El Domingo | 1 de mayo de 2012
Dedicado a los más pequeños
En este mes, esta página quiere dar gracias a quien fue su director, el Padre Hernán Pérez Etchepare. Cada mes y desde hacía muchos años, este dedicado paulino escribía en este espacio con el fin de enseñarnos quién era el Maestro, cómo agudizar nuestra mirada y criterios sobre la vida social y política en la que estamos insertos y a tener los ojos bien abiertos.
“Quien fue el director” digo, porque el 27 de enero, a los 47 años, nuestro querido amigo, sacerdote y religioso de la congregación Sociedad de San Pablo, recibió el llamado del Señor para participar de la liturgia celestial, de la Pascua, para ocupar el lugar que Jesús ya le tenía preparado desde hacía tiempo.
El evangelio de Mateo 25 dice: “Vengan, benditos de mi padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, tuve sed, estaba de paso, estaba desnudo, estaba enfermo, estaba preso… y en cada uno de esos pequeños estaba yo”. P. Hernán encarnó esta cita asistiendo a Jesús en cada hermano y generando espacios para fomentar actividades relacionadas con el desarrollo y la promoción humana, la pastoral carcelaria, los pueblos originarios, la seguridad vial, el diálogo ciudadano y el diálogo interreligioso, entre muchas otras. Y como no podía faltar en todo ser enamorado de la vida, fue amante de la naturaleza y del arte en sus distintas expresiones: música, teatro, iconografía, poesía, etcétera. Su gran don de gentes y su espíritu comunicador y conciliador, acompañados por su alegría y su buen humor, hacían que estar a su lado fuera un placer.
La fe que nos une profundamente, nos dice que este gran sembrador de esperanza, que entregó su vida donándose con valentía, paciencia y sentido de trascendencia, nos dejó a cada uno una semilla que debemos hacer germinar y fructificar.
Y se despidió con un abrazo literario… en su último poema Ángel de luz, en agradecimiento por todos los que rezaban por él.
Brille para vos P. Hernán la luz que no tiene fin, y entres al reino de los benditos, a la sala nupcial, donde está el cordero pascual, Cristo. Porque viviendo la Liturgia Cotidiana creíste lo que leíste, enseñaste lo que creíste y practicaste lo que enseñaste. Amén.