormones
creen efectivamente en el eterno progreso del alma humana que, gracias a
la vida de santidad de su Iglesia, puede avanzar hasta el punto de
volverse literalmente "como Dios". Smith enseñaba que
Dios en un tiempo no era más que un hombre, que supo elevarse a las más
sublimes alturas. Además tiene un cuerpo físico, está casado y engendra
hijos. Potencialmente todos "nos hacemos divinos", y la vida
eterna está constituida por una "pluralidad de dioses, todos libres
y felices de crear mundos a su gusto". De esta felicidad eterna nadie
está excluido. De hecho también aquellos que han nacido antes de Smith
pueden acceder a la comunión de los mormones a través de un bautismo
póstumo retroactivamente celebrado por los "santos" en sus
templos (de los cuales los no mormones son rígidamente excluidos).
Habrían sido
así rescatados para el cielo smithiano los padres peregrinos y las
más grandes mentes de la humanidad, en un en un abrazo ecuménico que
produce una mueca en todos los teólogos no mormones del mundo. Pero de
poco vale: la libertad de culto en USA es ilimitada, y si esto implica el
bautismo mormón para Shakespeare y Lincoln, para las víctimas de
la Shoah y para los mismos Papas difuntos, nadie puede hacer nada.
En conclusión: Las Olimpíadas son ya un recuerdo; pero el mormonismo
apenas ha empezado. Se puede apostar que Salt Lake City dará mucho
que hablar todavía.
Massimo
Giuliani
(En
Jesus,
Año XXIV, n° 6, Milán, San Paolo, junio 2002, traducción: P. Santiago
Bonomini, ssp)
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