Directorio Catequístico General
Publicado el 1 de Abril de 2012
Pascua: Fiesta de la vida
“…Yo he venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia” (cf. Jn. 10,10b) Jesús nos promete la Vida plena, vida abundante, su propia vida. Es por eso que asume la Cruz, que es un signo de muerte, para que transforme en vida. Eso es la Pascua."
Pascua es el paso de todo lo viejo, lo que es necesario que se transforme, que cambie, que muera, para dar vida a la novedad, a lo que viene, a lo que nace.
Seguramente, como todos los años, henos hecho nuestro propósito para vivir intensamente la Cuaresma y llegar con un corazón preparado a la Pascua. Y quizá descubrimos que no hemos cambiado mucho. Sentimos que seguimos igual, pese al esfuerzo. Y que sencillo seria pensar que solo es dar un paso. El paso del egoísmo al amor, del desaliento a la esperanza, de la violencia ala paz, del odio al amor.
Es hacer el gesto cotidiano, que realizamos automáticamente al caminar, “dar un paso a la vez” , el gesto que debemos repetir en la vida del espíritu. Uno a la vez, no muchos, ya que podríamos caernos, ni tampoco ningunos porque nos quedaríamos en el lugar. Todo lo que nos rodea nos habla de esta realidad: la naturaleza, el tiempo, los diferentes fenómenos que conlleva la vida nos dicen que es de a pasos que se alcanza, el crecimiento, el desarrollo, la plenitud. Esos pasos pequeños, imperceptibles para nuestros sentidos, guardan en sí toda la potencia de la vida. Es la vida que el Señor trae.
Nos dice el Beato Juan Pablo II “Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida nueva para todos los hombres. Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con estas palabras: 'Padre... glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado' (Jn 17, 1-2). En su plegaria Jesús mira y abraza sobre todo a sus discípulos a quienes advirtió de la próxima y dolorosa separación que sé verificaría mediante su pasión y muerte, pero a los cuales prometió asimismo: 'Yo vivo y también vosotros viviréis (Jn 14, 19). Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará después de la resurrección. Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: 'No ruego por éstos (mis discípulos), sino también por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí... (Jn 17, 20): todos deben formar una sola cosa al participar en la gloria de Dios en Cristo.
La nueva vida que se concede a los creyentes en virtud de la resurrección de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte del pecado y en la nueva participación en la gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria: 'Dios, rico en misericordia..., estando muertos a causa de nuestros delitos nos vivificó juntamente con Cristo' (Ef 2, 4-5). Y de forma análoga San Pedro: 'El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo..., por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha reengendrado para una esperanza viva' (1 Pe 1, 3).
Esta verdad se refleja en la enseñanza paulina sobre el bautismo: 'Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva' (Rom 6, 4).
Esta vida nueva (la vida según el Espíritu) manifiesta la filiación adoptiva: otro concepto paulino de fundamental importancia. A este respecto, es 'clásico' el pasaje de la Carta a los Gálatas: 'Envió Dios a su Hijo... para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva' (Gal 4, 4-5). Esta adopción divina por obra del Espíritu Santo, hace al hombre semejante al Hijo unigénito: '...Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios' 'm 8, 14). En la Carta a los Gálatas San Pablo se apela a la experiencia que tienen los creyentes de la nueva condición en que se encuentran: 'La prueba de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios' (Gal 4, 6)7). Hay, pues, en el hombre nuevo un primer efecto de la redención: la liberación de la esclavitud; pero la adquisición de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo, y ello no tanto por el acceso legal a la herencia, sino con el don real de la vida divina que infunden en el hombre las tres Personas de la Trinidad (Cfr. Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La fuente de esta vida nueva del hombre en Dios es la resurrección de Cristo.
La participación en la vida nueva hace también que los hombres sean 'hermanos' de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus discípulos después de la resurrección: 'Id a anunciar a mis hermanos...' (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino por don de gracia, pues esa filiación adoptiva da una verdadera y real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como se reveló plenamente en su resurrección.” (SS Juan Pablo II, 8 de marzo, 1989)
Que en esta Pascua 2012 nos animemos a aceptar la invitación de esta Vida Nueva que trae el Señor y podamos decir junto con su santidda Benedicto XVI: “La victoria radica en el Hijo y cuanto más vivamos como él, tanto más penetrará en este mundo la imagen de aquel poder que cura y salva y que, a través de la muerte, desemboca en la victoria final: el amor crucificado de Jesucristo.” (Joseph Ratzinger, El rostro de Dios, Sígueme. Salamanca - 1983.págs. 84 s.)
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