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Directorio Catequístico General Publicado el 1 de Enero de 2012

Madre de Dios y madre nuestra


“María, madre de Dios, todas las generaciones proclaman las grandes obras que por ti ha hecho el Señor…Así comienza la primera parte de las coronitas que el Beato Alberione dejo para que las Hermanas Pastorcitas rezáramos a nuestra madre.

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.

Podemos decir nosotros con San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Desde todos los tiempos la Iglesia ha reconocido y celebrado este título de la Santísima Virgen. Pablo VI, en Marialis cultus, 42 nos decía: La Santísima Virgen es honrada con razón por toda la Iglesia con un culto especial. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de “Madre de Dios”, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades…Este culto…aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado (cf. C.E.C 971)
Para quienes hemos tenido una sana y rica experiencia de maternidad nos resulta sencillo descubrir todo lo que encierra este título mariano, pero igualmente para quienes la experiencia materna ha sido más difícil o traumática; abandonarnos en los brazos de María es encontrarnos con una madre que siempre espera, busca, no se cansa de nosotros, no olvida. Es hacer la experiencia de la acogida sin límites, del reposo y la serenidad en la dificultad o el dolor. Decir Madre de Dios es reconocer de donde venimos y quienes somos: creaturas amadas, queridas, elegidas por quien “nos amó primero”. Decir Madre de Dios es descubrir a una mujer que sin entender se abandona a un proyecto, que con simplicidad acoge un designio y se transforma en instrumento, es comprender que los caminos de Dios se transitan entre el gozo y el dolor, entre la gloria y la cruz y que todo es camino de salvación.

San Cirilo de Alejandría nos recuerda en su Carta 1: Me extraña, en gran manera, que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos trasmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearan esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los santos Padres.

Y, así, nuestro padre Atanasio, de ilustre memoria, en el libro que escribió sobre la santa y consubstancial Trinidad, en la disertación tercera, a cada paso da a la Santísima Virgen el título de Madre de Dios.

Siento la necesidad de citar aquí sus mismas palabras, que dicen así: «La finalidad y característica de la sagrada Escritura, como tantas veces hemos advertido, consiste en afirmar de Cristo, nuestro salvador, estas dos cosas: que es Dios y que nunca ha dejado de serlo, él, que es el Verbo del Padre, su resplandor y su sabiduría; como también que él mismo, en estos últimos tiempos, se hizo hombre por nosotros, tomando un cuerpo de la Virgen María, Madre de Dios». Ciertamente el Emmanuel consta de estas dos cosas, la divinidad y la humanidad. Sin embargo, es un solo Señor Jesucristo, un solo verdadero Hijo por naturaleza, aunque es Dios y hombre a la vez; no un hombre divinizado, igual a aquellos que por la gracia se hacen partícipes de la naturaleza divina, sino Dios verdadero, que, por nuestra salvación, se hizo visible en forma humana, como atestigua también Pablo con estas palabras: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

Recordar este misterio nos invita a preguntarnos sobre como vivir hoy la maternidad frente a una sociedad que cada vez vive más la orfandad, donde muchas veces no hay anhelo de donación de vida sino solo deseo de realización en la maternidad.

Para respondernos y responder nos pueden ayudar estas palabras de Benedicto XVI en ocasión de la solemnidad de María Madre de Dios de este año: El misterio de su maternidad divina, que celebramos hoy, contiene de manera sobreabundante aquel don de gracia que toda maternidad humana lleva consigo, de modo que la fecundidad del vientre se ha asociado siempre a la bendición de Dios. La Madre de Dios es la primera bendecida y es ella quien lleva la bendición; es la mujer que ha acogido en ella a Jesús y lo ha dado a luz para toda la familia humana. Como reza la Liturgia: «Y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro» (Prefacio I de Santa María Virgen).

María es madre y modelo de la Iglesia, que acoge en la fe la Palabra divina y se ofrece a Dios como «tierra fecunda» en la que él puede seguir cumpliendo su misterio de salvación. También la Iglesia participa en el misterio de la maternidad divina mediante la predicación, que esparce por el mundo la semilla del Evangelio, y mediante los sacramentos, que comunican a los hombres la gracia y la vida divina. La Iglesia vive de modo particular esta maternidad en el sacramento del Bautismo, cuando engendra los hijos de Dios por el agua y el Espíritu Santo, el cual exclama en cada uno de ellos: «Abbà, Padre» (Ga 4,6). La Iglesia, al igual que María, es mediadora de la bendición de Dios para el mundo: la recibe acogiendo a Jesús y la transmite llevando a Jesús. Él es la misericordia y la paz que el mundo no se puede dar por sí mismo y que es tan necesaria siempre, o más que el pan.

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CAMINO DEL AMOR
María Guadalupe Buttera / Dr. roberto Federico Ré

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“El amor es el camino y, transitando por él, el hombre evoluciona desarrollando todas las dimensiones humanas que le son propias: física, emocional, mental, social, valórica y espiritual. Este desarrollo lo va construyendo y consolidando de acuerdo con el ordenamiento que Dios le otorga”, afirman los autores en el inicio de la obra. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, que es amor. Todos tenemos la semilla del amor en nuestro interior, pero esta semilla no puede germinar sin nuestros cuidados. Sólo nosotros podemos hacerla crecer, atravesando un camino de maduración con luces y sombras, encuentros y desencuentros amorosos.

Al igual que los demás libros de la Colección “Salud Integral”, estas páginas tiene el propósito de promover el reconocimiento apreciativo del potencial interior de las personas y comprender que es posible transformarse uno mismo para transformar nuestro mundo exterior.


Datos sobre los autores:

María Guadalupe Buttera es Psicoeducadora. Se desempeña en el área de Promoción de la Salud Mental como guía y facilitadora de procesos de cambio, con una mirada espiritual. Coordina talleres de reflexión y es autora de numerosos artículos publicados en diarios y revistas.

El doctor Roberto Ré es médico psiquiatra, director y fundador de la Red Sanar. Miembro fundador de la Asociación Argentina de los Trastornos de Ansiedad y Fundador del Teléfono de la Esperanza, para asistencia al suicida.