Lugares litúrgicos | 15 de agosto de 2002
El Templo
Es común verlo en todos los pueblos: frente a la plaza se destaca nítidamente "la Iglesia". También lo vemos en las ciudades y grandes urbes, en medio de la moderna edificación "acurrucados -muchas veces- a la sombra de los rascacielos. ¡Qué belleza y cuánto simbolismo tienen esas iglesias visibles desde una carretera por estar asentadas sobre montes y lomas! Ellas nos dicen que la fe no es sólo un asunto privado, sino un acontecimiento público.
"Dios no habita en templos hechos por manos de hombres", declara san Pablo a los atenienses (Hech. 17,24); y Jesús le dice a la samaritana que "los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad"(Jn. 4,23) y asegura que estará presente donde "dos o tres estén reunidos en su nombre" (Mt. 18,20).
Pero el pueblo de Dios necesita un lugar donde reunirse y celebrar. Por eso desde el siglo III los cristianos comenzaron a construir "iglesias". Es extraordinario que el lugar de la reunión haya tomado el nombre de su más profundo significado: la Iglesia.
¡La "iglesia" es el símbolo de la Iglesia!
En ese lugar se concentra todo lo más sagrado; Dios, Cristo, el pueblo de Dios:
-Dios que convoca a su pueblo.
-Cristo que reúne a su pueblo.
-El pueblo de Dios convocado y reunido, como "nación santa, pueblo adquirido para anunciar las maravillas de Dios (I Ped. 2,9).
-Cristo que reúne a su pueblo.
-El pueblo de Dios convocado y reunido, como "nación santa, pueblo adquirido para anunciar las maravillas de Dios (I Ped. 2,9).
Un lugar así es un lugar sagrado. Es un lugar santificado por Dios y por la bendición de la Iglesia que ha querido hacer de ese lugar un "símbolo" de la presencia de Dios entre nosotros.
(Existe un rito para "dedicar", para consagrar el edificio -iglesia-. Es un rito lleno de simbolismo que explicaremos oportunamente).
La iglesia es simultáneamente la casa de Dios y la casa del pueblo de Dios.
Es fundamentalmente un lugar de silencio y oración que alberga orantes, hijos de Dios, hermanos de Jesucristo con el derecho y la obligación de ser adoradores en oración. (¿No sería conveniente fijar bien visible en el atrio la sentencia bíblica: "Mi casa es casa de oración"?).
El templo ha de ser ante todo funcional; servir para las funciones que allí se desarrollan: celebrar la eucaristía, el bautismo, la reconciliación... pero además de funcional, el lugar de la asamblea debe ser decoroso y, en su sencillez, bello.
"He amado el decoro de tu casa y el lugar donde reside tu gloria", expresa el salmo 26.
La casa del pueblo de Dios ha de ser agradable y atractiva, producir una sensación de bienestar, no tanto físico (que tiene su importancia), cuanto espiritual: todo en ella debe elevarnos a Dios.
El color, la luz, las imágenes, la decoración, las plantas, la música ambiental, el orden y el diseño de los muebles y objetos, los ornamentos... (Esta preocupación ha de comenzar por el atrio).
Miremos "nuestra" iglesia con una mirada nueva: el lugar - en su conjunto- condiciona la celebración, nos ayuda o no a sentirnos más cerca de Dios.
Librería Virtual |
Revista On Line |
Catequesis |
Liturgia |
Noticias |
Año Paulino |
Vida Pastoral |
¿Quiénes somos? |
Librerías
©2010 SAN PABLO - Riobamba 230 - C1025ABF Buenos Aires. Tel. (011) 5555-2400/2401 Fax (011) 5555-2425



