Directorio Catequístico General

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Publicado el 1 de Mayo de 2012
El Don de la compasión

Muchas veces en nuestra labor cotidiana, sea en el trabajo, en el hogar o en el apostolado nos hemos sentido interpelados por el tema de la compasión. Cuantas veces como padre, educadores, empleados o patrones, catequistas nos hemos enfrentado con esta frase: ¡no tenes   compasión! o también nos hemos preguntado si actuamos movidos por la compasión.
De Jesús dice el evangelio de Mateo: “Al ver a la multitud, tuvo COMPASION, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor “(9,26) y en Marcos 6, 34b agrega: “y estuvo enseñándoles largo rato”.
El diccionario nos dice que la compasión es sufrir juntos, es un sentimiento humano que se manifiesta  a partir del sufrimiento del otro.  Si bien es una definición aceptada, ya que lo que nos mueve a la compasión es el dolor del hermano, esta acepción no es completa o al menos no representa los sentimientos de compasión que muchas veces nos mueven en nuestro accionar. San Pablo nos dice en  Rom.12, 15 “reír con los que ríen y  llorar con los que lloran” , enlazando así la compasión con la idea de compartir. De este modo nos aproximamos a  definición más completa.
Confucio definió la compasión como  “la preocupación respecto a alguien sintiéndose solidario” y en este caso sentir compasión no requiere sentir pena o que el otro esté sufriendo, sino es el deseo de conectar con otros y responder a sus necesidades. Es por ello que se  entiende por compasión: la emoción que nos permite comprender o ponerse en el lugar de los demás desde el afecto y con afecto. Y mantener con ellos una auténtica, sincera y desinteresada relación de ayuda. Hasta aquí estamos en un plano simplemente  humano.

La Biblia dice que Jesús tuvo compasión de la multitud un montón de veces, por eso multiplicó los panes y los peces, por eso sano, por eso liberó a la gente. Recordemos  también la parábola del samaritano. Compasión es el amor puesto en acción. La frase Ama a tu prójimo como a ti mismo es  la regla más alta de la compasión.  No podemos ser compasivos, si no nos amamos, si no nos entendemos a nosotros mismos. Si no he entendido la naturaleza humana, su belleza y perfección su desgracia y su bajeza, ¿cómo puedo identificarme con el dolor, las debilidades, las alegrías y logros de otros sino lo hago conmigo mismo? El amor verdadero es desinteresado. Sólo un corazón lleno de amor puede ser compasivo. Cuidar la vida de la persona requiere un estilo de libertad interior, de humildad, gratuidad, que reconoce el clamor de dignidad humanan y de plenitud de vida en Cristo que conduce a las fuentes de la santidad. Acompañar desde la compasión significa ayudar a aceptar los acontecimientos de la vida y a permanecer en la esperanza,  aún en el sufrimiento, a transformar los hechos negativos en ocasión de  crecimiento en el amor.

Como catequistas estamos llamados  a ser un signo visible de la compasión de Jesús Maestro  y Pastor, debemos ponernos en el lugar del otro, nos deben sentir cercanos, “prójimos”. Que podamos decir con San Gregorio Magno: “La prueba del amor están en las obras. Donde el amor existe se obran grandes cosas y cuando  deja de obrar deja de existir”.
 

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