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Editorial SAN PABLO
 
Reflexión

Actitudes y gestos litúrgicos | 1 de agosto de 2011
Presentación de las ofrendas
Por Celia Escudero

Son muchas las consultas que recibimos referidas al momento litúrgico de la Presentación de las Ofrendas, a la que comúnmente se designa como Ofertorio.  La Iglesia hace varios años prefirió la expresión de Presentación de las Ofrendas ya que el ofrecimiento verdadero de la celebración eucarística es el del sacrificio de Cristo y sólo posible después de la consagración. 
Las consultas se suelen referir a la manera de hacerlo, y muchas veces se habla de signos para presentar en ese momento. Algunas prácticas pastorales y catequísticas válidas, con toda buena voluntad, se han introducido en este momento, no conociendo a fondo cual es el verdadero sentido de cada palabra y cada gesto de este momento. 
En primer lugar, la Presentación de las Ofrendas es el comienzo de la celebración de la Eucaristía y está directamente conectada  con la plegaria Eucarística, en la que se realiza la Consagración. Es el momento de acercar el pan y el vino con el agua al altar, Elementos con los que Jesús celebró la última cena. Este momento cambia el foco de la acción litúrgica. En la primera parte todo estaba centrado en el ambón, al comenzar la segunda parte la atención pasa al altar como centro. El objeto de atención fue el Libro, ahora todo se centra en los dones. 
Los dones son llevados al altar y es un rito muy antiguo. Si en un tiempo los fieles llevaban el pan y el vino de sus casas a la celebración, hoy la Iglesia nos dice que “el rito conserva igualmente su sentido y significado espiritual”. Este rito es la preparación necesaria para el momento culminante de la celebración. Los dones que el Señor nos ha dado, que hicimos nuestros, se los devolvemos los hombres como dones para el sacrificio. El sentido de esa ofrenda es que nos ofrecemos nosotros mismos, con el sacrificio de nuestra vida, en el esfuerzo por vivir como verdaderos hijos de Dios. Así con sinceridad podremos después unirnos al sacrificio de Cristo, la única ofrenda agradable a Dios.
Las ofrendas van unidas a la colecta. Ya en el siglo II San Justino decía que cuando los cristianos se reúnen para celebrar la Eucaristía, no pueden dejar de pensar en los más pobres y necesitados. Originalmente eran dones materiales que se llevaban al altar junto con el pan y el vino. A partir de la Edad Media fueron sustituidos por dinero.
Hay que conocer el verdadero significado, no puede haber verdadero sacrificio a Dios si no hay sacrificio respecto a los hermanos necesitados. Presentamos el pan y el vino, pero también otros dones para que todos puedan tener su “pan”. Nuestra comunión es compartir el pan de la Eucaristía y no será real y verdadera si no estamos dispuestos a compartir el pan de la vida, con todo lo que supone, de amor, entrega y sacrificio. Este es el sentido de las ofrendas y la colecta.
Por eso cuando muchos se afanan en encontrar un “signo” para llevar al altar, desconocen que además del dinero, lo que se lleve al altar, no puede ser algo “bonito” “novedoso” que luego se retira o deja de lado, solo se puede llevar un signo que exprese el amor y la preocupación por los que carecen de muchas cosas, aún de las más indispensables. Lo que se ofrece al Señor, es para siempre. En este detalle, seremos verdaderamente fieles a la más antigua y pura tradición de la Iglesia. La manera de celebrar este momento ha cambiado muchas veces a lo largo de la historia, pero siempre conservó el sentido original. 
Y el canto que puede acompañar este momento, será el que exprese mejor el ofrecimiento de los dones y de nuestra vida.

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