Liturgia | 1 de junio de 2013
Confiemos en el Corazón del Señor
Muy a menudo, la Iglesia enfatiza su deseo de llevar la Palabra de Dios a todos. Son muchos los que en la tarea de evangelizar se esfuerzan por aportar un granito de arena en la construcción del Reino. No obstante, a veces, este trabajo se torna difícil y hasta desgastante. Nos vienen las dudas y los interrogantes, ya que nos gustaría ver los frutos pronto, y estos no llegan. Pareciera que todo afán y sacrificio son estériles. Es aquí cuando, como discípulos de Jesús, hay que ser más conscientes de lo que implica nuestra misión, no exenta de dificultades. Al respecto, nos dice Jesús: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18, 27). La posibilidad que nos presenta Jesús es aquella que se traduce en la “confianza” que depositamos como hijos de Dios. Es cierto, que por muchas circunstancias de la vida, quisiéramos arrojar todo por la borda, pero hemos de saber que la misión no es fácil y es posible que llegue a convertirse en una carga, si solo la hacemos depender de nuestras propias fuerzas.
Los auténticos discípulos de Jesús han de tener conciencia de sus debilidades y, por esta razón, es necesario confiar en la gracia de Dios. En esta perspectiva, nos proyectamos para la Evangelización, sabedores de que aquello que nos caracteriza como hombres de Dios no son nuestros talentos o disposiciones naturales, sino nuestra firme convicción de imitar a Jesús. La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (Documento de Aparecida, n. 31).
Mantener una atenta mirada creyente, en los problemas y las exigencias de la vida y ver las dificultades, no nos debe atemorizar y desanimar, pues son inevitables. Las pruebas forman parte del camino para el crecimiento humano y el momento propicio para fortalecer nuestra confianza en Dios, haciéndolo partícipe de nuestras penas y también de las alegrías. Solo una sabiduría paciente y madura alentará al corazón para grandes cosas. Cosas que a la posteridad se manifiestan en gestos concretos de un “amor custodio”. Custodiar es preocuparse uno del otro. En la familia, los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y, con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Cuando el hombre falla en esta responsabilidad…, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido (Homilía del papa Francisco, en la ceremonia de inicio de su Pontificado). Sabemos que, en el corazón del hombre, se anidan las intenciones más sublimes, pero también las más viles. Solo en el corazón de Cristo el hombre encuentra paz y alivio. No seamos ilusos, transformemos nuestro corazón en el de Jesús, pues el suyo es consuelo de amor para quien recurre a él con confianza.