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Editorial SAN PABLO
 
Reflexión

Sacramentos | 15 de febrero de 2003
Pan y vino: ofrendas para la Eucaristía


Pan y vino constituyen la ofrenda para el sacrificio y son alimentos para el banquete de la Iglesia: la eucaristía.

 

Hambre y sed son necesidades primordiales del hombre. Sin alimento el hombre está condenado a morir: la alimentación es el precio de la vida. (¡Con cuanto horror gran parte de la humanidad vive esta realidad!).

 

El hambre y la sed son necesidades tan básicas que sirven para simbolizar muchos anhelos del hombre; se habla de "hambre de poder" "sed de riquezas"; "sed de conocimientos"...Jesús declaró felices a los que "tienen hambre y sed de justicia" y el salmo 63 (62) expresa "mi alma tiene sed de ti, Señor".

 

No es casualidad que Jesús se haya quedado entre nosotros (se haya ofrecido a nosotros) bajo las especies de pan y vino, como un "alimento" (son alimentos "básicos", "populares", llenos de simbolismo).

 

En primer lugar, toda alimentación implica que algo o alguien se sacrifique por nosotros: nuestra nutrición se realiza a costa de otros seres vivos (vegetales y animales).

 

El pan es el fundamental "signo" de la alimentación, de la vida: por eso decimos "ganarse el pan".

 

Pan y vino no se encuentran directamente en la naturaleza. Son el fruto del trabajo de muchos hombres a favor del hombre. La liturgia lo recalca: "Fruto de la tierra (de la vid) y del trabajo del hombre". Son una síntesis de las fatigas humanas.

 

Por eso mismo son "signos" comunitarios: están compuestos por muchos granos y son fruto de muchos "sudores", Además invitan a la "participación", "a la comunión con otros", no a comer o beber solos (en el interior del país ¡todavía! Se suele beber de la misma copa en señal de amistad y afecto).

 

El pan y el vino son complementarios: el pan responde al hambre, el vino la traspasa : es signo de fiesta y alegría.

 

Aunque los fieles ya no traigan de sus casas el pan y el vino (como se hacía en la primitiva Iglesia y se sigue haciendo en oriente), constituyen una "ofrenda" del hombre a Dios que Dios "devuelve" al hombre transformada en el cuerpo y la sangre de Jesús.

 

Cuando vemos el pan y el vino que llevan al altar algunos hermanos (es importante que sean los mismos fieles quienes cumplan este rito) y que el sacerdote ofrece levantándolos en una bandejita y una copa, pongamos en ellos todas nuestras "fatigas y alegrías" de cada día. Pensemos que Cristo se hará para nosotros comida y bebida a efectos de alimentarnos de un modo tan total que en adelante viviremos eternamente.

 

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre" (Jn.6.51)

 

El pan y el vino, alimentos básicos del hombre, estimulan nuestra hambre y sed de Dios vivo, de Jesucristo, el único que puede sostenernos para no recorrer como moribundos el camino cotidiano de la vida.

 

Ese pan que es Cristo se parte y se reparte de corazón entre sus hermanos y nos recuerda que hemos de aprender a repartir el pan terreno entre tantos hombres que carecen de él.

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