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EL AÑO DE SAN PABLO
Benedicto XVI
Joseph Ratzinger

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Pablo, el “Apóstol de las gentes”, comprometido en llevar la Buena Noticia a todos los pueblos, se entregó, con total dedicación, por la unidad y la concordia de todos los cristianos. Él se hizo judío con los judíos, romano con los romanos, pagano con los paganos, “todo para todos”, para señalar un camino de igualdad y reconciliación entre todos los hombres.

Benedicto XVI nos propone seguir el ejemplo de Pablo, ya que, aún hoy, Cristo necesita apóstoles dispuestos a sacrificarse a sí mismos, con el fin de propagar el anuncio de la gracia divina que reconcilia al hombre con Dios, consigo mismo y con los demás.

Por eso, el Papa se siente feliz de poder anunciar oficialmente el Año Jubilar Paulino (del 28 de junio de 2008 al 29 de junio de 2009), en ocasión de los dos [...]


Año Paulino: inicio de la renovación humana y religiosa
Reflexiones inspiradas a partir de la Carta a los Gálatas
por Fernando Teseyra
 

Juan Pablo II, al trazar el programa pastoral para el nuevo milenio, proclamaba con mucho optimismo: “Nos espera una apasionante tarea de renacimiento pastoral” (Novo millennio ineunte, 29). Por otro lado, el “Año jubilar paulino” ha desenterrado muchas bases para hacer concreto un anhelo que mencionó Pablo VI al describir la etapa posconciliar como “inicio de la renovación humana y religiosa” de la Iglesia y la sociedad (Discurso, 7 de diciembre de 1965).
 
La Carta a los Gálatas, obra auténtica de san Pablo, nació porque los cristianos de origen pagano de la región de Galacia fueron tentados por los cristianos de origen judío a observar las exigencias de la Ley mosaica, específicamente la circuncisión y las prácticas ritualistas. Algunos gálatas, confundidos, volvieron hacia la religión politeísta, mientras otros siguieron a los instigadores. Pablo les había presentado la buena noticia por primera vez y trató por todos los medios que Cristo sea formado en ellos, por eso reaccionó de manera impetuosa cuando supo estas cosas, porque de esa manera dejaban el evangelio para volver a los ritos vacíos o abrazaban la Ley y todas sus obligaciones, caminos que no llevan a la libertad. Los cristianos llamados “judaizantes”, además de provocar estos desórdenes,  desprestigiaban el apostolado y la persona de san Pablo, ante lo cual él se defendió dejando unos claros principios para la Iglesia por si debe enfrentar estas mismas situaciones en el futuro.
 
“Gálatas” contiene, a mi parecer, esos principios para dar inicio a esta primavera apostólica soñada por los últimos Papas, porque pasamos un momento eclesial de confusión, donde se quiere volver a abrazar lo que se abandonó con el Concilio Vaticano II y entre estos tira y aflojes la Iglesia pierde crédito. Es necesario, entonces, reactivar las ideas, los fundamentos, las fuentes que se abrieron hace sesenta años atrás. Ayuda, por otro lado, a crecer en la tolerancia, sin caer en descalificaciones entre los seguidores de Cristo y a que nadie se apropie de la verdad. Las líneas que siguen pueden ayudar a pensar el futuro eclesial.
 
1. Unidad, diversidad y diálogo. La cultura y la sociedad piden hoy pluralidad, un verdadero signo de los tiempos, como lo lograron Pedro y Pablo en Jerusalén (cf. Gál 2,6-9). No se puede nivelar pastoralmente la Iglesia con criterios uniformes, mirando hacia atrás. La pluralidad de culturas impulsa a pensar y actualizar creativamente los fundamentos de la unidad al interno, respetando la diversidad de expresiones del único evangelio. La fidelidad al Concilio y a las orientaciones pastorales de la Iglesia en América Latina es luz en este camino de diálogo ecuménico, promoción de diversos ritos y la creatividad pastoral de interacción con las culturas.
 
2. Amor a los pobres. Este es el denominador común y lo que hace creíble a la Iglesia en su caminar histórico. Pablo y Bernabé se enfrentaron a Santiago y su grupo en la asamblea de Jerusalén, ahí discutieron y aclararon las diferencias, pero lo único que le exigieron a Pablo, luego de establecer los campos apostólicos, fue actuar a favor de los pobres (cf. Gál 2,10).  Pablo fue obediente a este mandato. Cuando  hay divisiones internas, la garantía de fidelidad la tiene quien ama a los pobres, como una opción preferencial.
 
3. Una espiritualidad cristológica. La declaración de Pablo, “es Cristo quien vive en mi” (Gál 2,20) y su convencimiento de que los gálatas fueron “revestidos de Cristo” (Gál 3,27) y que sufre dolores de parto hasta que parto hasta que Cristo sea formado en ellos (cf. Gál 4,19) es la experiencia espiritual más original que no se puede perder, sea por poner límites a la vida del Espíritu en los creyentes como por sustituciones espiritualistas formales. La espiritualidad cristiana sigue el curso dinámico de la encarnación de la Palabra, es decir, se hace vida en los diversos contextos socio-eclesiales y culturales. Cristo vivo se hace cuerpo en la diversidad de pueblos.
 
4. La fe, patrimonio común de todos los cristianos. La justificación por la fe (cf. Gál 2,16) no sólo es una cuestión teológica que se debate desde la separación entre protestantes  y católicos, sino un dato revelado que une a todos los creyentes. “La fe obra por medio del amor” (Gál 5,6) y así quedan zanjadas las diferencias entre circuncisión e incircuncisión, puesto que en el amor, éste de ágape, se rompen las aristas, se relativizan las diferencias, se va a lo esencial. Las escandalosas divisiones entre cristianos deben ser resueltas en el amor, tema pendiente y frágil y no tanto en lo dogmático.
 
5. La nueva humanidad en Cristo. Las odiosas divisiones, distinciones, castas, clases, superioridades y todo lo que haga del ser humano un extraño para el otro, ha sido anulado con Cristo, “por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gál 3,28). La Iglesia debe reflejar esta humanidad nueva en Cristo, porque la vieja condición de esclavitud ha pasado. Las viejas pretensiones de superioridades, exclusiones y exclusivismos propios de la Iglesia monárquica no tienen sentido en la vida de los cristianos, pues uno es el Señor y todos somos hermanos y “si alguien se imagina ser algo, se engaña, porque en realidad no es nada” (Gál 6,3).
 
6. Libertad de hijos y hermanos. El temor es propio de los esclavos, pero quien ama y se siente amado es libre. Esa libertad, defendida por Pablo es la que debe hoy circular por las venas de toda la Iglesia, por eso, con la fuerza que viene del Espíritu exhorta: “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor. Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál 5,13-14; cf. 4,26; 4,31). Es la condición de hombre libre y creyente que fundamenta su moral cristiana en esa libertad conquistada por Cristo y eso lo hace responsable de sus actos, según la medida del amor de liberación experimentado en Cristo. Tal condición de libertad en Cristo le abre los ojos a la fraternidad cósmica, universal, ecológica, social, eclesial, espiritual.
 
7. Servidores, como Cristo. El fruto más excelso del amor es el servicio, por eso Pablo invita: “Ayúdense mutuamente a llevar las cargas, y así cumplirán la Ley de Cristo” (Gál 6,2). El amor que se despoja y entrega todo de sí para el bien de los demás es el que nos ha mostrado Dios en Jesús, haciéndose servidor hasta la muerte en cruz (cf. Jn 13, 3-5). Es lo que movilizó a los mártires a dar la vida por amor a su fe, es la virtud teologal que “nunca pasará” (1Co 13,8), porque “Dios es amor” (1Jn 4,8). El amor es la actitud más difícil de hacerla vida e historia, sea en el ámbito eclesial como en el social, pues la tentación del desamor sale al encuentro de los creyentes y los obnubila con falsas pretensiones de poder, de placer, de poseer. Hoy la Iglesia es seducida a vivir fuera de las márgenes del amor que enseñó Jesús. Como anhelaba el apóstol ayer, también hoy ansiamos que “mientras estamos a tiempo hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (Gál 6,10).
 
Todas estas reflexiones, inspiradas en la Carta a los Gálatas, son propuestas para ayudar a renovar e impulsar la vida cristiana, para generar un rostro de Iglesia viva en el Tercer milenio; no son una exposición eclesiológica. Lo que está en juego en nuestros días es la credibilidad eclesial, no su fundamentación dogmática, por eso, la Iglesia, cuanto más actual y cercana sea a los tiempos modernos, será un signo al que todos sigan y para eso debe siempre avanzar y nunca retroceder.